&#34El estatus no nos hace más felices&

El filósofo Alain de Botton explica porque tenemos envidia del éxito ajeno y cómo la ambición es

¿Quién no ha tenido un jefe, un cuñado o incluso un buen amigo desesperado -por el estatus, esas personas que sueltan nombres de famosos, hablan de las -marcas de sus relojes o los clubes que frecuentan? ¿Y quién, alguna vez, no se -ha sorprendido a sí mismo, con vergüenza, haciendo lo mismo, evaluando como -inferior a alguien que no ocupa un lugar importante en nuestra escala de éxito?

- Alain de Botton, ensayista y filósofo inglés de amplitud de miras y -popularidad mundial, nos consuela a todos, porque nos dice que la Ansiedad -por el estatus, también título de su último libro (Taurus, 2004), no es -culpa nuestra ni de nuestros jefes o cuñados, sino de la sociedad.

- Para De Botton, que se hizo famoso con Cómo cambiar tu vida con Proust -(un culto libro de autoayuda para aquellos que no leen libros de autoayuda), es -incomprensible que los países industrializados hayan alcanzado tanta -prosperidad y que al mismo tiempo sus habitantes sigan tan desesperados por -obtener cosas que no necesitan.

- Citando a Alexis de Tocqueville, a Adam Smith y a Jean-Jacques Rousseau, -Alain de Botton critica la veneración por la meritocracia. Y no sólo eso, da -vuelta como un guante a nuestras convicciones sociales y nos pide en cada -capítulo de su obra que por lo menos las investiguemos, aun cuando no podamos -curarlas.

- Usted afirma en su libro que “cada vida adulta puede ser definida por -dos grandes historias de amor. La primera, la de la búsqueda de amor sexual; la -segunda, la de la búsqueda del amor del mundo”. ¿Por qué?
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Pocas cosas son más tabú que revelar que uno envidia el éxito y las -ventajas de alguien. Uno hoy puede confesar casi todo a casi todo el mundo; -vivimos en tiempos liberales. Pero sigue siendo muy chocante admitir que uno -detesta el éxito de un amigo. Hay una asunción común de que trabajamos para -ganar dinero. Sin embargo, podría ser más correcto enfocarnos en cuántos de -nuestros esfuerzos están motivados por la búsqueda de algo poco mencionado por -los economistas: el amor. Una vez que el techo y la comida han sido asegurados, -el impulso predominante detrás de nuestra disposición a trabajar no está en -los bienes materiales ni en el poder que podemos gozar, sino en la cantidad de -amor que logramos recibir como consecuencia de nuestra posición social.

- El dinero, la fama y la influencia serían valorados más como un símbolo (y -un modo) de conseguir amor, más que como fines en sí mismos. Recibir amor es -sentirnos un objeto de interés. Nuestra presencia es advertida, nuestro nombre -registrado, nuestras opiniones son escuchadas, nuestros defectos son tratados -con indulgencia y nuestras necesidades son satisfechas. Y, bajo este cuidado, -florecemos. Puede haber diferencias entre el amor romántico y el amor por -estatus, pero aun así el objeto de amor social disfrutará, al igual que los -amantes románticos, de la protección benevolente de la mirada ajena.

- Es habitual describir a las personas que ocupan posiciones importantes como -‘ser alguien’ y sus opuestos como ‘don nadie’, términos sin sentido, ya -que todos somos individuos con identidad. Pero estas palabras son aptas para -mostrar las variaciones en la calidad del tratamiento dirigido a distintos -grupos. Aquellos sin estatus se mantienen invisibles, son tratados con -brusquedad y sus complejidades son pisoteadas. El impacto de no tener estatus no -debería ser juzgado sólo en términos materiales. El castigo muy pocas veces -reside en el desconformismo físico. Las incomodidades pueden ser soportadas sin -quejas por largos periodos de tiempo cuando no son acompañadas por la -humillación; así lo muestran los ejemplos de soldados y exploradores que -voluntariamente soportaron privaciones que excedían por mucho las de los más -pobres de sus sociedades, y aún así fueron mantenidos durante su sufrimiento -por una conciencia de la estima que les tenían otros.

- Usted insiste en que la “segunda historia de amor” no es menos -intensa que la primera. Peor, dice que es “una preocupación capaz de arruinar -extensas etapas de nuestras vidas”. ¿Cómo puede ser?
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La atención de los demás nos importa porque sufrimos una insertes -congénita de nuestro propio valor; de lo cual resulta que la opinión de los -otros juega un rol determinante en cómo nos vemos a nosotros mismos. Nuestro -sentido de identidad está cautivo de los juicios de aquellos con quienes -convivimos. Si se ríen de nuestros chistes, aumenta nuestra confianza en -nuestra capacidad de ser graciosos.

- Deberíamos, en un mundo mejor, ser más impermeables. No nos afectaría ser -conocidos o no, si nos elogian o nos critican. Si alguien nos halagara -falsamente no nos sentiríamos excesivamente seducidos. Y, si tuviéramos -desarrollada una justa evaluación de nosotros mismos, la sugerencia de otra -persona no nos heriría. Sabríamos nuestro valor.

- En cambio, tenemos dentro de nosotros mismos diferentes visiones sobre -nuestro carácter: tenemos evidencia de que a veces somos inteligentes y otras -no; de que a veces tenemos sentido del humor y otras somos aburridos; de -importancia y de superficialidad. Y, en condiciones tan dudosas, la labor de -definir la cuestión de nuestro significado termina recayendo en la actitud de -la sociedad con nosotros. La indiferencia de los demás resalta nuestros juicios -negativos sobre nosotros mismos, mientras que una sonrisa o un cumplido sacan a -la luz lo contrario.

- ¿La ansiedad por el estatus se refleja también en el consumismo? -¿Cambiamos de coche porque nos gusta el nuevo o para competir con el vecino?
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Una de las paradojas más resistentes de la vida moderna es cómo -sociedades que son más ricas que nunca pueden haber fracasado tan rotundamente -en la empresa de ser más felices. ¿Cómo podemos tener tanto, y al mismo -tiempo sentirnos tan en falta? Una respuesta posible reside en la psicología -detrás de la manera en la que decidimos cuánto es suficiente. Nuestro sentido -apropiado de estatus y riqueza nunca se decide de manera independiente. Se -decide comparando nuestra condición con la de un grupo de referencia, con la de -gente a la que consideramos pares. No podemos apreciar lo que tenemos -aisladamente, o compararlo con la vida de nuestros ancestros medievales. No -podemos asombrarnos de cuán prósperos somos en términos históricos. Sólo -nos consideraremos afortunados cuando tengamos tanto o más que las personas con -las que crecimos, trabajamos, tenemos como amigos o nos identificamos en la -esfera pública.

- El mundo moderno ha creado angustia en sus ciudadanos por culpa del -extraordinario nuevo ideal sobre el que está basado: una creencia práctica en -el ilimitado poder de cualquiera para conseguir cualquier cosa. Durante la mayor -parte de la historia, la idea opuesta había sido la constante: las bajas -expectativas eran vistas como normales y sensatas. Sólo unos pocos aspiraban a -tener fortuna y plenitud. La mayoría sabía bien que estaban condenados a la -explotación y la resignación.

- Usted hace muchas referencias a citas de escritores, ¿por qué?
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El siglo XIX vio el nacimiento del mundo moderno. Con quizá más -claridad de la que tenemos hoy, la gente vio qué significaba entrar en esa -especial relación de unos con otros, con el trabajo y con el dinero que ahora -llamamos capitalismo.

- A pesar de todo, usted dice que la obsesión por el estatus puede ser -curada.
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El apetito por el estatus, como todos los apetitos, tiene su utilidad: -nos empuja a hacer justicia de nuestros talentos, fomenta la excelencia, -contiene los comportamientos excéntricos y cohesiona a los miembros de una -sociedad alrededor de un sistema común de valores.

- Como han dicho muchos insomnes exitosos, es posible que los ansiosos sean los -que mejor sobrevivan. Pero admitir el valor de ciertas ansiedades no impide que -uno desafíe el valor de otras. Tenemos tendencia a sentir envidia de las -condiciones y posesiones que nos harían infelices si las obtuviéramos.

- A veces, experimentamos ambiciones desconectadas de nuestras necesidades -reales. O arruinamos los mejores momentos de nuestras vidas preocupados por lo -que otras personas piensan de nosotros. Es especialmente conmovedor que gastemos -tanto tiempo de nuestra vida preocupados por las cosas equivocadas.

- No hay solución definitiva a la ansiedad por el estatus, pero podemos tratar -de entender la enfermedad, y hablar sobre ella. Los beneficios de entender -pueden ser comparados a los beneficios de un satélite meteorológico en -relación con los huracanes: un satélite no puede evitar el huracán, pero sus -fotos pueden al menos decirnos de dónde viene la tormenta, qué tan grande es, -y hacia dónde se dirige, disminuyendo drásticamente la sensación de -persecución y pasividad. Entender un poco más la ansiedad por el estatus -podría permitirnos responder con algo más que dolor y culpa a la indiferencia -de nuestros enemigos y el éxito de nuestros amigos más queridos.

- ¿Puede decirse, sin embargo, que la ansiedad por el estatus es lo que -mantiene a la economía en movimiento?
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Esta ansiedad puede hacernos más ricos, pero no más felices. Al final, -la riqueza debe venir detrás de la felicidad como meta. Y debemos ser más -críticos del sistema político que produce tanta ansiedad.

- Una manera de cuestionar las políticas de la situación es investigar la -palabra ‘meritocrática’. Las sociedades se felicitan a sí mismas por cuan -justas son hoy en comparación con el pasado.

- Antes, cuando uno veía a una persona rica o exitosa, uno podía -razonablemente suponer que esa persona había conseguido su estatus a través de -medios injustos: matando a alguien, heredando privilegios o mediante un -monopolio. Pero en los últimos siglos, los políticos se han dedicado a -construir una sociedad que hoy en Occidente llamamos ‘meritocrática’. Esto -es, una sociedad en la que si uno tiene algo para decir, y si tiene talento y -energía, será capaz de conseguir un terreno de juego imparcial y justo.

- Pero este sentido de justicia social ha traído un gran problema, porque si -uno cree genuinamente que los exitosos se merecen su éxito, uno tiene que creer -que los desafortunados merecen su fracaso.

- En una era meritocrática, un sentido de justicia empieza a aparecer no sólo -en la distribución de la riqueza sino también en la de la pobreza: un estatus -bajo empieza a ser no sólo lamentable, sino también merecido. En ese sentido, -los ricos no únicamente tienen más dinero: también son mejores.

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