La generación ‘nini’... y otros cuentos

El fenómeno de los que ni estudian ni trabajan es igual que el de hace 20 años, opina Pablo Peña; las universidades deben armar una estrategia para reducir la alta deserción, afirma el economista.
nini  (Foto: Photos to go)
Pablo Peña *

Hace unas semanas, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y funcionarios de la Secretaría de Educación Pública (SEP) tuvieron una discusión sobre a cuánto asciende el número de jóvenes que ni estudian ni trabajan, los famosos ‘ninis'.

El rector dio un número muy por arriba del de los funcionarios de la SEP: más de siete millones comparado con menos de 300,000 (La Jornada, 25 de agosto de 2010).

La diferencia importa porque ambas partes interpretan esa cifra como un indicador de la falta de oportunidades y aspiraciones. Los jóvenes deberían estar en la escuela o trabajando. Si no estudian ni trabajan, están de ociosos.

El alarmante número de ‘ninis' (si tomamos como válida la cifra más alta) ha hecho que se refieran a la generación actual de jóvenes como una ‘generación perdida'.

Este término es melodramático y sobre todo incorrecto. El porcentaje de las personas de generaciones mayores que no estudian ni trabajan no es más bajo. De hecho es más alto y los datos así lo confirman.

Un falso escenario 

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo más reciente, el porcentaje de ‘ninis' de entre 15 y 24 años representa 21%. Sin embargo, el grupo de edad que le sigue, de 25 a 34 años, es de 29%.

Para los de 35 a 44 años es de 27% y para los de 45 a 54 años es 31%. No hay por qué horrorizarnos. El fenómeno ‘nini' es generalizado. Comparados con sus padres, los jóvenes no están particularmente ‘perdidos'.

Y si calculamos qué porcentaje de los jóvenes de entre 15 y 24 años no estudiaban ni trabajaban en el pasado, los jóvenes actualmente tampoco se ven mal.

Según cifras de la ‘Encuesta Nacional de Empleo Urbano', hace 10 años, 27% de los jóvenes de entre 15 y 24 eran ‘ninis'. Y hace 20 años 29% de los muchachos de la misma edad eran ‘ninis'. Entonces, ¿por qué la alarma?

Es incorrecto concluir que los jóvenes actualmente son menos trabajadores o menos estudiosos que los de generaciones previas. Esta generación de jóvenes no está desperdiciando su tiempo más que otras generaciones hace 10 o 20 años.

Aun dejando a un lado las comparaciones con otras generaciones, no tiene sentido suponer que los ‘ninis' son improductivos. Una persona puede no trabajar para una empresa o no tener un negocio y, aun así, estar generando valor. ¿Cómo? En el hogar.

Más de una tercera parte de los ‘ninis' entre 15 y 24 años son mujeres con hijos. Es entendible que las mujeres con niños pequeños tengan un menor apego a la fuerza laboral y que estén en el hogar.

Un buen número de estas mujeres eligen no estudiar ni trabajar para poder cuidar a sus hijos. Sería incorrecto (y ofensivo) decir que estas jóvenes están de ociosas y que por dedicarse al trabajo doméstico se encuentran perdiendo su tiempo.

Recursos educativos desperdiciados

También es incorrecto inferir que el resto de los jóvenes que no estudian ni trabajan no tienen oportunidades. Hay muchas oportunidades escolares que son desaprovechadas. Para muestra están las tasas de deserción en las universidades públicas, que son prácticamente gratuitas.

En la UNAM más de 30% de quienes comienzan una carrera no la terminan. En la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) el número es de más de 50%. Ambas cifras corresponden a estudios realizados en los años 90.

Las altas tasas de deserción no implican que todos los jóvenes tengan oportunidades. Lo que sí indican es que un buen número de jóvenes no está aprovechando las oportunidades que tienen. Una vez admitidos, inscritos y yendo a clases, deciden no continuar.

Los rectores de la UNAM y de la UAM, junto con los de otras instituciones que reciben dinero de los contribuyentes, deberían ponerse a reducir las tasas de deserción. Y si no pueden, que lo reconozcan.

Si ése es el caso, que mejor admitan menos candidatos para no desperdiciar el tiempo tanto de los profesores como de los futuros desertores. Y los legisladores tendrían que cortar el flujo de dinero de nuestros impuestos, para que se gaste en algo más productivo.

En otras palabras, tampoco hay una estrategia clara por parte de las instituciones de educación para que existan menos jóvenes en las calles y con más incentivos para seguir con sus estudios.

Mientras las tasas de deserción sigan tan altas en las instituciones públicas, el gobierno no tiene una buena justificación para abrir más o para expandirlas. Primero hay que aprovechar lo que ya se tiene y actualmente estamos lejos de hacerlo.

El empleo no es problema del gobierno

El otro tema con los ‘ninis' es el empleo. La idea de que el gobierno debería hacer algo para generar empleos para estos jóvenes es una tomada de pelo. Al menos no se puede entender de la forma como regularmente se plantea.

Si el gobierno no recluta a estos jóvenes como burócratas con el dinero que nos cobra en impuestos, no hay una forma directa en que pueda generar empleos para ellos.

Y no es un problema del gobierno mexicano. Ningún gobierno en el mundo tiene una varita mágica para incrementar el empleo sin que salga más caro el remedio que la enfermedad. Si existiera, ya la habrían usado desde hace mucho tiempo otros países.

En 2008, sólo tres de las 30 naciones que integran la OCDE tuvieron una tasa de desempleo menor a la de México -y sólo ligeramente menor-.

Si el desempleo fuera un problema que el gobierno pudiera resolver con un programa de gasto o con una ley, los países más ricos y con un gobierno más efectivo ya lo hubieran hecho.

Si las cifras sobre el número de ‘ninis' no son buenos indicadores de las oportunidades, son todavía peores indicadores de las aspiraciones. Si hay algo que comparten los seres humanos en diferentes lugares y distintas épocas es el deseo de mejorar su calidad de vida. Achacarle a la generación actual de jóvenes mexicanos una falta de aspiraciones es risible.

Es la tarea de los padres inculcar en sus hijos el deseo de lograr más y de valerse por sí mismos. Esos valores se desarrollan en el hogar y no mediante campañas gubernamentales.

Entonces no hay que endosarle al gobierno el supuesto problema de la falta de aspiraciones. Si los padres de familia creen que sus hijos no aspiran a mucho, que intenten cambiarlos como puedan.

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Y para los fervientes admiradores de la intervención gubernamental, más vale que el gobierno primero defina si hay un problema con los ‘ninis' y de qué tamaño. No estamos como para financiar un programa para arreglar algo que puede que ni siquiera esté descompuesto.

* El autor es doctor en economía por la Universidad de Chicago y consultor económico independiente.

 

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