&#34Empresarios: recen por la creación

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Trabajadores del mundo, uníos... y pónganse a temblar. Con permiso de Karl Marx y su -Manifiesto comunista, esto es lo primero que se piensa después de leer El fin del trabajo -(Paidós, 1996), el más reciente libro del economista estadounidense Jeremy Rifkin que, con sus teorías, viene a echar un jarro de agua fría a todos aquellos fervorosos creyentes en la “mano invisible” y demás virtuosos mecanismos autorreguladores del mercado laboral.

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Y no es para menos. Ayudándose de una cantidad ingente de datos objetivos, Rifkin demuestra cómo el arrollador avance de la tecnología está finalmente causando lo que Marx ya vaticinaba hace 150 años: la definitiva supresión del hombre en el lugar de trabajo por la siempre más productiva y rentable máquina.

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Según él, en pocos años sólo habrá trabajo para una masa reducida y elitista de trabajadores. El resto tendrá que movilizarse y presionar a empresarios y gobierno si no quiere verse relegado del sistema.

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De paso por México para promover su libro, Rifkin, presidente de la Fundación de Tendencias Económicas en Washington y actual asesor de Bill Clinton en la Casa Blanca, explica su diagnóstico, a la vez que ofrece algunas soluciones para crear lo que él llama “un nuevo pacto social”, en el que se replantearía totalmente el concepto de empleo tal y como lo entendemos en la actualidad.

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Hay quien dice que usted es un catastrofista.
-Es extraño: creo ser el único optimista en este asunto. Trabajo con miles de compañías punteras en todo el mundo y no conozco un solo directivo que, en privado, esté en desacuerdo con mi diagnóstico. Los empleadores ven un número muy reducido de trabajadores en el futuro, incluso para los pequeños negocios.

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Estamos cambiando el trabajo de masas por una fuerza laboral elitista, tanto en las industrias manufactureras como en las empresas de servicios. En México, las maquiladoras se deshacen de cada vez más trabajadores. Y eso es sólo el principio de la revolución tecnológica. En el Distrito Federal, empresas de servicios como bancos, aseguradoras, hoteles y comercios están ya -reduciendo progresivamente sus plantillas.

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Esto contrasta con lo que vamos a oír en México durante 1997. Por ser un año electoral, es previsible que todos los partidos políticos prometan la creación masiva de empleos.
-Eso fue también lo que prometió Bill Clinton. Basó su campaña de reelección en decir que había creado millones de nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, esta última votación ha sido la que menor participación ha registrado desde 1920. ¿Por qué? Porque ningún candidato respondía a la principal preocupación de los estadounidenses: conseguirles un empleo fijo, no precario. En todos los países que visito la gente tiene las mismas preguntas: ‘¿Habrá un lugar para mí en esta nueva economía? ¿Mi trabajo será valorado? ¿Qué pasará con mis hijos?’

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Los políticos prefieren soslayarlo o tergiversar las estadísticas. Según los datos oficiales, en Estados Unidos hay 5.4% de desempleo. Cualquier economista le dirá en confianza que no es cierto, que en realidad es de 15.5%. La cifra gubernamental no tiene en cuenta los más de seis millones de hombres y mujeres que dejaron de buscar empleo hartos de no encontrarlo. También aquel que trabaja sólo dos días al mes está considerado como empleado. Es kafkiano.

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Entonces, si le digo que, según datos oficiales, en México tenemos 4.1% de desempleo...
-Eso no se lo cree nadie. Estuve con varios empresarios del país y ninguno da crédito a esas cifras.

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Según los políticos, todo el problema se resuelve con más y mejor formación para los trabajadores, preparándoles para empleos más competitivos y especializados en el sector del conocimiento (técnicos, ingenieros, programadores, científicos). Pero, aunque se les pudiera reentrenar a todos –lo cual es obviamente imposible–, ni siquiera habría los suficientes empleos para los millones de trabajadores que los demandarán.

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El mundo del conocimiento está reservado a las élites. Nunca se verá a decenas de miles de personas saliendo de las plantas de Genotech, una de las empresas líderes en biotecnología mundial. Microsoft tiene 18,000 trabajadores y es el principal empleador de la era de la información. En su apogeo, General Motors generaba 600,000 empleos.

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Contrariamente a la era industrial, durante la cual las empresas más exitosas eran las que tenían más trabajadores, en la era del conocimiento las mejores serán aquellas que tengan menos empleados. Cada vez se necesitan menos directivos en las empresas.

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Cuando llegue el desarrollo masivo de Internet y redes virtuales, casi todos los trabajos, salvo aquellos que requieren grandes conocimientos, se van a realizar sin empleados.

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Pero las empresas adoptan la tecnología para vender más. El que haya cada vez menos trabajadores significa también que habrá menos consumidores...
-Ese es el principal problema. En discusiones privadas, todos los hombres de negocios confiesan estar muy preocupados por dos aspectos.

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En primer lugar, están viendo disminuir el poder de compra en cada país. Las economías crecen a niveles más lentos porque hay menos trabajo y, por lo tanto, menos consumidores. Desde los años 80, los empresarios marginaron a los trabajadores del contrato social y dejaron de distribuir las ganancias obtenidas, lo que implica la caída del poder adquisitivo.

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Por eso, las empresas se vuelven cada vez más globales: tratan desesperadamente de encontrar más mercados donde vender sus productos. Si seguimos así, todos los mercados van a colapsar, incluidos los del prometedor sudeste asiático.

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En segundo lugar, los trabajadores no son sólo consumidores. -También se han convertido en los principales inversionistas del sistema capitalista. En Estados Unidos sus ahorros representan una masa de $6 billones de dólares, es decir, 72% de las inversiones que se realizan en el país provienen de los fondos de pensiones de los empleados.

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Es un secreto celosamente guardado: los trabajadores son ahora los dueños del sistema capitalista, pero no ejercen ningún control sobre él. Paradójicamente, están prestando su dinero a las empresas para que éstas inviertan en una tecnología que, al final, les quitará el trabajo.

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Los empresarios empiezan ahora a entender que todo este proceso acarrea la pérdida del poder adquisitivo y de inversión de largo plazo. Sin embargo, siguen pensando en despedir a sus trabajadores para incrementar la productividad a un menor costo. Eso vaticina un desastre económico global parecido al ocurrido en 1929, cuando la electricidad vino a remplazar definitivamente la utilización del vapor. Cuando se introduce una nueva tecnología, se crean nuevas relaciones de poder y nuevas desigualdades. Si éstas no se resuelven rápidamente, el sistema se colapsa por excesivo endeudamiento y falta de poder adquisitivo. Necesitamos pensar rápido de forma preventiva para que no ocurra lo mismo que en los años 30 y 40: una depresión prolongada y, luego, la guerra.

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Para remediarlo, una de sus recomendaciones es que los empresarios repartan las utilidades derivadas de los incrementos de productividad con sus trabajadores ¿Cree que están dispuestos a hacerlo?
-Cuando se les explica bien, no refutan los argumentos. Pero nadie quiere asumir el liderazgo para decirlo en público. En los foros se limitan a repetir el discurso de los políticos acerca de que necesitan empleos más especializados... o sea, más de lo mismo.

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Los países inteligentes serán aquellos que se adelanten y adopten sistemas sociales más sofisticados.

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Según sus teorías, el gobierno ha de jugar un papel esencial en este replanteamiento.
-El gobierno tiene que ser un emprendedor: tiene que sentar juntos a trabajadores y empresarios y ayudarlos a negociar. Tendrá que convencer a los empresarios para que, en lugar de despedir a sus empleados, acorten la jornada laboral en 15% y, de este modo, se preserve el empleo de más gente.

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En segundo lugar, tendrá que invitarlos a que compartan el capital de la empresa con los trabajadores y que así ellos asuman una parte del riesgo. Por último, hay que obligarles a reconocer que los salarios de los directivos son desproporcionados en comparación con los de los trabajadores. Nadie puede esperar que los empleados acepten recortes de plantilla cuando la dirección gana 200 veces lo que ellos están ganando. El gobierno podría pedir todo esto y ofrecer exenciones fiscales a todos aquellos que lo acepten.

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Esta disparidad entre altos mandos y empleados se debe a la cada vez mayor debilidad de los sindicatos.
-Siempre digo a los empresarios que, cuando se vayan a la cama, recen por la creación de un nuevo sindicalismo. No es ninguna broma: el capitalismo se hubiera colapsado hace 100 años sin la existencia de movimientos sindicales organizados. Empresarios y sindicatos se necesitan mutuamente. Sin emprendedores no hay trabajo, pero los sindicatos hacen presión para garantizar el poder adquisitivo y la inversión. Son simbióticos. Si se rompe ese contrato, como pasó en los años 80, nos encontramos con la situación actual: cada vez mayores disparidades sociales.

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Los sindicatos tienen que replantearse: las huelgas ya no son factor de presión para el empresario cuando toda la fábrica está automatizada. En primer lugar, tienen que dejar de defender únicamente a los asalariados y representar de nuevo los intereses de su comunidad. Si entienden que geografía es sinónimo de poder, podrán presionar a toda empresa que quiera hacer negocios en su región y forzarle a aceptar sus reglas.

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En segundo lugar, tienen que darse cuenta del enorme potencial que guardan los fondos de pensiones. Tendrían que conocer de finanzas y crear su propio fondo para el retiro. Así, serán los propios trabajadores quienes decidirán en qué compañías deben invertir sus ahorros, condicionando a los empresarios a compartir sus ganancias con los trabajadores si quieren obtener fondos. Por ahora, existen pocos líderes sindicales calificados para ello. Los altos ejecutivos de finanzas que se encuentran en el desempleo podrían tomar ese relevo.

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En un mundo de desempleo masivo, usted propone que los trabajadores dirijan sus actividades hacia el tercer sector, es decir, los trabajos comunitarios.
-Hasta ahora, nos han inculcado que la sociedad se sustenta en el mercado y el gobierno. Pero nos hemos equivocado: si se revisa la historia, no hay una sola cultura que no se haya establecido primero como un intercambio social y después creara sistemas de mercado y gobierno. Es la sociedad la que hace posible que exista todo lo demás.

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El tercer sector es toda la actividad de la sociedad civil. Cada asociación que no sea un negocio con fines lucrativos o un organismo de gobierno pertenece a él: grupos deportivos, artísticos, culturales, educativos, comunidades de vecinos, organizaciones no gubernamentales (ONGs), iglesia... Una vez que México reconozca que tiene tres sectores en lugar de dos, se podrá replantear todo el contrato social establecido.

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En México el tercer sector es uno de los más pujantes del mundo. Es un fenómeno propio de todos los países con fuertes raíces católicas: a pesar de que haya disminuido el poder de la iglesia, se han mantenido los valores ideológicos que reconocen el trabajo de servicio voluntario para una comunidad.

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Usted propone que los gobiernos subsidien este sector para garantizar un sueldo mínimo a todo aquel que trabaje en él. ¿La sociedad está preparada para trabajar por los demás?
-Depende de la educación y de los valores inculcados. Hasta ahora nos han convencido de que “valgo si puedo vender mi trabajo en el mercado”. Es por eso que, cuando un hombre pierde su trabajo, tiene un daño emocional, porque siente que ya no existe. Y eso es porque tenemos parámetros raquíticos en nuestra valoración del trabajo personal.

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¿Pero cómo cambiar esos valores?
-En Estados Unidos se está empezando a modificar todo el sistema educativo. Además de preparar a los niños para la era cibernética, en la cual sólo unos pocos serán necesarios, en los últimos cinco años se ha empezado una pequeña revolución llamada “aprendizaje de servicio”. Las escuelas están pidiendo a los niños que, además de las clases, con la ayuda de los profesores elaboren proyectos para trabajar en organizaciones de su vecindario con fines no lucrativos. Ya están haciéndolo más de 80% de los niños del país.

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Se trata de crear un lazo estrecho entre la escuela y la comunidad e incorporar el capital social como un ingrediente esencial en toda educación. Así, cada estudiante tendrá la oportunidad de encontrar una labor comunitaria que realmente le estimule. Cuando sean adultos, estarán preparados para trabajar en el mercado laboral tradicional y también podrán incorporarse a la economía social, contemplándolo como una buena alternativa para gastar la vida. Serán voluntarios que recibirán un sueldo menor al del mercado laboral tradicional.

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Está usted apelando a la ética para que la gente acepte consumir menos y vea en la labor comunitaria una tarea más gratificante que la del mercado laboral.
-No se trata de pedir a la gente que consuma menos, porque eso no funciona. Se trata de cambiar sus creencias. Hasta ahora la identidad primaria de las personas ha residido en el mercado: saben quiénes son por el trabajo que desempeñan y la única recompensa que valoran es irse a comprar al centro comercial.

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Dicho esto, que nadie me malinterprete: creo que la noción propiedad es importante para una sociedad. Es lo que determina quién es cada quién en su relación con los demás. Pero cuando la propiedad se vuelve un fetiche y el consumo un sustituto de las necesidades básicas humanas, algo no funciona. Cuanto más tiempo dedique una persona a trabajar en el tercer sector, menos tiempo pasará en un centro comercial. Y no por que se plantee cuestiones éticas, sino porque preferirá el compañerismo a irse innecesariamente de compras. Reconociendo y promoviendo el tercer sector se conseguirá un mayor equilibrio social y tendremos una sociedad más sana que se desarrolle de manera sustentable.

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¿Qué recomienda usted a un ejecutivo que acaba de perder su empleo y no encuentra dónde reubicarse?
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Además de ofrecer servicios independientes de consultoría, debería emprender la transición para trabajar en el tercer sector. En Nueva York ya hay programas de formación para entrenar a ejecutivos de alto nivel en cargos de gestión para organizaciones no lucrativas.

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La mayoría de los casos que conozco han resultado exitosos. La cuestión es que cambien su escala de valores: van a ganar mucho menos dinero a cambio de una recompensa no monetaria mucho mayor.

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