2 de julio: ¿Hay motivos para celebrar?

Está bien que Fox convocara a celebrar la victoria en las urnas, eso no se discute. Lo que está en
Alfonso Zárate

Hizo muy bien el presidente Vicente Fox en convocar a la celebración de un acontecimiento histórico: la derrota en las urnas del partido de Estado que durante siete décadas monopolizó todos los espacios del poder político y la función pública. El 2 de julio de 2000, con la victoria del candidato presidencial de Alianza por el Cambio (PAN-PVEM), se coronaban tres décadas de iniciativas civiles, impulsos reformistas y luchas a contracorriente de sectores cada vez más amplios de una ciudadanía activa, crítica y demandante.

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La alternancia en el Ejecutivo Federal, el último bastión del régimen priísta, representó el punto climático de un proceso de transformaciones graduales que arranca en los años 70 –fruto directo del movimiento pro derechos civiles y democráticos de 1968–, se profundiza hacia el final de la década siguiente –con la emergencia de un polo de centro-izquierda encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas– y acelera su paso en los años 90 gracias a la consolidación de instituciones –como el IFE y el Tribunal Electoral– que garantizan condiciones de equidad, transparencia y legalidad en la batalla por el sufragio y la integración de los poderes públicos.

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En 1997, año clave de la transición, la suma de factores inéditos anticipa el cierre de un largo ciclo en la vida política mexicana: las gubernaturas y municipios ganados por Acción Nacional trazan una suerte de asedio virtual, más que simbólico, al poder centralizado; el triunfo del PRD en la capital del país reduce los márgenes de maniobra del antiguo régimen y, finalmente, la conformación de un “bloque opositor” PAN-PRD arrebata al PRI la iniciativa y el control de la Cámara de Diputados.

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El escenario era propicio, la mesa estaba puesta, pero hacía falta un plus. Decisión, inteligencia y pragmatismo para impulsar el cambio, convencer y vencer. Fox y sus aliados hicieron la diferencia, enorme y contundente, entre el sueño y la realidad. ¿Cómo negar valor y trascendencia al esfuerzo civil, civilizado, que representa un auténtico parteaguas?

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Sin embargo, lo que hoy se discute no es la importancia del vuelco electoral y sus consecuencias políticas, sociales, culturales, anímicas. En el cierre anticipado de un sexenio anómalo, errático, lo que está a debate es la ineptitud y la inconsecuencia de un equipo de gobierno que no supo estar a la altura de las circunstancias; la ligereza de un presidente que dilapidó capital político, energía ciudadana y fortaleza institucional; el vacío de ideas, inteligencia política y articulación programática de un partido gobernante que decidió plegarse a los dictados del gabinetazo y seguir los humores de la casa presidencial.

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A cinco años del 2 de julio y a unos meses de cumplirse el quinto año de gobierno, el balance es negativo en todos los frentes.

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Salvo en aquellas áreas de la administración pública donde el voluntarismo no impone sus reglas –control de variables macroeconómicas, continuidad de programas para combatir la pobreza–, el paisaje es desolador: estancamiento económico, crecimiento exponencial de la informalidad y el desempleo; inseguridad pública y deterioro del sistema de procuración e impartición de justicia; crisis de la educación pública y gravísimos rezagos en investigación científica y desarrollo tecnológico; fragilidad de las instituciones democráticas, déficit legislativo en materia político-electoral y un entramado jurídico-constitucional que hace tiempo dejó de responder a las necesidades del país.

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Hizo muy bien el presidente Fox en convocar a la fiesta de la victoria. Porque después del 2 de julio, gesta de una ciudadanía esperanzada, faltan los motivos para celebrar.

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El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.
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azf@prodigy.net.mx

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