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¿Existen alternativas frente al neoliberalismo? Desde hace varios años, el brasileño Roberto Mangabeira Unger se dispuso a pensarlas y a discutirlas en compañía de diversos políticos latinoamericanos de centro e izquierda, entre los que destacan los mexicanos Vicente Fox, Manuel Camacho Solís y Cuauhtémoc Cárdenas.

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Recientemente, Mangabeira publicó Una alternativa práctica al neoliberalismo (Océano, 1998), una propuesta escrita al alimón con su compatriota Ciro Gomes, uno de los tres principales contendientes a la presidencia de Brasil.

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Profesor titular de Derecho en la Universidad de Harvard, Mangabeira ha sido reconocido en diversas latitudes. Geoffrey Hawthorn, profesor de la Universidad de Cambridge, describió sus trabajos como “la teoría social más poderosa de la segunda mitad del siglo XX”. El politólogo mexicano Jorge G. Castañeda, por su parte, afirmó que “es, probablemente, el pensador brasileño más importante de su época”.

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Lo indiscutible es que en su libro, Mangabeira demuestra un desdén inteligente por toda clase de dogmatismos, tanto el del progresismo de izquierda, como el de la ortodoxia neoliberal. Propone un “desarrollo democratizante”, quiere un Estado “actuante y enriquecido”, que sea socio de la iniciativa privada. Ni él ni Gomes desean –y lo expresan enfáticamente en su texto– “regresar al nacionalismo populista ni a la estrategia semiautártica de la sustitución de importaciones, ni a las finanzas públicas inflacionarias de gobiernos débiles y mentirosos”.

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Una parte medular de su propuesta es conciliar a las vanguardias y retaguardias productivas de un país. “Y una contrapartida de este esfuerzo –externa en esta entrevista con Expansión– es que si vamos a llevar a la práctica el proyecto de una economía política antidualista que supere la división entre vanguardia y retaguardia, también debemos imponer el capitalismo a los capitalistas, porque en nuestros países latinoamericanos hay una impostura.” Aquí se presenta la versión editada de una animada conversación en “portuñol”.

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¿De qué hablamos cuando hablamos de neoliberalismo? Y le pregunto esto porque hay quienes ni siquiera aceptan el debate por considerar que el apelativo es incorrecto.
Hay un problema, es cierto. Los gobiernos neoliberales alegan que no lo son, porque confunden el neoliberalismo con el viejo liberalismo del siglo XIX. Neoliberalismo sería laissez faire y no es así, tiene un compromiso social. Es más interesante comprender y definir al neoliberalismo desde el punto de vista de las tareas que atribuye al Estado. Una es facilitar y promover la integración de la vanguardia productiva de un país a la economía mundial, que está siendo reorganizada como una red internacional de vanguardias productivas que se impulsan recíprocamente. La segunda tarea sería pacificar socialmente a la mayoría excluida de esa vanguardia productiva mediante programas de asistencia social, y prepararla para una lenta incorporación, en este momento distante, a esa vanguardia. Por lo tanto, en el neoliberalismo hay un proyecto social; el problema es que para él es una compensación, una tentativa para menguar los efectos desigualizadores del desarrollo. Así es como el neoliberalismo plantea la problemática de lo social y todo esto es posible basado en una democracia relativa, porque si hubiera democracia de más esto llevaría a una escalada de reivindicaciones populares. La esencia del neoliberalismo está ahí: una limitación del Estado que se atribuye esas dos tareas: promover la integración y pacificar, asistir, a la mayoría excluida, con base en una política de baja energía.

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Nosotros decimos lo opuesto: necesitamos un Estado actuante y enriquecido como aliado, no como enemigo de la economía de mercado. Lo necesitamos para construir las condiciones prácticas del pluralismo económico y social. Necesitamos, también, de una economía política antidualista, en la que el Estado se alíe a las pequeñas y medianas empresas de la retaguardia para empezar a superar la división que existe entre ellas y la vanguardia. Y necesitamos reformas políticas que institucionalicen una política de alta energía, y esta posición es fuerte, tiene un contenido institucional definido. Por el contrario, la posición convencional de los progresistas en el mundo contemporáneo es una posición débil, porque lo que ellos comúnmente proponen es simplemente humanizar lo inevitable; sólo quieren acrecentar esta preocupación social que ya está en el neoliberalismo.

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Ese Estado “actuante y enriquecido” del que hablan usted y Ciro Gomes, ¿en qué difiere del Estado obeso, torpe e ineficiente que tuvimos en nuestros países hasta hace unos lustros?
No es un Estado derechista. El Estado del antiguo nacional-populismo por un lado procuraba impulsar el desarrollo a través de grandes empresas públicas y, por el otro, distribuía ventajas de forma clientelista, sobre todo a la minoría organizada dentro de la masa popular. Nosotros rechazamos ambos elementos del antiguo nacional-populismo, porque nuestra idea es que el motor principal del desarrollo no sean las grandes empresas públicas, sino la entrada en los mercados de un número mucho mayor de agentes económicos y, sobre todo, de esa gran masa de pequeñas y medianas empresas hambrientas de acceder a la tecnología y a los mercados.

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Por otro lado, una igualdad mayor no se dará por una distribución clientelista de ventajas a minorías organizadas. Se dará desarrollando un paquete de derechos sociales abiertos a todos y enfrentando ese dualismo económico, esa división que existe entre la vanguardia y la retaguardia.

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Ustedes proponen que ese Estado debe ser capaz de invertir en los individuos y de ser socio de la iniciativa privada, sobre todo de las pequeñas y medianas empresas. ¿Cómo?
Hoy se está dando en el mundo un gran cambio productivo: el viejo modelo industrial, el fordismo, está siendo sustituido, o transportado, hacia países más pobres. Está siendo sustituido por empresas más flexibles, comprometidas con una innovación permanente en la que se va moderando la decisión rígida entre tareas de concepción y de ejecución y se va combinando de forma más fluida en la organización de la producción.

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Por ejemplo, es bien sabido que en el norte de Italia hay redes de pequeñas y medianas empresas que compiten y cooperan entre ellas al mismo tiempo. La gran pregunta es saber si este experimentalismo productivo va a prosperar simplemente en una isla de la economía o si estas prácticas vanguardistas se van a generalizar en toda la economía. La isla vanguardista necesita muy poco del Estado. ¿Quién necesita del Estado? Los otros.

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La retaguardia.
Exactamente. Y lo necesitan para tener el equipamiento económico y cultural para ser agentes efectivos. Ahí viene el problema institucional, ¿cómo va a ser visto el Estado? No podemos escoger entre el modelo estadounidense de un Estado que regula a la distancia a las empresas privadas, y el modelo asiático de un Estado que formula de manera elitista, centralizada y burocrática las políticas industriales. Esto es algo inaceptable si queremos construir un modelo de desarrollo democratizante. De ahí la idea de desarrollar una forma descentralizada, experimentalista y participativa de coordinación entre las pequeñas y medianas empresas y un gran número de fondos sociales, de centros de asistencia, con amplia autonomía de decisión, que serían establecidos entre el Estado y las firmas privadas.

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La idea de un desarrollo democratizante tiene dos grandes condiciones: una es que haya un Estado enriquecido, como decía, y la otra es que haya una política de alta energía. La primera supone el refinanciamiento del Estado.

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Ustedes se suman a la causa, así lo dicen, de la estabilidad de la moneda, pero sugieren liberarla de su dependencia de la sobrevaluación del tipo de cambio y de las altas tasas de interés.
Hoy en muchos países de Latinoamérica hay un dilema entre estabilidad monetaria y desarrollo económico. Por ejemplo, en mi país –Brasil–, la estabilidad monetaria reposa sobre tres grandes bases: primero, la sobrevaluación del tipo de cambio; segundo, las altas tasas de interés; y tercero, la fragilización de los derechos laborales, la baja del valor real de los salarios. Esas tres bases estrangulan el desarrollo económico. Pareciera que es necesario escoger entre desarrollo económico y estabilidad monetaria. Y ahí –dicen los neoliberales, los ortodoxos– la solución es el ajuste fiscal. ¿Y por que no viene el ajuste fiscal si todos dicen que es necesario?

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El problema es que no hay un ajuste fiscal ad hoc; hay uno que se daría sobre todo cortando el gasto público. Pero éste –que es gasto en gente y en infraestructura productiva– ya es muy bajo, no hay cómo bajarlo más. Por otro lado, hay otro ajuste fiscal que implicaría aumentar el ingreso y es incompatible con las alianzas políticas y sociales que sostiene el neoliberalismo. Para el progresista, entonces, surge la cuestión: ¿cómo enriquecer al Estado sin castigar la producción? Tendríamos que tener un sistema tributario que desonerase la producción y que, por lo contrario, recayera sobre el consumo a través de instrumentos como el IVA. Los progresistas dicen que el IVA es agresivo, injusto; dicen querer un sistema basado en tributos directos a los distribuidores. El problema a corto plazo es que estos no pueden generar el ingreso necesario. Lo que los progresistas convencionales no comprenden es que en los Estados contemporáneos la redistribución se hace mucho más del lado del gasto público que del de la estructura productiva del ingreso.

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El objetivo a corto plazo debe ser aumentar el ingreso por encima del 30% del Producto Interno Bruto, pero hacerlo de una forma que no subvierta los incentivos al ahorro, al trabajo o a la inversión. Eso sería una base concreta para una gran alianza entre un empresariado comprometido con el desarrollo y las fuerzas democratizantes del país. También es preciso aumentar el ahorro interno del país, porque el capital extranjero es tanto más útil cuanto menos se depende de él. El Estado puede organizar un sistema de ahorro privado a partir de las rentas de las personas, y éste puede ser colocado en fondos competitivos, autónomos, algunas veces operando como venture capitalistas que inviertan en las empresas emergentes.

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Cuando usted dice que la inversión extranjera es más útil mientras menos se dependa de ella, ¿se refiere, sobre todo, a la especulativa, o también a la productiva?
Cuanto menor es el ahorro interno más depende el país y el gobierno del capital extranjero y entonces se da una distorsión, porque la proporción del capital financiero especulativo aumenta en relación con la inversión directa, con la inversión productiva. En nuestro caso, en Brasil, que es muy característico, el gobierno vive aterrorizado con la posibilidad de un ataque especulativo al real. Entonces tiene que mantener altas reservas que son ruinosas para el país, porque para estabilizarlas el gobierno paga tasas de interés astronómicas dentro del país, y recibe por ellas fuera del país una parte mucho menor, y paga la diferencia. Hoy, en Brasil, cinco meses de los 12 meses del presupuesto federal están al servicio de la deuda pública interna. De tal modo que estás estrangulado, de rodillas, dependiente de ese capital financiero.

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No basta con tener un discurso de protesta y decir vamos a aceptar ciertas regulaciones a los flujos de capital, como en el caso chileno. Lo importante no es eso, es mantener el ahorro interno que nos torne de facto menos dependientes de ese capital más predatorio y menos serio.

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Por otro lado, el ejemplo de la crisis asiática nos demuestra que ninguna medida de éstas es suficiente por sí sola. Corea, por ejemplo, tiene un ahorro interno elevado y sin embargo sufrió esa crisis. Pero ahí entra el otro problema: tenía una estructura centralizada, burocrática, de contubernios entre sectores burocráticos y grandes grupos empresariales. Tenía una forma de coordinación estratégica centralizada, elitista, burocrática. Y la tenía porque viene de un pasado de autoritarismo político.

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En su libro anota claramente que la alternativa que propone reposa en la profundización de la democracia. “Al contrario del neoliberalismo seudosocial –escribe–, no queremos una democracia dosificada.”
Este modelo de desarrollo democratizante, de coordinación descentralizada, de levantamiento de la retaguardia, depende de un Estado enriquecido y también de institucionalizar una política popular de alta energía. Por eso proponemos una serie de reformas prácticas destinadas a institucionalizar esa democracia más vibrante. Proponemos reformar el régimen presidencial para dotarlo de mecanismos para la resolución pronta de impasses. Por ejemplo, elecciones anticipadas cuando hay un impasse entre Presidente y Congreso.

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Proponemos una serie de reformas que eleven el nivel de movilización política en el país, que transparenten el financiamiento público de las campañas electorales, que permitan el acceso ampliado a los medios de comunicación. Proponemos dar un shock libertario en el país, fortaleciendo los instrumentos prácticos de que disponen las personas para que reconozcan y reivindiquen sus derechos. Esto es una política popular de alta energía. Los empresarios no deben temerle a esto, porque es la base de una verdadera descentralización económica y social. Y una contrapartida de este esfuerzo –y lo decimos con toda franqueza– es que si vamos a llevar a la práctica el proyecto de una economía política antidualista que supere la división entre vanguardia y retaguardia, también debemos imponer el capitalismo a los capitalistas, porque en nuestros países latinoamericanos hay una impostura: tenemos un semicapitalismo, o un seudocapitalismo de oligopolios, de grandes empresas nepotistas, de bolsas de valores en las que se obtiene capital sin exponer el control de las empresas, de subsidios indirectos y ocultos del Estado a los grandes grupos económicos. Tenemos políticas privatizadoras en las que muchas veces la privatización del sector público es un pretexto para evitar la privatización del sector privado. Nosotros decimos: si piden competencia, vamos a darles competencia; vamos a tomar en serio la idea de la economía de mercado.

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¿Debemos, entonces, privatizar a nuestro sector privado?
Sí, porque hay un conjunto de contubernios mafiosos entre las élites empresariales y las elites políticas y burocráticas. Esa es la realidad. Además, en Latinoamérica tenemos una situación tradicional en la que las grandes empresas privadas son, en general, empresas familiares en las que la juventud meritocrática de clase media tiene que competir con el hijo del dueño. Eso no es democracia económica.

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De manera contraria a las posiciones progresistas más dogmáticas, usted y Ciro Gomes no se oponen a las privatizaciones. Creen que hoy se pueden privatizar empresas públicas...
...y crear otras en el futuro, así es. Ahora bien, los monopolios públicos no deben tornarse monopolios u oligopolios privados. Lo que ha ocurrido frecuentemente en Latinoamérica es que la privatización fue, por un lado, una forma de rendir homenaje a la ideología de las potencias dominantes y, por el otro, una oportunidad de congraciarse y favorecer a los aliados internos. A veces parece que hubiera un contrato entre el Estado y el empresariado nacional, mediante el cual aquél le dice a éste: “Tienes que aceptar un poco más de competencia extranjera y a cambio de eso te vamos a dar oportunidades fabulosas de enriquecerte con la privatización del sector público.” Y esa fue una maniobra política que permitió la transición neoliberal, muchas veces con un resultado negativo para el país.

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Las privatizaciones se justificarían por dos razones: una, si fuesen usadas como una manera de romper monopolios y oligopolios y así dar el ejemplo de una forma más democratizada y competitiva de economía de mercado; y dos, si el dinero generado fuera usado para pagar la deuda interna y liberar al Estado nacional del yugo financiero. Pero en la mayoría de los casos no ocurrió ni una cosa ni la otra.

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¿Qué cree usted, por ejemplo, que deba hacerse con nuestro gigante petrolero, Pemex?
No me aventuraría a opinar sobre un tema específico interno de México.

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¿Le parece que es un caso similar al de Petrobras?
Yo no tengo un punto de vista dogmático sobre esto. Mis amigos de izquierda dicen que ciertos sectores estratégicos deben estar en manos del Estado, pero el problema es que no hay sectores inherentemente estratégicos. Hay sectores estratégicos cuando existe una estrategia y ellos no la tienen. No vamos a mantener la ficción de que hay sectores inherentemente estratégicos. Lo importante no es rendir homenaje a las conquistas de una revolución de 50 o 100 años atrás, o a la ideología progresista. Nosotros estamos interesados en alcanzar resultados progresistas, sacrificando las supersticiones ideológicas en el altar de la realidad política.

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¿Es viable, es realista, una alternativa como la que ustedes proponen en un mundo que parece ir con la corriente de la globalización?
La idea de la globalización se volvió una especie de trampa generalizada para el rezago de los proyectos de transformación democratizante, pero lo cierto es que los países pueden responder a los sistemas globales de formas diferentes, dependiendo de sus condiciones prácticas. La globalización se puede construir de diversas formas. Hay que discutir, por ejemplo, si las organizaciones de Bretton Woods van a ser los únicos instrumentos de ese ideario neoliberal, o si estarán abiertas a idearios alternativos.

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¿Usted no cree que al atreverse a pensar y a actuar de un modo distinto se corra el riesgo del aislamiento?
No. Como cualquier gran cambio histórico, como cualquier tendencia dominante, el neoliberalismo es producto de la combinación de un sistema de intereses con uno de supersticiones. Existen los intereses de las potencias dominantes que se alían a ciertos elementos de la plutocracia colonialista, a los que quieren como socios junior. También existen las supersticiones: los economistas prestigiosos diciendo que sólo es posible hacer las cosas así; los latinoamericanos que van a Harvard y al MIT a aprender que tiene que ser así, porque no hay otro camino. Y esas supersticiones son un elemento indispensable en la hegemonía de este sistema.

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Tenemos que atacar los intereses, pero también las supersticiones. Los progresistas convencionales muchas veces hablan como si la cuestión fuese simplemente una lucha entre ricos y pobres, y el camino fuese un camino claro, pero el problema es que está oscuro y no es sólo la lucha de las mayorías contra las minorías; es una lucha en lo oscuro, y es necesario que ascendamos a la luz.

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