&#34Mirar hacia adelante&#34 <br>Héctor

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La aparición de su cuarta novela, Un soplo en el río, es un buen pretexto. Conversar con el historiador Héctor Aguilar Camín es una provocación permanente para internarse, tarde o temprano, por los intrincados senderos de la actualidad política mexicana.

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En su propia obra literaria es constante la lucha entre actitudes y procederes políticos. Los personajes de -Un soplo en el río, por ejemplo, se debaten en torno a las maneras de abatir la inequidad, asunto al que Aguilar Camín ha dedicado no pocos pensamientos en artículos y ensayos.

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En este diálogo que sólo toma lo literario como punto de partida, el ex director de -Nexos y articulista de La Jornada y Proceso, se da tiempo para exponer y matizar sus cambios de perspectiva en materia política y económica (“el Estado, que antes me parecía parte de la solución –confiesa–, a partir de los 80 me empezó a parecer parte del problema”); también cuestiona los embates de la izquierda mexicana en contra del “fundamentalismo neoliberal” y hasta se da permiso de ofrecer consejos antisolemnes a la oposición: “Han empezado a ser dueños de la cantina; tienen que cuidarla como cantineros y no sólo usarla como borrachos.”

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Intelectual cercano a Carlos Salinas de Gortari –motivo de cuestionamientos, ataques y distanciamientos–, no elude poner en la balanza aciertos y errores del controvertido ex mandatario. “Debe llamársele a cuentas de todo lo que se juzgue que debe responder”, concede a pregunta expresa, aunque enfatiza la actitud conciliadora: “No estoy pidiendo perdones para nadie, pero conviene mirar hacia adelante.”

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Rayda, el personaje principal de Un soplo en el río , es una mujer que elige la lucha revolucionaria para expresar sus ideas de redención social. Este es un tema que de alguna manera actualizaron los movimientos del -EZLN y del EPR en los últimos años. ¿Es su novela una manera de reiterar su desacuerdo con la vía armada para lograr el cambio social?
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No, para eso tengo otros medios y los he usado. Estoy en contra de la vía armada para lograr el cambio social y en contra de la violencia como instrumento político. Pero no escribí esta novela para rebatir ese o cualquier otro punto. La escribí porque me parece que es una historia insólita –pero no infrecuente entre nosotros– desde el punto de vista histórico, y desde el punto de vista dramático y novelístico porque fui encontrando en la trayectoria de Rayda y de su viudo, el que nos cuenta la historia inicialmente, la muy desafiante realidad de una pareja que no lo es sólo porque se amaron, vivieron juntos, compartieron ideales y sueños, pleitos, encuentros y desencuentros, sino porque buscan, los dos, un más allá que los englobe y les dé sentido. Son dos buscadores del absoluto que están en busca de una totalidad sustituta de la pérdida del mundo religioso de donde ellos vienen. De manera que no tiene ningún propósito ideológico. Tiene un propósito dramático y literario.

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¿No aceptaría usted que en este caso el novelista, como el pensador que es también, tiene un enfrentamiento con la idea jesuita de la opción preferencial por los pobres?
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No. Es un cuestionamiento que viene de los personajes y del origen de esta historia que es real, que en su primera fase me fue contada por un amigo y que tenía estos componentes. Para mí eran muy familiares porque yo estudié en escuelas jesuitas y obtuve en ellas algo de esa pasión por la solidaridad con los pobres de la tierra y la creencia, que conservo, de que su situación puede ser corregida y es moralmente inaceptable. Yo discrepo en los medios, no en los fines, pero no es esta novela el lugar en donde yo he querido hacer esta discusión. Eso está ahí porque es parte del pleito íntimo de los personajes. El viudo de Rayda es un ex novicio jesuita, el primo de su mujer es un jesuita y ellos tienen una rivalidad subterránea, más que por el amor por el control del alma de Rayda, y es en el marco de esa rivalidad que tienen divergencias gravísimas en torno al sentido del redentorismo jesuita. Si el lector lee los argumentos a favor y en contra de este redentorismo que están en la novela se da cuenta de que hay, por lo menos, un empate, por su fuerza y su calidad. No es una novela para desacreditar o rebatir la actividad social jesuita, en lo más mínimo.

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Es cierto, se da un empate. Hay un momento en el que Toño Salcido, el viudo de Rayda, despotrica contra la Teología de la Liberación y contra esa idea de “un Dios con pretensiones de ingeniero social”, páginas más adelante, el primo de Rayda plantea dos maneras de ver el redentorismo social, como pulsión tanática, destructiva, o como pulsión erótica, constructiva.
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Yo creo las dos cosas. Yo creo que Dios no es un ingeniero social y que sus ministros no son los instrumentos señalados por él para hacer el cambio en la tierra, y al mismo tiempo creo que nadie que tenga una perspectiva cristiana o simplemente solidaria puede, frente a los niveles de injusticia y de opresión que se viven en nuestros países, mantenerse ecuánime, distante, concentrado únicamente en la misión evangélica. Creo que hay una profunda racionalidad moral en saltar, frente a la privación, de la indiferencia al compromiso.

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Al margen de lo literario, ¿está en desacuerdo con la Teología de la Liberación?
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Sí. Creo que es una versión extrema, voluntarista y que ha ofrecido pobres resultados de las utopías del progreso. Me parece que mientras en todo el mundo ha desaparecido la utopía socialista, sigue presente en las celdillas de los teólogos de la liberación. El último marxista del siglo xx será, probablemente, un cura.

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En algún momento de su novela, Salcido parece sugerir que puede lograrse más trabajando con el Estado mexicano –en tareas de salud pública, por ejemplo– que tratando de hacer la revolución. ¿Eso cree, también, el Héctor Aguilar Camín de 1997?
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Tengo algunas ideas sobre eso, pero no es en la novela en donde las quiero discutir. En la novela esas dos opciones están básicamente planteadas por Salcido como parte del alegato emocional con su mujer, como una manera de mantenerse junto a ella y de expresar, incluso en ese nivel del trabajo, lo mucho que la necesita y el gran desacuerdo que tiene con ella. Es parte de su litigio amoroso, no de una discusión ideológica.

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Ahora bien, ¿qué es lo que yo creo? Que lo que históricamente ha traído a las sociedades una vida más igualitaria y más justa no han sido las revoluciones ni las guerras. Ha sido el desarrollo, la creación de riqueza, la buena trama institucional de una sociedad; la creación de empleos, el desarrollo educativo. Creo que la paz y la continuidad gradual en el desarrollo ha sido,

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comprobadamente, más eficiente que los intentos de imposición de condiciones igualitarias desde arriba. Las sociedades liberales, capitalistas y desarrolladas que no han puesto en primer plano el ideal de la igualdad, sino los de la libertad y de la competencia, son las que han alcanzado grados menos intolerables de pobreza y de injusticia. Esta es una de las grandes paradojas e ironías del siglo XX: las sociedades, como las socialistas, que han puesto en primer plano el ideal de la igualdad han producido sociedades más ineficientes, e igualitarias sólo en el nivel de opresión y de privación que han provocado, creando al mismo tiempo grandes privilegios burocráticos. Las sociedades capitalistas avanzadas están, al final del siglo, mucho más cerca del ideal de una sociedad igualitaria, aun teniendo grandes desigualdades, que lo que haya conseguido alguna sociedad socialista.

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De algún modo ya empezó a decirlo: ¿cuál le parece, hoy día, la mejor manera de combatir la desigualdad?
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La única manera durable de combatir la pobreza es el crecimiento económico sostenido, la creación de empleos y la entrega de oportunidades de desarrollo para todos, mediante trabajos productivos y una cierta igualdad de oportunidades en el arranque. Al mismo tiempo, creo que quien tiene un trabajo sólido, estable, está en camino de resolver de una manera duradera, para él y para sus hijos, el problema de un bajo nivel de vida. Creo que todas las políticas sociales que se hacen desde los gobiernos tienen un efecto benéfico, pero no necesariamente duradero. Lo único que rompe verdaderamente el círculo vicioso de la pobreza no es la inversión pública en programas sociales, sino la mejoría en la calidad educativa y en la calidad del trabajo. Dicho esto, en México y también en los países desarrollados creo que es imposible pensar en una sociedad moderna con un carácter igualitario sin una muy seria política pública orientada a mejorar las condiciones de la población en general –educativas, de salubridad, de comunicación– y a mejorar el capital físico y humano de una sociedad. Si hoy quitáramos lo que pudiéramos llamar la política social del Estado mexicano, tendríamos una sociedad mucho más miserable y desigual de la que tenemos. Lo que realmente independiza al individuo es el trabajo y la productividad, pero ninguna sociedad puede constituir condiciones de equidad si no tiene, también, una clara y decidida vocación de política pública orientada a compensar lo que la simple iniciativa individual produciría.

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¿Hace falta, entonces, una parte de Estado?
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Absolutamente. Y una parte muy fuerte y permanente. Las sociedades socialmente más eficientes se han producido sólo tras severos ajustes a las disparidades locas del mercado. Las sociedades más desarrolladas y homogéneas, que son probablemente las europeas occidentales, vienen de haber introducido sucesivas correcciones sociales a los efectos perniciosos de las fuerzas del mercado. El mercado necesita una rienda y la sociedad necesita un agente que reparta democráticamente, inteligentemente, sus excedentes; que tome de quienes más acumulan y ponga eso en manos de quienes de otra manera estarían sumamente indefensos. El Estado es como un árbitro que en cada generación tiene que restablecer las condiciones de igualdad en la partida, y esas condiciones no son sino una población con semejantes oportunidades de salud, educación y trabajo.

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Usted pertenece a una generación, la del 68, que se opuso al autoritarismo diazordacista, que en algún momento picó el anzuelo del tercermundismo echeverriísta y luego aplaudió la estatización bancaria de José López Portillo. ¿En qué cree hoy Aguilar Camín, tanto en lo político como en lo económico?
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Mi generación ha cambiado mucho de perspectiva con relación al 68. Sin embargo, me parece que no hemos hecho la revisión crítica de qué queríamos realmente y en qué medida la realidad fue cambiando nuestras expectativas e ideales. Yo creo que sí había en el 68 una carga fundamentalmente libertaria, una necesidad casi física de mayor libertad personal y de desacato, de ponerle bigotes a la autoridad y desafiar su solemnidad y su dureza. El paradigma político que estaba en el 68 y que se afianzó en los años 70, fue fundamentalmente revolucionario. Unos de una manera más dogmática; otros de una manera simplemente nacionalista, pero me parece que la del 68 fue una generación revolucionaria en el sentido izquierdista de la expresión. Y ese paradigma revolucionario creo yo que se fue desgastando muy lentamente, aunque perdura todavía en la cabeza de muchas personas. Parte de ese paradigma incluía la creencia de que el Estado era quien podía repartir las cosas justicieramente y que las fuerzas privadas eran desconfiables, si no es que malignas. De ahí que muchos de nosotros celebráramos en el Estado mexicano muchas de sus condiciones redistributivas, pero también muchas de sus condiciones autoritarias, siempre y cuando se ejercieran contra los agentes no solidarios, los agentes del capital, los agentes del imperialismo, los agentes de quienes no estaban de acuerdo con que había que hacerle justicia a los campesinos, a los trabajadores, etcétera. Personalmente yo nunca fui un marxista, ni militante de algún partido. Yo tuve, como buen alumno de escuelas jesuitas, una cierta pasión justiciera, un reclamo de igualdad, una confianza en que el Estado era un elemento que podía emparejar los cartones de la desigualdad o ayudar a eso, y también he sido un nacionalista. A partir de la quiebra de 1982, mirando con más detalle las dificultades del desarrollo mexicano, los resultados de la política de expansión estatal de Luis Echeverría y de José López Portillo y lo que estaba pasando en el mundo –viendo a quiénes les estaba yendo bien–, yo fui cambiando, de una manera muy importante, de punto de vista. El eje de ese cambio fue que el Estado, que antes a mí me parecía parte de la solución, a partir de los años 80 me empezó a parecer parte del problema.

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Eso es lo que plantea en su libro Después del milagro.
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Ahí comencé a formularme las tendencias del desarrollo de México de una manera muy distinta a como lo había hecho anteriormente. Pensé que efectivamente algo que hacía falta era un Estado menos grande, menos discrecional y menos ineficiente, y una participación mucho más intensa de la sociedad y de los actores económicos. Mi fórmula fue: necesitamos más sociedad productiva, eficiente, autónoma y libre, y más Estado, pero no clientelar, corporativo y dispendioso, sino acotado, eficiente, capaz de ser efectivamente el intermediario entre los distintos intereses sociales. El contexto internacional –en el que había que plantearse una inserción de nuevo tipo– obligaba a replantearse muchas cosas: la hegemonía del PRI, el presidencialismo, el pacto corporativo –que en los 80 ya era muy claramente un cascarón vacío–; también había que buscar un nacionalismo menos defensivo, más internacionalista, menos provinciano. Yo estaba consciente de que muchas de estas reformas iban a implicar un nuevo horizonte de concentración de la desigualdad y que había que tener, frente a ello, una política de Estado mucho más sólida. Desde luego empecé a ver con absoluta desconfianza y con ánimo cada vez más crítico los viejos paradigmas revolucionarios que no reconocían la realidad de las sociedades del Este, de la Revolución Cubana y el hecho, trágico y paradójico para mi generación, de que nuestras utopías juveniles se habían vuelto pesadillas en nuestra edad adulta.

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¿Diría usted que el análisis que lo llevó a su perspectiva actual, es la esencia de su polémica con Carlos -Monsiváis?
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No lo creo. Lo que pasa es que me cuesta mucho trabajo precisar qué es lo que piensa Monsiváis. Lo que siento en él es como un reclamo de tipo moral por unas faltas que no me ha explicado. Mi perspectiva de hoy es socialdemócrata, de una socialdemocracia posterior a la revolución neoconservadora. Creo que nuestra sociedad necesita un Estado fuerte, redistributivo y democrático. Y para que sea fuerte tiene que estar inserto en una economía de alto rendimiento, próspera, capaz de reproducirse exitosamente, y para esto necesita ciertas condiciones que la izquierda, los nacionalistas y los hijos de la Revolución Mexicana descartan muy fácilmente como recetas neoliberales. Creo que debe de haber un equilibrio macroeconómico, una competitividad internacional, una economía abierta, una amplia participación de la inversión extranjera que traiga la tecnología que hace falta. Debe haber un Estado fuerte capaz de hacerse cargo de lo que no se hace cargo el mercado. Y debe tener controles democráticos, equilibrio de poderes, elecciones en donde los ciudadanos decidan quién los gobierna y una permanente autorregulación, rindiendo cuentas, negociando las decisiones más que imponiéndolas y gobernando de cara a la sociedad con transparencia y claridad; un Estado que dadas las condiciones de desigualdad que se han acumulado tenga una muy clara vocación redistributiva y de establecer un piso común parejo para todos los mexicanos. Ahí es en donde yo estoy. Las discusiones que he tenido con gente que pensaba lo mismo que yo hace tiempo, que siguió pensando lo mismo y que, por lo tanto, ya no pensamos igual, tienen muchos más componentes personales que intelectuales.

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En algunos de sus artículos recientes usted ha señalado el debate en torno a la política económica. Parece molestarle que no se esté ofreciendo una argumentación consistente frente a eso que un connotado perredista llamó “fundamentalismo neoliberal”.
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No me molesta. La discusión pública está llena de pasiones y yo no soy ajeno a ellas. Lo que me preocupa es el facilismo analítico, porque puede conducir a una discusión pobre y luego a una serie de ilusiones y decisiones bastante discutibles. Yo quisiera que hubiese menos imágenes que pretenden resolver problemas al descalificar. Yo conozco muy bien ese mecanismo excluyente de la izquierda: quien no piensa como yo no solamente está equivocado, sino que es moralmente deleznable; esa pasión pseudoética, como dice Max Weber, de tener la razón. A mí cada vez me parece más trivial tener la razón, porque ésta casi nunca es lo más importante.

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¿Usted cree que un Congreso plural es el sitio para definir la política económica?
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No, yo creo que los congresos demasiado plurales conducen a empates catastróficos. Yo creo que en un sistema como el mexicano hay una contradicción institucional entre el poderoso espíritu de representación proporcional que hay en el Congreso y la poderosa legislación constitutiva de un sistema presidencial. No sé si esa contradicción de principios en la que están fundados un poder y otro nos dará más problemas que soluciones. Lo mejor para la gobernabilidad de este país sería una mayoría clara en el Congreso, de quien fuera; por la cual el voto de un diputado de un partido minoritario no pudiera ser la diferencia entre una decisión u otra. Esto a mí me parece una de las trampas implícitas en la institucionalidad parlamentaria; cuando el voto de un partido minoritario –como el Verde en Alemania–, es el que inclina la balanza, me parece una aberración. De modo que la pluralidad del congreso por sí misma no es garantía de nada; puede ser una expresión democrática o un camino a la parálisis. Yo no la celebraría. Quisiera ver primero qué clase de diputados elegimos, qué -disposición tienen a negociar y cuál es su agenda, porque no la conocemos.

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¿Considera que el presidente Zedillo ha denotado cierto autoritarismo al defender su política económica?
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El presidente Zedillo hace muy bien en defender su política económica y en sostenerla, y que lo haga, lejos de significar autoritarismo, significa certidumbre, porque desde luego que el 6 de julio se votó por estos diputados y si sumamos todos los votos de la oposición, ésta tiene una mayoría, pero en 1994 se votó para ver quién gobernaba este país, y ganó Zedillo. Este voto sigue valiendo tanto como el del pasado 6 de julio, porque fue para seis años. Estaba muy claro que Zedillo iba a seguir esa política económica y la mayoría de los mexicanos votamos por ella. No está muy claro que quienes votaron por la oposición hayan votado, en todos los casos, por el cambio de la política económica. Yo creo, por ejemplo, que los votos del PAN son, también, por la política económica actual, aunque ahora el PAN, por una cuestión coyuntural de negociación con el Ejecutivo, esté formado en el bloque opositor.

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Usted ha dejado constancia en sus artículos de las diversas expresiones en materia económica que ha hecho el PRD. ¿Le parecen despropósitos querer revisar las privatizaciones, renegociar el TLC y la deuda externa, suprimir las reformas al artículo 27 y detener la privatización del sistema de pensiones, o hay algo de todo esto que le parezca digno de consideración?
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La idea de renegociar la deuda, dicho así, me parece un disparate. La idea de renegociar el TLC, en el sentido de abrirlo de nuevo para volverlo a ver de conjunto, también me parece un disparate. La idea de revisar el artículo 27 constitucional me parece una posición ideológica que no comparto. Una de las grandes trabas históricas de este país ha sido la falta de claridad en la propiedad de la tierra; el ejido ha sido, demostradamente, una institución fracasada desde el punto de vista económico y social. Es una posición ideológica restauradora de un campo edénico que quién sabe cuando existirá. Al mismo tiempo hay que decir que la reforma privatizadora del campo no ha traído los niveles de inversión y desarrollo en el campo que se previeron, de manera que tampoco hay grandes argumentos para defender el valor económico y social de esa reforma.

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Por lo que se refiere a las Afores, a mí me parece que también es una posición ideológica de vieja cuerda estatista y que trae implícita una sospecha excesiva y anacrónica sobre el mercado y sobre la honradez de las instituciones financieras privadas. Hay, desde luego, evidencias de que las privatizaciones bancarias al final le han acabado costando al país; y en este sentido creo que es conveniente querer revisar con toda claridad cuáles son las garantías institucionales que se ofrecen al ahorrador en este nuevo panorama de instituciones bancarias privadas. Pero me parece un disparate decir que por el hecho de ser privadas son desconfiables. El mundo está resuelto con instituciones privadas que manejan los fondos de pensiones; son piedras de toque del ahorro y de la inversión en muchísimas sociedades y no veo por qué en México no puedan serlo. Sobre todo a la vista del gigantesco fracaso del modelo anterior; del hecho de que goteando en el Seguro Social se hayan evaporado los ahorros de dos generaciones y media de trabajadores mexicanos. Eso me parece absolutamente indefendible.

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¿Habría que revisar las privatizaciones?
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Naturalmente deben darse bajo ciertas reglas de transparencia y equidad. Si hubo -trapacerías en las anteriores, habrá que revisarlas, pero lo que es insostenible en el mundo de hoy es pensar otra vez que el Estado puede hacerse cargo de lo que no ha podido hacerse cargo. Tuvo su turno; todavía tenemos grandes corporaciones estatales que aparentemente le dan, pero que realmente le cuestan al país, como Pemex y la CFE. Hay países prósperos que han generado igualdad teniendo privatizados sus grandes sistemas de servicio. Sólo nosotros tenemos esa especie de tabú permanente en donde Pemex es parte de la piel de nuestra identidad nacional. Yo no lo creo. Yo creo que es, como la CFE, una empresa más, que tiende a funcionar mal porque está condicionada por una serie de factores burocráticos y políticos que impiden su eficiencia como empresa.

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Hace unas semanas usted escribió que “a las fuerzas que hasta ahora se reputan como de oposición en México les han salido barbas y colmillos”. ¿Qué responsabilidades y actitudes sugiere para la oposición a partir del panorama que nos dejaron los resultados del pasado 6 de julio?
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Bueno, que tome en cuenta que ya es gobierno y que no sólo actúe como oposición. Que actúe como borracho y como cantinero. Han empezado a ser dueños de la cantina; tienen que cuidarla como cantineros y no sólo usarla como borrachos.

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¿Qué futuro vislumbra para el PRI? ¿Cree que finalmente se decida a ser un partido hecho y derecho?
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Lo veo en una situación sonámbula; sin liderazgo, sin proyecto –hay uno en el gobierno, desde luego, pero no estoy seguro de que sea el del PRI– y con competidores muy serios. Yo creo que, pese al espectáculo no muy edificante de los priístas que se pasan al PRD, en este partido hay vocación de poder y capacidad de gobierno y de convocatoria para gobernar. Asimismo, creo que en el PAN –y lo han demostrado sus gobernadores–, hay capacidad de gobierno y vocación de poder. En ese sentido han dejado de ser fuerzas débiles, púberes, o menores de edad; les falta mucho por crecer, están apenas empezando a entrenarse, pero desde el punto de vista de su inserción en el electorado ya son adultos. Éste les ha dado mandatos importantísimos, de altísima responsabilidad y así se los va -a cobrar. Lo que no puede hacer la oposición es seguir actuando como si todo le viniera del gobierno –el mal, el bien, el apoyo o su ausencia–; ya tienen sus propias parcelas y deben responsabilizarse de ellas. En este sentido el PRI no puede seguir a la deriva. Tiene que construirse una nueva identidad, un proyecto de nación serio, moderno; conservando todo lo que quiera de sus tradiciones, pero quitando lo que es absolutamente impracticable, como por ejemplo todo el tema de la organización de los sectores dentro del PRI. Entiendo las ventajas que le da como partido gobernante –tener a los sindicatos, por ejemplo–, pero no veo qué ventaja le da como partido competitivo.

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Usted fue un intelectual cercano a Carlos Salinas de Gortari y nunca ha renegado de su amistad. Hoy, a distancia, ¿cuáles diría que fueron sus grandes aciertos y sus grandes errores?
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Yo no fui más cercano como intelectual que muchos otros que esconden la mano. Yo tuve una relación personal, amistosa, con Salinas. En -Después del milagro está puesto en qué coincidí y en qué no con él. Desde luego, uno de los espectáculos más tristes y premodernos que he visto como observador de la vida pública de México ha sido esta increíble desmemoria, esta increíble deslealtad, este darle la espalda y señalar con el índice a quien antes se aduló. Eso me parece una de las cosas más lamentables que hay en México. Esta cultura del “chaquetazo”: de pronto encontrar terrible, deleznable y linchable a aquél a quien antes se encontró admirable, genial e histórico.

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Creo que es muy pronto todavía para decir qué es lo que Salinas hizo de bien y de mal. Desde luego el veredicto público ya está dado, y en este sentido no es discutible. Los políticos son lo que la gente dice de ellos. Hay un veredicto en contra de su autoritarismo, de la corrupción, de su familia, de la arbitrariedad, incluso de la violencia. Creo que también hay un veredicto en el sentido de que las reformas están en el rumbo correcto de la vida moderna. De manera que hay, al mismo tiempo, una derogación del estilo de Salinas y una aceptación del proyecto que él impulsó, con todos los ajustes que haya que hacerle.

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La mayor equivocación de Salinas fue no reconocer el espacio político que le había ganado el cardenismo. Tratar de desaparecer o diluir esa fuerza real.

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¿De ningunearla?
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No, mucho más que ningunearla; tratar de ponerla en un rincón y hacerla insignificante. Creo que ese fue su mayor error político, del que se deriva una enorme cantidad de consecuencias y que tienen mucho que ver después con la explosión de la violencia en Chiapas.

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¿De qué manera?
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Me parece que si el cardenismo hubiese estado incluido en el arreglo institucional y de la competencia política de México, la rebelión de Chiapas no se hubiera dado y probablemente no hubiéramos tenido la violencia de 1994.

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Luego yo creo que hubo errores en la política económica muy serios, de una apertura muy rápida, y una apuesta muy fuerte a empresarios nacionales que no estaban maduros para el tamaño del pleito en el que estaban metiéndose. Creo que se cometió un gran error al reservar la apertura financiera a capitales nacionales y no abrirla a posturas internacionales. Y luego me parece que también cometió un gravísimo error al nombrar a Manuel Camacho como comisionado de la Paz, estrictamente porque dejó abierta la puerta a la especulación de que podía cambiarse la candidatura del PRI. Yo creo que ese fue, de todos, el error específico mayor que cometió políticamente Salinas.

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¿Debe llamársele a cuentas?
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Sí, me parece que debe llamársele a cuentas de todo lo que se juzgue que él debe responder, sin duda alguna.

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¿Cree, por otra parte, que el Caso Conasupo debe reabrirse?
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Sí, yo creo que deben ventilarse todas las cosas. Al mismo tiempo, creo que hay que poner un límite razonable, porque si empezamos a buscar hacia atrás igual podemos llegar hasta la fortuna del general Obregón. No estoy pidiendo perdones para nadie, pero conviene mirar hacia adelante. Este país no puede vivir de rascarse las cicatrices del pasado. Podemos mirar hacia atrás, ver lo que hay, tangible, claro, que pueda ser demandado judicial, penalmente, contra los que hayan incurrido en graves infracciones; proceder rápido con eso y darle la vuelta a la página. No podemos, no es sano, pasarnos el resto de nuestros días buscando qué ratería hubo en la administración anterior. Hay que definir si hay algo realmente sólido, grande e importante; llamar a cuentas a quien deba ser llamado y mirar hacia adelante.

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