El fin de la era Madoff

Cometió uno de los fraudes más grandes de Wall Street. Hoy, preso, dice: ?soy una buena persona?.

“No soy el monstruo que todos creen”

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Madoff se declaró culpable del fraude más grande en la historia de Wall Street. (Foto: Reuters)
BERNARD-MADOFF-fue-encarcelado-prision-RT  (Foto: CNN, )

Cierta tarde, recibí una llamada en mi teléfono de casa. "Usted tiene una llamada por cobrar de Bernard Madoff, un recluso en una prisión federal", anunció una grabación. Y ahí estaba.

Bernard L. Madoff asiste a sesiones de terapia. Cada semana, espera la señal que indica que los reclusos pueden salir de sus unidades habitacionales, y camina unos cinco minutos de su "cuarto", como él lo llama, a la unidad psiquiátrica en el Federal Correctional Institution en Butner, North Carolina, donde se deshoga. En las sesiones, frecuentemente derrama lágrimas.

"¿Cómo pude hacer esto?" se pregunta. "Estaba ganando mucho dinero. No necesitaba el dinero. ¿[Soy] un personaje fallido?".

De alguna manera, Madoff no ha tratado de evadir la culpa. Ha hecho una confesión completa, repitiéndome una y otra vez que nada justifica lo que hizo. Sin embargo, para Madoff, con eso no basta. Se siente incomprendido. No puede soportar la idea de que la gente lo considera una persona siniestra. "No soy el tipo de persona que la gente dice", me dijo.

Y entonces, sentado a solas con su psicóloga, vistiendo sus kakis carceleros que él mismo plancha, busca consuelo.

"Todos afuera seguían diciendo que yo era un sociópata", le dijo Madoff un día. "Le pregunté, ¿Soy un sociópata?'". Esperaba con ansias la respuesta, sus párpados abriendo y cerrando con fuerza, ese tic famoso. "Me dijo, ‘Absolutamente no eres un sociópata. Tienes moral. Sientes remordimiento'".

Madoff toma una pausa mientras relata esto. Su voz se calma. Me dice: "Soy una buena persona".

No hay mucha gente que estaría de acuerdo. Para la mayoría de las personas, Bernie Madoff es un monstruo; traicionó a miles de inversionistas, hizo quebrar a organizaciones de beneficencia y hedge funds. En teoría, su esquema Ponzi perdió casi 65 mil millones de dólares; los efectos llegaron a cinco continentes. Incluso hundió a su propia familia, una traición más íntima.

Madoff, de 72 años, está encarcelado con una sentencia de 150 años, que parece ser más que justa, dadas las proporciones de su crimen. Aunque el daño financiero continúa, la prisión parecía poner fin a la historia según Madoff. Luego, en el segundo aniversario del arresto de Madoff, su hijo Mark de 46 años, colgó el cable de una aspiradora en una pipa del techo de su loft en Soho e intentó ahorcarse.

Cuando se rompió el cable, intentó de nuevo con una correa de perro, y esta vez tuvo éxito. Este fue el tipo de retribución cósmica que pudo haber sido exigido en la Casa de Atreo, el suicidio una acusación de una gran traición.

Parecía una muerte diseñada para lastimar a los que aún viven; hasta un monstruo debe ser conmovido por tal demostración. Al fin y al cabo, antes de ser expuesto como un fraude, Madoff había sido un hombre de familia.

Después del suicidio de Mark, me interesó esta trágica familia y las fuerzas elementales que la habían desecho. Comencé a llamar a toda persona que estuviera conectada con el negocio y la familia. Pronto, una imagen comenzaba a manifestarse.

El hijo menor de Madoff, Andrew, más inquebrantable y menos propenso a la inseguridad que su hermano, de alguna manera se protegió con su enojo por la traición de su padre. La ira de Mark lo consumió y lo dominó.

Ambos se rehusaban a hablar con su padre, aunque sus abogados lo hubiesen permitido. Su madre, Ruth, tuvo que escoger entre su esposo y sus hijos. Había escogido a su esposo de cinco décadas, aunque después del suicidio de Mark, ella también ha dejado de hablar con Madoff.

Después de la muerte, Ruth salió disparada de su departamento en Florida; pero no asistió a velorio en casa de la viuda. La mayoría de la familia no la quería ver.

La viuda de Mark todavía no le permite visitar a los dos hijos de Mark. Andrew, quien no ha cruzado palabra alguna con su padre desde el 10 de diciembre del 2008, el día de la confesión de Madoff, está todavía distanciado de su madre y de la viuda de su hermano, Stephanie.

Como se lo ha dicho a sus amistades, su furia hacia su padre, lejos de disiparse, ha crecido. A sus amigos les describe a su padre como un bully y un manipulador astuto. Efectivamente Madoff era un hombre de familia, pero para Andrew, esa fue una manifestación más de su narcisismo. La familia servía a las necesidades de Bernard L. Madoff.

Y así, me quedé donde había comenzado: en el hoyo negro al centro de esta galaxia explosiva, sus ondas destructivas en expansión constante. Intenté ponerme en contacto con Madoff en varias ocasiones. Sin embargo, el Buró de Prisiones interceptaba y devolvía mis cartas. Mis peticiones a través de su abogado fueron negadas cortésmente.

Eventualmente me topé con un prisionero inusual llamado Robert Rosso, quien está cumpliendo una sentencia de vida por un crimen relacionado con drogas y es uno de los nuevos amigos de Madoff. En años recientes, se ha convertido en escritor; incluso había entrevistado al mismo Madoff. Como un favor, accedió a pasarle a Madoff una carta mía.

Luego, una tarde hace unas semanas, sonó mi teléfono. "Usted tiene una llamada por cobrar de Bernard Madoff, un recluso en una prisión federal", anunciaba una grabación. De la nada, escuché aquel acento, inconfundible para cualquiera que ha visitado el barrio de Queens.

Madoff se disculpó por llamar por cobrar. "No tengo mucho dinero en mi cuenta de comisaría", me dijo, antes de comenzar una conversación extraordinaria que duraría varias horas, a lo largo de más de una docena de llamadas telefónicas. Siendo éste Bernie Madoff, en términos monetarios el criminal más grande de la historia, no sabía qué creer. Pero escuché.

La difícil entrada a Wall Street

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El banco da mayor seguridad a los estafados por Madoff. (Foto: Archivo)
Madoff  (Foto: Archivo)

Butner le sienta bien a Madoff, "dadas las circunstancias, es el mejor lugar para mí", me dijo. Otros internos lo respetan. "Mi notoriedad los impresiona. No debería, pero así sucede".

Lo más difícil para él es lo que ocurre en el mundo exterior. Lee los periódicos, sigue su caso. "Lo más molesto es la manera en que los medios han asediado a mi esposa y mi familia", comenta. También me aseguró que lo habían caracterizado erróneamente.

Quiso aclarar su criminalidad y separar ese aspecto de su vida laboral de lo que fue su carrera legítima. "Nos forjamos una vida muy bonita", relató. "Yo no necesitaba el negocio de asesoría de inversiones. Lo acepté y me dejé involucrar, pero si piensas que una mañana desperté y dije, ‘Bueno, necesito tener la capacidad de comprarme un yate y un avión, y lo voy a lograr haciendo esto', no fue así".

"El dinero me sobraba y holgadamente mantenía mi estilo de vida y el de mi familia. Me dejé convencer e involucrarme en esta situación y eso fue mi culpa. Pensé que podía salirme a corto plazo, pero fue imposible", expresó.

"¿Acaso la gente quiere escuchar que tuve un negocio exitoso y logré hacer cosas maravillosas para la industria?" comenta. "¿Y que acumulé varios premios, al igual que mi familia? Todo esto lo hice durante mis años legítimos. Pero no. No se publica nada de eso".

Este tipo de análisis moral no iba a agradarle a nadie. "Nadie va a simpatizar con Bernie Madoff", le dije. "Tienes razón", me dijo con una risa tensa.

El capítulo actual de la historia de Bernard L. Madoff comienza la mañana del 11 de diciembre del 2010, cuando el capellán de la prisión visitó su celda en Butner para informarle del suicidio de Mark.

"Ruth llamó al capellán, y el capellán vino conmigo", dijo Madoff. "En cuanto vi al capellán acercándose, supe que algo había pasado. Así te informan cuando alguien ha muerto. Ruth estaba histérica. El capellán estaba en llanto mientras hablaba con Ruth".

Le pregunté qué pensaba Ruth. Ruth estaba en medio, la única aliada del monstruo. "Está enojada conmigo", dice Madoff. "Hace un esfuerzo por no enojarse, pero es muy difícil. Digo, destrocé nuestra familia".

El dolor que Madoff le causó a sus seres más queridos está enraizado en su propio pasado, mismo que lo estimuló para crecer y triunfar. "Tuve un padre muy bueno para los negocios", me contó que tuvo un negocio que fabricaba productos deportivos.

"Inventó el soporte para saco de boxeo", dice Madoff. "El saco de boxeo Joe Palooka". Pero el negocio se vino abajo cuando Madoff estudiaba en la universidad. "Cuando pasa eso", dice Madoff, "y ves como el padre que idolatras de repente pierde todo, te da pavor que eso pueda sucederte a ti".

El desplome de su padre le afectó a Madoff de una manera inmediata y práctica. Se dirigió a Wall Street sin el abolengo, las conexiones o el capital que le hacen la vida fácil a un joven emprendedor.

"Por supuesto que mi padre no podía ofrecerme eso", me dice Madoff. Para el joven Bernie Madoff, Wall Street era un club elitista que le cerraba la puerta a gente como él. "Me molestaba la idea de no pertenecer al club. Yo era el chavito judío de Brooklyn", comenta.

Desde el principio, Madoff, quien se había mudado a Queens a los 7 años de edad, tenía resentimiento y desprecio hacia la industria que él mismo había elegido. "Siempre fue una industria en donde tenías que tener una ventaja competitiva, y nadie te echaba la mano. Las instituciones controlaban todo", me dijo, con las emociones a flor de piel. "Me di cuenta desde muy temprano que el mercado estaba totalmente manipulado. No favorece a los inversionistas".

En 1960, en una oficina prestada del despacho de contadores de su suegro y con su capital ahorrado -apenas unos 500 dólares, según él-, fundó Bernard L. Madoff Investment Securities. "El SEC nunca había sabido de alguien que arrancara un negocio con 500 dólares", me explicó. "Tuvieron que hacer una entrevista especial conmigo para cerciorarse de que no estuviera loco".

Al principio, Madoff generó un ingreso modesto pero estable con las sobras que le arrojaban Goldman Sachs y Bear Stearns, acciones que eran muy latosas y poco lucrativas para ellos. "Yo estaba muy contento con las migajas que me aventaban", dice. Madoff era un especialista bursátil, un intermediario entre los que querían comprar y los que buscaban comprar y vender pequeñas cantidades de bonos; remanentes.

"Era un negocio sin riesgos", me dijo. "Ganaba el diferencial", comprando a un precio y vendiendo a uno más alto, y en esos tiempo el diferencial llegaba a ser considerable; 50 o 75 centavos o hasta 1 dólar por acción.

Madoff incrementó sus ganancias con transacciones por su propia cuenta. "Y tuve mi nicho". Muchos dicen que Madoff tenía un entendimiento instintivo del funcionamiento del mercado. Era un "comerciante increíble", según una persona que lo observó durante los años ochenta.

El éxito previo al fraude

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Instituciones educativas de prestigio como la Universidad de Columbia no se salvaron del fraude cometido por Madoff y su red de fondos. (Foto: Bloomberg News)
madoff-universidad-columbia  Instituciones educativas de prestigio como la Universidad de Columbia no se salvaron del fraude cometido por Madoff y su red de fondos. ✓  (Foto: Bloomberg News)

Madoff quería hacer crecer su negocio de operaciones, y una buena manera de lograrlo era expandiendo sus actividades como formador de mercado. Pero eso implicaba enfrentarse a la Bolsa de Valores de Nueva York, el corazón del club.

En la Bolsa, unas cuantas instituciones controlaban la figura de formador de mercado, ejecutando la mayoría de las grandes transacciones y obteniendo grandes ganancias con los diferenciales. Madoff fue de los primeros en percatarse que la tecnología podía unir compradores y vendedores más eficiente y económicamente que un corredor de carne y hueso gritando órdenes entre un mar de papeles en la NYSE.

Para el año 1970, Madoff había contratado a su hermano Peter, quien había demostrado un talento especial para diseñar tecnología de operaciones, y poco tiempo después los sistemas de transacción electrónica de Madoff comenzaron a obtener grandes volúmenes de operación y ganancias de la NYSE.

"Nos ofrecieron toda clase de ofertas", dice Madoff, pero no las aceptó. Dick Grasso, director de la Bolsa por ocho años, lo elogió de alguna manera al llamarlo su "archienemigo".

Hacia finales de los ochenta, Madoff se enriquecía como formador de mercado. "Llegué a percibir 100 millones de dólares anuales", me comentó. Mientras sus innovaciones se esparcían a gran escala, Madoff atrajo a las firmas más prestigiadas de Wall Street, incluyendo Goldman Sachs, Merrill Lynch, Morgan Stanley y Smith Barney, quienes empezaron a hacer negocios con él.

Según Madoff, sus actividades ilícitas comenzaron cuando estaba en la cúspide de su éxito legítimo. Continuó invirtiendo fondos ajenos, bajo un negocio separado de asesoría de inversiones. Se sabe que sus clientes más grandes llevaban décadas invirtiendo con él, según los récords descubiertos posteriormente.

En sus inicios, Madoff empleaba técnicas de arbitraje de bajo riesgo que giraban en torno a su negocio de formador de mercado. "Siempre tuve buen ojo para la dirección del mercado gracias al orden de flujo que percibía", asegura.

En los ochentas, según él, logró rendimientos de entre el 15 y el 20 por ciento, e insiste que lo hizo legalmente. (El fideicomiso que representa a las víctimas de Madoff afirma que no encontró récords que apoyaran estas afirmaciones, aunque los récords están incompletos). Hacia finales de los ochentas, administraba, según sus estimados, entre 3,000 millones y 4,000 millones de dólares.

Después de la caída de 1987, el negocio de asesoría de inversiones de Madoff tuvo un susto precoz. El pánico se estableció gradualmente. Algunos de sus grandes clientes se asustaron, me dice Madoff, obligándolo a deshacer opciones de coberturas de largo plazo en condiciones desfavorables, lo cual mermó su capital. "Me traicionaron", menciona.

Y su fiel estrategia de comercio, basada en arbitraje, ya no era igual de eficaz como solía serlo debido a que los diferenciales se reducían, en parte gracias a la tecnología que él había ayudado a introducir. Ideó una nueva estrategia de inversión basada en opciones de índices.

Pero la nueva estrategia dependía de la volatilidad para su funcionamiento, y a principios de los noventa, la recesión se había consolidado. "El mercado se durmió", dice Madoff. Él tenía demasiado dinero ajeno y pocas opciones de inversión.

Fue en ese momento, según él, cuando su esquema Ponzi realmente arrancó. Madoff comenzó a tomar prestado capital de sus inversionistas para pagar esos altos rendimientos. Los rendimientos, aunque eran falsos, eran una especie de publicidad.

Empezaron a llover fondos nuevos, salvándolo a corto plazo. Y éste era otra clase de dinero, el que provenía de los banqueros que le habían hecho la vida difícil a Madoff en los comienzos de su carrera. "El presidente de Banco Santander me vino a ver; el de Credit Suisse; el de UBS; todos estos grandes bancos se fijaron en mí. Sabes, Safra vino a entretenerme y a tratar [de invertir con Madoff]".

Es un viaje para el ego. De repente, estos bancos que te hacían la vida de cuadritos, están dispuestos a darte 1,000 millones de dólares", explica. "No es que yo necesitara el dinero. Yo lo veía como algo temporal, y de pronto, todo mundo me aventaba miles de millones de dólares, diciendo: ‘Mira, si puedes lograr esto para nosotros, seremos tus clientes para siempre'".

Así que Madoff aceptó el dinero. Mientras esperaba a que el mercado se despertara, invirtió los millones en bonos del Tesoro Americano al 2% anual, mientras seguía emitiendo estados de cuenta reflejando ganancias del 15%; cifras fantásticas en un mercado letárgico. No pudo admitirles que había fallado. "Tenía demasiado miedo", comentó.

Pero Madoff distribuye la culpa. "Mira", dice, "estos bancos y fondos seguramente sabían que habían inconsistencias". Madoff les dijo absolutamente nada acerca de cómo generaba esos rendimientos. "No les daba explicaciones, no les decía cuánto volumen estaba manejando. No estaba dispuesto a que vinieran a hacer la auditoría que querían. Estaba completamente renuente a hacerlo. Les dije, ‘Si no les parece, pueden sacar su capital', lo cual nunca hicieron".

Los secretos de una familia

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La esposa de Madoff dijo estar del lado de las víctimas. (Foto: AP)
ruth madoff  (Foto: AP)

Y según Madoff, mientras todo mundo parecía enriquecerse, él era el que sufría en silencio. "Fue una pesadilla para mí. Una verdadera pesadilla para mí. Fue horrible. Cuando digo pesadilla, imagina cargar con este secreto", dijo.

"Imagina llegar a tu casa cada noche y no poder decírselo a tu esposa; viviendo con esa hacha sobre tu cabeza, sin decirle a tus hijos, tu hermano, viéndolos todos los días en el trabajo y no poder desahogarte con ellos".

"Hasta los reguladores sintieron lástima... El primer día que entré a este lugar, me dijeron ‘¿Como pudiste vivir así? Sin decirle a nadie?'".

Para el año 2000, los diferenciales y las ganancias se habían comprimido en el negocio de formación de mercado. Madoff tuvo la oportunidad de vender su negocio por 1,000 millones de dólares o más. Pero lo rechazó.

"Según mis hijos, mi hermano y mi esposa, yo estaba loco por no aceptar la oferta", me contó. Su familia estaba "lívida", pero no se atrevía a explicárselos. No pude en ese momento, porque se hubiera destapado este otro problema que tenía".

Las mentiras a su familia son quizás el aspecto más sorprendente de su carrera ilegal. La intimidad de esa decepción, la dificultad de mantener tal secreto en el seno de una familia tan unida, ha hecho que mucha gente piense que ellos tuvieron que haber sido cómplices, pero nadie ha encontrado evidencia de que ellos estaban enterados del fraude.

Todos los Madoffs se consideraban parte de una familia feliz y privilegiada. Hasta Madoff lo creía: la máxima decepción psicológica.

Ruth, con quien empezó a salir a los 13 años, fue compañera de cena y de golf; su hermano, Peter, uno de sus regulares compañeros de esquí. Y sus dos hijos parecían no querer perderlo de vista ni un segundo; fueron muy felices conviviendo los veranos con sus padres en Montauk. Andrew hasta escribió en su anuario: "mamá, papá: son lo mejor".

Sin contar la vida secreta de Bernie, los Madoff eran muy similares a las demás familias judías adineradas de Roslyn, Long Island. En los buenos tiempos, Madoff trabajaba largas horas haciendo crecer su negocio en la ciudad, pero incluso en su ausencia, él era el núcleo alrededor del cual giraban los Madoff. Ruth, una mujer alegre, bonita y modesta, se encargaba de la vida social y emocional de la familia.

Pero era el negocio el que alimentaba la energía de los hijos. En las tardes mientras cenaban, miraban absortos a su padre, escuchando sus historias y aventuras de luchas estilo David y Goliat contra los poderes de Wall Street. Y en todas partes, oían halagos que corroboraban su estatus de gran maestro; la gente desconocida elucidaba anécdotas sobre el genio de su padre.

Él era un ganador en Wall Street, un mago, un hombre que había generado muchas ganancias para mucha gente. En esos tiempos, eran razones para seguir sus pasos. De hecho, ninguno de ellos parecía tener un solo impulso de rebeldía.

"Mark nunca vestía de color rosa", recordó un amigo suyo de la preparatoria; y ninguno de los dos consideraba otro patrón que no fuera BLMIS. En el anuario de ese año de preparatoria, Andrew escribió, "Mark: futuro socio MDF", y continuó con, "ya verán, lo seré".

Andrew, 2 años más joven, era el más intelectual; "un paso adelante de Mark y de mí", dijo un amigo de Mark; pero más difícil de leer. "Mas espinoso", dijo un amigo. Era un chico de números, desde luego brincó hacia las oficinas de comercio, que para él eran emocionantes como nada en el mundo.

Mark era el facilón. El guapo, para empezar. "El más atractivo de la prepa", relató un amigo. Si Andrew parecía no hablar antes de pensar bien las cosas, Mark era gregario, afectuoso, complaciente y, como describió un amigo, "niño faldero... pero en el buen sentido".

Los dos hermanos adoraban a su madre. Pero con Mark, ese apego era más obvio. "Era inmensamente cercano a Ruth por años", mencionó un amigo.

Los chicos, como se les decía hasta ya entrada su adultez, entraron al negocio Madoff recién egresados de la universidad, y después de una década, junto con su padre y su tío Peter, construían una inusual locomotora de Wall Street; con la excepción del negocio de asesoría de inversiones de Madoff, que según él, era estrictamente suyo; privado.

"Éramos una familia sumamente cercana, y era un negocio de la familia", me contó Madoff con orgullo desde la prisión. "Pasábamos todo el día juntos. Mi hermano, mis hijos". A Ruth le encantaba que sus hombres trabajaran juntos, y tomó una oficina en BLMIS para estar con su familia y, desde luego, para atender todas las necesidades de Madoff.

Idolatraban a su padre, y "yo los idolatraba a ellos", dice Madoff. Mark y Andrew eventualmente se sentaban uno al lado del otro arriba del parqué elevado, con Andrew supervisando las operaciones de compra-venta de la empresa y Mark encargado de los negocio de formación de mercado; los asuntos legítimos.

"Yo estaba muy orgulloso de mis hijos, y ellos de mí, de lo que había logrado", dice Madoff. "Era motivo de orgullo ser un Madoff. El nombre tenía mucho reconocimiento".

Los Madoff: a la sombra de su padre

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Mark Madoff en la oficina del fondo de inversión de su padre en 2005. (Foto: Cortesía: CNNMoney)
mark madoff hijo bernard  (Foto: Cortesía: CNNMoney)

Aún cuando su negocio era legítimo, Madoff estaba un poco asombrado por su éxito. Por el contrario, Andrew y Mark, habiendo nacido dentro del club, lo daban por hecho y estaban acostumbrados a los privilegios que gozaban. A veces volaban a la casa que tenían en Montauk o a Montana para un fin de semana de pesca. A Madoff le daba mucho gusto verlos prosperar.

Él también se había acostrumbrado a la comodidad. Como me contó: "Yo vivía muy extravagantemente. Al final, compré un avión junto con un conocido. Tenía un yate [y cuatro casas]. Estamas hablando de que yo tenía 1,000 millones de dólares".

Con gusto le financió una casa a Mark en el poblado lujoso de Nantucket. Aparte de su hogar en Manhattan, Andrew tenía otro en Greenwich, aunque rara vez lo utilizaba. Sin embargo, Madoff era consciente de la diferencia entre las dos generaciones. Él vivía en la sombra de un padre fracasado. "Mis hijos nunca tuvieron que lidiar con eso", expresa Madoff.

Aunque era muy feliz de tener a su familia trabajando con él en su oficina, no había duda de quién estaba al mando. En una ocasión le gritó a su hermano: "Hasta que sea tu nombre el que está escrito en la puerta, no me digas qué hacer". El negocio giraba en torno a Madoff, sus pensamientos, sus necesidades, sus idiosincracias, hasta su obsesión por tener todo bien ordenado.

"Definitivamente tengo tendencias obsesivo-compulsivas", afirma; todos lo recuerdan de rodillas, enderezando las persianas venecianas. Aunque lo veneraban, a veces sus hijos se sentían como herramientas en su fábrica perfectamente alineada. Por años estuvieron molestos por estas injusticias. Junto con su tío, levantaban el peso pesado mientras Bernie, como le dijo Andrew a un amigo suyo después del fraude, "no tenía que hacer nada", aunque el reconocimiento naturalmente le caía al jefe.

Los chicos tenían sus propias áreas de operación, pero Bernie no dudaba en involucrarse. "No tenía filtro", como comentó un observador. Le decía a sus hijos cosas que aterraban a los otros empleados, lo consideraban abusivo.

Una justificación común de Madoff era: "Porque yo digo". Más de una vez, sus hijos lo vieron como un bully. Andrew le decía a sus amigos que el abuso se le resbalaba. Después de todo, él sabía que en privado "había una expresión constante de orgullo y amor de su parte", en palabras de Andrew.

Después, se preguntarían qué tan sincero era ese amor. Siempre supieron que su padre era un manipulador dotado, una cualidad que le ayudó a salir adelante en Wall Street. A través de su abogado, Andrew guardó silencio, pero sus amigos fueron categóricos respecto a sus sentimientos.

"Mi padre tenía la habilidad de ganarse a la gente o imponer su voluntad, y eso a veces te hacía sentir bien, pero a veces no, aunque era obvio e innegable", le contó Andrew a un amigo suyo. Andrew había sentido las habilidades persuasivas de su padre cuando intentó emprender su propio camino.

Unos años después de superar su linfoma -fue diagnosticado en el 2003-, Andrew expresó su deseo de marcharse del negocio familiar para empezar algo propio, sin embargo, su padre lo convenció para que se quedara. Para Andrew, su padre emanaba una mezcla de amor y abuso. Una parte era engatusamiento benigno, piropos tan sutiles que sólo en retrospectiva se perciben como tal, pero otra parte era tan directa como un soborno.

Andrew cedió. Persuadir a un hijo para quedarse en un negocio cuando uno sabe que eventualmente todos los involucrados sufrirían graves consecuencias es, en retrospectiva, un acto de egoísmo profundo. Pero tampoco le fue difícil convencerlo. Una persona cercana a Mark explica:

"Ellos querían su independencia, pero a la vez estaban muy agradecidos de tener la oportunidad de participar en lo que parecía ser un negocio muy exitoso. Estaban orgullosos de ese negocio. Pero eran hombres cuarentones trabajando para su papá. Cuando no dudaban del amor de su padre, de la unión y solidaridad de su familia, estaban dispuestos a hacer ese sacrificio".

Les tomó unos años más darse cuenta exactamente qué tipo de sacrificio era.

La dinámica con Madoff y sus otras víctimas fue diferente. Después, se dijo que Madoff lograba explotar las simpatías de la gente acomodada, de la gente mayor más que nada, para así desplumarlos con más facilidad. Si se le pregunta a Madoff, dirá que todos entendían los términos de sus amistades con él: su afinidad se debía a que él les generaba capital.

Y Madoff insiste en que lejos de ser él quien perseguía a la gente, más bien a él lo perseguían. La gente le rogaba para que tomara su dinero. Madoff dice que daba mensajes subliminales, advertencias sutiles que debieron ser obvios hasta para el inversionista menos sofisticado. "A todos les dije, ‘No inviertas más de lo que estarías dispuesto a perder'.

"Ésta es la Bolsa. Todo puede pasar. Las casas de bolsa pueden fallar. Yo podría enloquecer y hacer algo estúpido. Si quieres algo seguro, pon tu dinero en bonos del gobierno. Así que todos entendían esto", comentó.

Las primeras sospechas

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Algunos de los departamentos de Madoff se encontraban en Manhattan y costaban cerca de 7 millones de dólares. (Foto: AP)
madoff-propiedad  Algunos de los departamentos de Madoff se encontraban en Manhattan y costaban cerca de 7 millones de dólares. ✓  (Foto: AP)

"Todos eran avaros", relata. "Yo simplemente les seguía el juego. No es una excusa". A su parecer, los hedge funds y los bancos eran poco más que ‘mercaderes', llevándose su 1 ó 2%, sus honorarios por su supuesta "auditoria", aunque casi no supervisaban en lo absoluto. "Mira, había complicidad, en mi opinión", me comentó Madoff.

Madoff no excluía a sus inversionistas individuales de su lista de quienes, por lo menos de manera tácita, seguían su juego. "Sus amigos les habían preguntado: ‘¿Cómo puedes estar ganando el 15 o 18% cuando todos los demás están ganando menos?'", me dijo. "Créeme, si crees que no tenían dudas, te aseguro que sí las tenían... por lo menos para mediados o finales de los noventas", debió haber sido obvio para todos que su negocio de inversiones era un fraude.

Las opiniones de Madoff hacia sus cuatro inversionistas más grandes y de más antigüedad son especialmente mordaces. En privado, Madoff tenía resentimiento hacia varios de sus clientes quienes, legítimamente o no, había tenido por años, convirtiendo sus ahorros modestos en tesoros abundantes.

"Son sus amigos quienes se hicieron verdaderamente ricos por su trabajo -y no se cansaba de decirlo- él estaba resentido hacia ellos", dijo un hombre que alguna vez trabajó con Madoff.

Los cuatro grandes inversionistas de Madoff tienen pocas razones para quejarse, según Madoff: Carl Shapiro, un fabricante de ropa; Jeffry Picower, un inversionista de Wall Street; Stanley Chais, un administrador financiero; y Norm Levy, un desarrollador inmobiliario que le dijo a sus hijos en su lecho de muerte: "Confíen en Bernie Madoff".

"Esas cuatro personas, aun siendo mis amistades, todos recibieron muchísimo dinero gracias a mí, cientos de millones. Picower, miles de millones. Shapiro, más de mil millones. Levy, miles de millones. Dinero real". Y dinero legítimo según él.

Se convirtieron en gigantes de la filantropía, felices con el reconocimiento que les llegaba, mientras, en su opinión, era Bernie, el de Brooklyn, el motor incansable detrás de todo. "Pongámoslo así: Shapiro probablemente construyó más hospitales en Boston y más edificios para la universidad de Brandeis que puedas imaginar", con dinero que Madoff había generado.

Y ahora su simpatía tiene límites. Se ve a sí mismo no como un villano maléfico, sino como parte de un sistema corrupto, quizás su eje principal, pero él cree que la gente ha perdido la perspectiva de lo que realmente ocurrió. "Mira, ninguno de mis clientes, aunque hayan perdido hasta el último centavo de lo que metieron conmigo, pueden decir que son pobres", aseguró.

"No estoy justificando lo que hice, ni quiere decir que no simpatizo con ellos. Estoy avergonzado... La gente que entró en la última fase son los que realmente salieron lastimados. Todos mis amigos, la mayoría de mis clientes individuales, no tuvieron pérdidas netas", afirmó. "Pero si les preguntas a ellos, te dirán que están viviendo al día y que no tienen dinero, y estoy seguro de que ha sido una experiencia traumática, pero yo hice ricos a muchos. ¿Justifica mis acciones? No".

"Cuando tratas con el dinero de otras personas, como lo hice toda mi vida", continúa Madoff, "te das cuenta lo extraños que son; piensan así: ‘¿Qué haz hecho por mí últimamente? Si generaste ganancias para mí, es porque yo fui inteligente dándote mi dinero, pero si perdí a costa tuya, entonces la culpa es tuya'. Entonces te acostumbras a las mentiras de la gente".

En los noventas, Madoff soñaba con salirse del hoyo en el que se había metido. "Me decía a mí mismo que algún milagro iba a ocurrir o que iba a poder salirme de alguna forma. Simplemente no sabía cuándo ni cómo". Para el año 2002 se dio cuenta de que era una fantasía.

"Para entonces, el número era tan estratosférico que no sabía qué estaba esperando, francamente". Así que continuó. La maquinaria requería inyección constante de fondos. El dinero salía tan rápido como entraba, a veces. Ni siquiera es claro si el fraude estaba diseñado para generar ingreso. "Él dejó millones y millones en la mesa", contó uno de los abogados del fideicomiso, implicando que si se hubiese tratado del dinero, él pudo haber arrebatado más.

Y sin embargo, el negocio requería constante atención. "Contestaba el teléfono donde quiera que estaba; nunca iba a una región del mundo que le impedía contestar llamadas", dijo una persona que trabajaba con él. Y cada vez más, fueron sus grandes inversionistas quienes, con sus expectativas irreales y sus claros indicios de conocimiento sobre la situación extraña, daban las órdenes.

De acuerdo a uno de los abogados del fideicomiso, la relación de poder se había invertido. La demanda alega que fue el criminal el que recibía órdenes. Picower, probablemente su más grande inversionista individual en términos monetarios, dictaba el rendimiento que buscaba o "necesitaba"; una de las razones por las cuales lo acusaron de estar involucrado sutilmente en el fraude, y su viuda accedió a regresar 7,200 millones de dólares.

Hacia el exterior, Madoff disfrutaba la admiración que su negocio le generaba, pero también sentía humillación. "Me quedaba mirando hacia el exterior de una ventana", relata. "A veces hablaba solo".

La caída: Madoff se confiesa

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Madoff llegó con cuatro horas de anticipación a una audiencia que tendrá en una corte de NY.  (Foto: AP)
Bernard Madoff  (Foto: AP)

Madoff me dijo que deseaba que lo hubieran descubierto mucho antes, cualquier cosa para poner fin a la pesadilla que él mismo no se atrevía a desmantelar. En su mente, hasta trató de actuar honorablemente.

"Siempre pude racionalizarlo... Mira, traté de regresarle dinero a mis cliente individuales cuando vi que era imposible salirme de la situación. Traté de regresarle capital a mis amigos, a mis clientes pequeños. Pero no lo aceptaban... Todos me decían: 'No, no puedes hacer eso. No puedes regresarme mi dinero. He sido tu amigo, tu cliente, por años'... No podía decirles que estaría haciéndoles un favor. No podía. Bueno, ¿pude haber insistido? Sí".

"Sí, lo bloqueé de mi mente", me confesó. "No tuve alternativa".

El 10 de diciembre de 2008, tres meses después de la crisis del mercado bursátil, Andrew y Mark fueron a la oficina de su tío Peter, cerca del suyo en el piso decimonoveno del edificio de BLMIS; el negocio de asesoría de inversiones de Madoff estaba solo dos pisos abajo.

"¿Qué le pasa a papá? Parece que se está desmoronando", le dijeron los chicos. Alternaba entre un estado frenético y uno de debilidad total. Los chicos habían visto una conducta similar en el pasado: cuando a Andrew le diagnosticaron linfoma. Madoff se convirtió en un "vegetal" por varias semanas. Apenas podía hablar y rara vez salía de casa.

Esto parecía mucho peor. Mandaron a Peter a hablar con él y reveló la verdad. Peter insistió en que le dijera a sus hijos. "Dije: ‘Bueno, vamos todos a mi casa'", le dijo a Madoff.

"‘No le he dicho a Ruth tampoco. Tengo que decirle también'. Así que nos trepamos a mi coche, y mi chofer nos llevó a mi casa, apenas unas cuadras de distancia". Se fueron al estudio de Madoff. En el sillón, Madoff rompió en llanto.

Sus inversionistas le habían solicitado 7,000 millones de dólares en salidas, las cuales no podía cubrir. Había estado buscando generar capital desesperadamente e incluso tenía promesas de pago de 700 millones de dólares, los cuales pudieron haber mantenido el negocio a flote unas semanas más.

"¿Para qué? No iba a solucionar mi problema. Y estaba tan exhausto y perdido en la preocupación y demás. Me rendí. Decidí que no iba a tomar ese dinero. No tenía caso dañar a más personas", me contó. Las autoridades encontraron cheques por 173 millones de dólares en su escritorio, sin cobrar.

"Debo todo este dinero, y no voy a poder recuperarlo", le dijo a su familia. Todos lloraban. "Mira, no se qué más decirles. No sé qué es lo que deben hacer", continuó Madoff.

Mark se quedó paralizado, en estado de shock. "Andy, recuerdo, me abrazó", recordó Madoff con tristeza. "Sentía lástima hacia mí en ese momento".

Unos minutos después, Andrew y Mark se encontraban en la avenida Lexington en un estado somnoliento; se dirigían a su abogado y pronto tomarían la decisión más difícil de sus vidas: entregaron a su padre, sabiendo que iba a pasar el resto de sus días en la cárcel.

Ruth estaba deshecha por la confesión de Madoff, con emociones encontradas por los 50 años de matrimonio con él. "Estaba mortificada por lo que hice", explicó Madoff. "Teníamos un vida lujosa. No había duda de eso. Pero eso no le interesaba".

"Hubiera estado completamente feliz si yo hubiera sido un maestro de escuela. Mi esposa, francamente, no me perdona por lo que hice. Pero al menos entendió. Como dicen, en las buenas y en las malas", me comentó con una minúscula risa. "En las buenas y en las malas, estuvo a mi lado. Es mi esposa".

Madoff se liberó de su pesadilla, pero para su familia, los problemas apenas comenzaban. Al principio los chicos no sabían qué sentir. Pronto, sus emociones se cristalizaban. En Andrew, el más estoico de los dos, surgió la ira; sus emociones por fin inconfundibles.

"Estaba furioso como nunca por habernos hecho esto", le dijo a un amigo suyo. Madoff tenía miles de víctimas, pero para Andrew y Mark fue como si su padre los había puesto en la mira directa. Habían vivido a su sombra, aceptando los halagos de la gente hacia su padre.

Ahora nunca recibirían su parte proporcional del reconocimiento por el negocio legítimo que habían construido. Andrew le dijo a un amigo: "Entonces nos dimos cuenta que era una falacia. El genio era ilusorio. Habíamos estado compitiendo con un fantasma".

Fue una injusticia más, y lo sintieron intensamente. Mark, como recordó un amigo suyo, sabía que Andrew tenía más razón para sentir amargura. Había tratado de salirse del negocio, pero Madoff lo "manipuló" para que se quedara, como si su padre necesitara esa seguridad.

El desconcierto de sus hijos

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El hijo menor de Bernard, Andrew Madoff, encontró apoyo en su novia y amigos para superar el escándalo; en cambio Mark, el mayor, se obsesionó con las noticias sobre su padre. (Foto: Bloomberg News)
Madoff  El hijo menor de Bernard, Andrew Madoff, encontró apoyo en su novia y amigos para superar el escándalo; en cambio Mark, el mayor, se obsesionó con las noticias sobre su padre. ✓  (Foto: Bloomberg News)

Andrew siempre había parecido más estoico, mas cerebral, menos ansioso, y sobrevivir el cáncer lo fortaleció aun más. Tuvo el apoyo de su novia, Catherine Hooper, con quien vivía desde apenas cuatro días previos a la confesión de su padre.

Ella no conocía a Madoff y por ende no lo tomó personal. No dejaba que Andrew se quedara quieto. Dos días después de la confesión, Andrew respetó una cita de comida, por insistencia de ella. Con su estímulo, él desconectó su televisión y se rodeó de amigos. El fin de semana después del arresto, él y Hooper invitaron a varias personas a su departamento en el Upper East Side.

Mark, el más sensible, también sintió furia, pero con menos fortaleza, menos seguridad emocional. Siempre había sido más dependiente de la bondad de los demás y de la opinión de su padre también. "Respetaba a su padre a la enésima potencia", explicó una amistad. "No olvides que todos se hicieron ricos gracias a él. A Mark se le respetaba por el éxito de su padre, también."

Ahora sufría por la traición de Madoff, y fue insoportable por la manera en la que salió a la luz. Una persona allegada a Mark explicó lo que pasaba por su cabeza: "He aquí mi querido padre, a quien amé; se robó todo mi dinero y destrozó mi vida, me llevó a una investigación criminal, metió mis bienes en un tremendo lío. Y encima de eso, tengo que vivir con el hecho de que lo mandé a la cárcel".

Mark desarrolló una adicción a las noticias sobre el caso de su padre y los problemas de su familia, y eso eliminó cualquier posibilidad de superarlo. Andrew solamente podía soportar hasta cierto punto sin perder los estribos. "Apaga tu maldita computadora", le dijo a su hermano. Pero Mark no podía. Y entonces, como dijo un amigo cercano, "vio la percepción del mundo hacia él a través de los ojos de esta gente llena de odio".

La esposa de Mark, embarazada durante el arresto y sintiéndose vulnerable, estaba tan furiosa como su esposo. Cambió su apellido y el de sus dos hijos, alegando haber recibido amenazas de muerte. Mark entendió y recomendó a sus hijos mayores -de 16 y 18 años-, fruto de un matrimonio previo que cambiaran el suyo también. Se negaron.

Fue una acción práctica, ya que hasta una simple visita a la farmacia provocaba miradas feas. "No puedes entender la indignación diaria que implica ser un Madoff", expresó un amigo de la familia.

La reacción de Andrew fue distinta. Desplegó su enojo casi como un escudo. Le entregaba a los meseros su tarjeta de crédito diciendo: "Sí, soy el hijo". Casi retando a que lo confrontaran.

"Cambiar mi nombre no cambia quien soy", le dijo a un amigo. Mark, sin embargo, ya no sabía quién se supone que debería ser. Estaba desesperado por recuperarse económicamente. Tenía dos hijos pequeños -el segundo nació en febrero del 2009 -y estaba orgulloso de ser su sustento.

El fideicomiso había presentado una demanda, exigiendo 66.9 millones de dólares y al igual que Mark, estaba obligado a presentar un reporte mensual de gastos al fideicomiso (a Andrew lo demandan por la cantidad de 60.6 millones de dólares).

Por un tiempo, Mark todavía pensaba que podía trabajar en la industria bursátil. Hasta envió cartas, sólo para confirmar lo que ya sabía: el nombre Madoff era tóxico.

"El mundo nos odia", solía decir. Después fundó un periódico para la industria de bienes raíces que empezó a crecer. Sin embargo nada podía eliminar su sentimiento de vergüenza. "Nos pidió disculpas", dijo un inversionista y amigo. "No importa qué le decíamos, se sentía culpable. No tenía por qué, pero él así lo enfrentó. Se sentía terrible, responsable".

Y entonces la familia que por tanto tiempo había generado placer y apoyo se esfumó. Los chicos se alejaron de su madre, una situación por la que Madoff culpa a los abogados pero que también fue elección de ambos hijos.

Un amigo le preguntó a Andrew si pensaba que su madre estaba enterada del fraude. "No importa", contestó. "Mira cómo se comportó después de que nos enteramos todos". Ella tenía dos opciones, y prefirió apoyar a Bernie.

Para Andrew, la separación fue dolorosa, pero Mark quizás sintió esa pérdida más profundamente. "No ver a mis padres es horrible", le confesó a un amigo. Pudo haberse acercado a su madre. Ella quería verlo. Pero no lo hizo.

"Estaba lidiando con tanto dolor que reunirse con su madre hubiera creado más dolor", contó una persona allegada a la familia. "Sólo creo que para él, ella era lo más cercano a su padre. Estaba luchando mucho por seguir adelante y lidiar con lo que le correspondía. No estoy diciendo que no quería verla. Pero no estaba listo para hacerlo".

El suicidio de Mark Madoff

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Imagen del exterior del apartamento de Mark Madoff en Nueva York donde fue hallado muerto en el 2010. (Foto: AP)
departamento-markmadoff  Imagen del exterior del apartamento de Mark Madoff en Nueva York donde fue hallado muerto en el 2010. ✓  (Foto: AP)

Mark también extrañaba a su padre. Había contado con el amor de su padre, pero ahora ni siquiera estaba seguro de que había sido real.

"Mark pensaba, ‘si mi padre mintió acerca del negocio, ¿qué más fue mentira? ¿Mintió sobre su amor por sus hijos?' Mark no podía sacar esa idea de su mente. Pensó, ‘Quién sabe qué es verdad y qué es mentira'", relata una persona allegada a la familia.

"Traté de decirle varias veces que eso era ridículo", comenta un amigo. "La gente trataba de alentarlo, asegurarle que era querido". Pero no pudo creerlo en el fondo. Dos años después de la revelación del crimen, el escándalo estaba de nuevo en la prensa. Mark había probado antidepresivos y terapia.

En el segundo aniversario del arresto de su padre, mientras su esposa y su hijo de 4 años se encontraban en Disney World con su suegra, Mark se ahorcó mientras su hijo de 2 años dormía en el cuarto de al lado. Había escrito un e-mail a su abogado: "Nadie quiere saber la verdad... Por favor cuida a mi familia". Y otro a su esposa: "Te amo...".

Madoff dice que quedó deshecho por la muerte de su hijo. "Déjame decirte, lloré por más de dos semanas. Lloré y lloré. No salía de mi cuarto. No hablaba con nadie, y demás. Tengo los ojos llorosos ahora mientras hablo contigo. No pasa un solo día sin que sufra por eso. Pareceré estable por teléfono, pero créeme, no estoy bien. Y nunca lo estaré".

Lo tenían en vigilancia constante para evitar su propio suicidio; los guardias lo supervisaban cada hora. Pero no necesitaban preocuparse. "Nunca pensé en quitarme la vida", me dijo. "Simplemente no soy así". Después de unos días, Madoff se paró de su cama y regresó a su trabajo llenando los pedidos de comisaría de los internos.

Para Madoff, la prisión le ofrece una especie de alivio. Un hombre -incluso un monstruo- que ha dejado sus más grandes miedos en el pasado, de alguna manera, es un hombre más feliz, no importa lo demás que haya ocurrido. "Lo que antes era el miedo a esto" -a ser descubierto- "eventualmente sucedió, terminó porque terminó", expresó Madoff.

Y con esa preocupación en el pasado, Madoff se enfocó en los demás. "Siempre fui preocupón", asegura. Se preocupa por su familia, desde luego, y se preocupa por sus víctimas, aunque confía en que ellos estarán bien. La mayoría de sus víctimas, dice, recibirán una parte sustancial de su capital de vuelta. Ha hablado con los abogados del fideicomiso y ha hecho lo posible por guiarlos hacia el dinero.

"Se recuperará más o menos la mitad", me aseguró. "Esta gente probablemente hubiera perdido todo ese dinero en la bolsa. No estoy tratando de justificar lo que hice ni por un minuto. De verdad que no".

Ha aceptado su crimen, su estatus de exiliado. "Es lo que es", dice Madoff.

Se considera en esta etapa una especie de portavoz de la verdad. Siente desdén, no sólo hacia la industria, sino también hacia los reguladores. "La SEC", comenta, "se vio muy mal con este asunto". Y extiende la culpa a otros miembros de Wall Street. "Es increible, Goldman... nadie tiene condenas penales. Esta nueva reforma regulatoria es un chiste. El gobierno entero es un esquema Ponzi".

Madoff tenía una razón para hablar conmigo. "Para aclarar las cosas", asegura. Se debe saber que él comenzó en una situación modesta y cambió la manera en que se hacían negocios en Wall Street. Incluso desde la cárcel, está empeñado en resucitar su legado, otra razón por la cual habla conmigo. Y hay otra razón más.

"Nunca pude explicarle a mis hijos lo que sucedió. Claro que con Mark es demasiado tarde, pero mi hijo Andy...". Madoff frecuentemente recuerda ese último día, esa junta en su despacho cuando les confesó todo.

"No logro hacerle llegar un mensaje a Andy", continúa diciendo, su voz llenándose de emociones. "Los abogados no quieren permitir eso". Creo que Madoff habla conmigo, en parte, para comunicarse con Andrew.

Pero el mundo no es lo que Madoff imagina desde su celda. Andrew se mofa de los pensamientos de su padre: "Sí, te robé hasta el último centavo, y tienes que echarte un clavado al basurero para conseguir tu comida, pero ya, está en el pasado, supéralo".

Y así, Andrew no va a cambiar su nombre, pero por fin está libre para forjar su propio camino y crear su propia identidad, una ironía evidente. Dirige una pequeña empresa de energía, Madoff Energy Holdings, y Abel Automatics, una manufacturera de carrete de pesca.

Pero lo que más lo llena es el nuevo proyecto de su novia, que consiste en preparar a las familias para los desastres. "Estoy ayudando a la gente", le contó a un amigo. Es el tipo de actividad que su padre una vez descalificó, convenciéndolo de olvidarlo y seguir trabajando con él. Andrew no perdonará a su padre.

No aceptará que su padre es una buena persona que cometió un error. Hasta le parece cómica la idea. A veces se le antoja decírselo directamente. "¿Crees que tengo que perdonarte y sentir compasión porque quedaste atrapado en esta terrible situación?", le preguntó a un amigo de manera retórica.

Madoff sabe lo que mora en la mente de su hijo. "En esta etapa, sólo tengo que darle tiempo", dice. "Supongo que sólo tengo que tener esperanzas".

Mientras tanto, Bernie Madoff sigue manteniendo su libro contable moral, añadiendo elementos a su manera, diciéndose a sí mismo que algún día, saldrá adelante.