&#34No puedo darle gusto a todos&#34 <br

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Con su eterna sonrisa, el último regente capitalino designado por un presidente asegura que durante su gestión hubo más soluciones que problemas. “Por eso nadie se quiere ir de la ciudad”, insiste una y otra vez. Señala que aquel penoso asunto de los aguinaldos estuvo lleno de “intencionalidad política para desprestigiar al gobierno”. A continuación, un resumen de la entrevista sostenida el 30 de octubre pasado.

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Comparando a la ciudad con un órgano vivo, ¿cuál sería el diagnóstico de quien debió estar al cuidado de su estado de salud?
Como un órgano vivo complejo, grande y sui géneris diría que tiene muchos problemas. No hay ninguna concentración urbana donde residan permanentemente 17 millones de habitantes que no presente problemas.

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Pero también tiene cada vez más soluciones y el bienestar de las familias capitalinas, no obstante estar amenazado por muchos problemas cotidianos, como la contaminación y la inseguridad, recibe cada vez más oportunidades. Tal vez por eso la ciudad no decrece. A pesar de todo, hay escuelas, desayunos escolares como en ningún lado, la menor tasa de analfabetismo y de mortalidad infantil, lo que hace que la gente encuentre positiva a la ciudad.

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Es un organismo que no ha detenido su crecimiento y está en vías de transformación, seguramente para ser una mejor ciudad.

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Tiene problemas, pero tiene más soluciones. No podría decir que está enferma o agonizante, porque la ciudad tiene una vitalidad extraordinaria.

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¿No le parece que hay una pérdida en la calidad de vida, considerando factores no sólo económicos, sino también aspectos como la seguridad o el medio ambiente?
La pregunta es un tanto sesgada. ¿Qué entendemos por calidad de vida? ¿Nada más la inseguridad o la contaminación, o también la educación y la salud? Yo creo que no se puede hacer una separación, habría que verlo en su conjunto.

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¿Y cómo lo ve usted?
Los indicadores objetivos –no tanto el juicio de uno, porque cada quien habla de la feria como le va en ella– nos dan claramente la señal de que hoy tenemos un mejor nivel de educación, de nutrición, de salud en general, de recreación y de cultura, de deporte. Son cosas que a las familias capitalinas les importan mucho.

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Los problemas se han recrudecido en ciertos sectores y hay que atacarlos y resolverlos. Soy optimista de que se podrá hacer. Pero, en conjunto, hoy tenemos más electrificación que antes, más casas con drenaje, más casas con tomas domiciliarias de agua, muchos más beneficios per cápita y esto me hace pensar que, objetivamente, el nivel de vida de la ciudad de México se ha incrementado. Hace 20 años teníamos la mitad de niños y no todos tenían educación básica; hoy tenemos más del doble de niños y todos pueden recibir educación básica.

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¿Hoy es menor la marginación en la ciudad de México?
Absolutamente. No sólo eso, sino que es la menor del país. Tenemos que buscar compararnos con algo más: si lo hacemos con el resto del país, los indicadores de bienestar son superiores en la ciudad. Yo insisto en que esto es lo único que explica por qué la gente sigue llegando o por qué la gente no se va.

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¿No es una cuestión de oportunidades?
También. Es que las oportunidades son parte del bienestar. Aun cuando en los momentos de mayor crisis económica hemos llegado a tener 9% de desempleo abierto, por sus soluciones baratas la ciudad da un enorme colchón, porque se puede andar en metro todo el día hacia cualquier lado, por la conformación familiar que la ciudad tiene (SIC), por la economía informal... La ciudad es un colchón que da oportunidades a la gente.

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¿Qué piensa acerca de la propuesta de regionalización de la ciudad?
La solución a futuro del Distrito Federal (DF), como tal, depende de la decisión que haya para resolver el problema de la zona centro del país. Cualquier planteamiento urbano que se agotara en el territorio del DF sería erróneo por principio. La problemática debe resolverse a partir de toda la zona metropolitana, y no estoy hablando sólo de los municipios conurbados, sino de 58 del estado de México, uno de Hidalgo y la corona de ciudades que rodea a la ciudad.

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Por experiencia, cuando se habla de estos grandes proyectos queda la duda de si van a terminar en los escritorios de investigadores y funcionarios, o si se van a traducir en acciones concretas...
Contestar eso es como pretender adivinar el futuro. Espero que esta vez no sea así, pero no tendría –y menos a la luz de las experiencias pasadas– muchos elementos para decir que ahora sí van a ejecutarse.

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Espero que sí, porque ya no tenemos muchas alternativas. Si no se respeta esta nueva visión, entonces sí podemos sufrir un colapso como comunidad urbana. Ya llegamos a los límites y eso es lo que me hace pensar que ahora todos somos más conscientes del tema.

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Por lo pronto, la Secretaría de Desarrollo Social y el Departamento del Distrito Federal hemos propuesto un programa de ordenamiento metropolitano conjuntamente con el Estado de México. Por otra parte, tenemos un nuevo proyecto de ciudad y 16 programas para las delegaciones. Creo que esto será algo definitivo porque se aprobó, por unanimidad, por los partidos políticos.

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El programa establece, por ejemplo, que la ciudad ya no va a crecer extensivamente –finalmente le pusimos un límite absoluto al tamaño de la ciudad–, por lo que ahora tendrá que crecer intensivamente, es decir, hacia arriba y hacia abajo.

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También me hace sentir optimista que nos quitamos totalmente la discrecionalidad. Yo, el regente de la ciudad, ya no puedo dar autorizaciones de uso de suelo. Conforme a un programa es como se determina dónde se puede autorizar algo y dónde no. Y esto solamente lo puede modificar la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF).

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Los programas delegacionales permiten que el vecino tome conciencia de lo que en su delegación se puede o no, además de que será mucho más participativo. Este conjunto de cosas me hacen pensar que ahora sí podemos estar hablando de algo distinto.

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Hay dos puntos polémicos en relación con ese proyecto regional: uno es el transporte y el otro es la coordinación con los gobiernos estatales.
Procurar que las familias se asienten en zonas urbanizadas también es una solución para el Estado de México. El programa es conjunto. Por lo que se refiere al transporte, los programas urbanos que hemos hecho, al igual que el de medio ambiente, agua y drenaje, están integrados también con ellos.

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¿Hay algo en concreto con relación al transporte?
Sí, varias cosas. Tiene que seguir expandiéndose el Metro como la columna vertebral del sistema y debe contar con los recursos suficientes para hacerlo. Pero también tiene que consolidar su carácter metropolitano: de ahí la construcción de la línea B, con capacidad para atender a 500,000 personas diariamente, y habrá que hacer otras líneas.

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Pero lo más importante es que estamos dejándole a la próxima administración un plan maestro para el Metro hasta el año 2020. También debe promoverse sensiblemente el transporte eléctrico de superficie. Se dijo que los trolebuses estaban en extinción, pero se revirtió la tendencia y en estos tres años han crecido 70%, y ya vienen 200 unidades más. El tren ligero de Xochimilco creció en cuatro nuevos trenes y deberá extenderse el servicio hacia zonas aledañas, como Chalco, además de introducirse modelos de trenes rápidos hacia las ciudades de la corona.

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La eliminación del monopolio gubernamental en el transporte público de superficie ha sido un elemento más. En ese sentido, hay que hacer pruebas para sustituir ese monopolio por una red de empresas concesionarias bien reglamentadas para evitar lo que nos ha ocurrido en el pasado.

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Y, por último, está el reordenamiento y la sustitución del transporte concesionado privado: 60% de los viajes se realizan en microbuses y combis. No podemos seguir teniendo un sistema de transporte basado en pequeñas unidades de transporte, sino que hay que sustituirlos por autobuses más grandes.

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Usted habla de que los intereses generales ganan a los particulares. El ejemplo del fallido tren elevado del norponiente de la ciudad es justamente lo contrario.
Nuestras demandas son, en ocasiones, contradictorias y en el ejercicio del gobierno a veces pretendemos darle gusto a todos. No podría darles mayor explicación de esto, porque la decisión no fue tomada por mi administración en ese caso en particular. Pero les voy hablar de una que sí lo fue: el estacionamiento de la calle Morelos, donde empezamos con la fuerza pública, porque de otra manera no nos lo hubieran permitido los intereses locales. Los vecinos del lugar no quieren esa obra porque les trastorna su vida por un tiempo, pero creo que es un error. Debe quedarle claro a la sociedad que no se puede pretender que haya una ciudad no contaminada y oponerse a la verificación; pero, si ustedes se fijan, así somos.

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En ocasiones han triunfado los intereses particulares sobre los generales, lo que es lamentable. Tenemos que insistir en que eso ya no suceda. Cada vez que haces algo te enfrentas a conflictos, cada vez que pretendes que se resuelvan los conflictos surgen problemas. Si vas a desalojar a un grupo de 400 familias, como lo hice en el Río Magdalena, es un conflicto con las propias familias –y los medios de comunicación poco ayudan, por cierto, ya que sacan a la mamá llorando con su hijo con el mensaje arbitrario de que “el gobierno deja sin casa descamisados”–, cuando en realidad tú vas a salvarlas. Pero esto sucede y hay que vivir en ese ambiente.

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¿Cuál es el costo para la ciudad de no llevarse a cabo el proyecto de regionalización?
Muy alto. Si no ordenamos el crecimiento, entre lo que nos puede pasar pronto es que no tengamos más reservas ecológicas para recargar nuestros mantos acuíferos y, en consecuencia, nos quedemos sin agua; que nuestro aire se pueda contaminar mucho más.

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En términos económicos no tengo calculado ese costo. Lo que pasa es que el desorden también ha sido una extraordinaria fuente de negocios y de inversión en la ciudad. Esto es tan dinámico que genera actividad económica en cualquier parte; lo que queremos es que se haga con orden. Que en lugar de urbanizar el Ajusco, mejor tomemos cuatro manzanas de la colonia Santa María La Ribera. Decirle al desarrollador: quita algunas casas y levanta tres edificios, ponles áreas verdes y ahí va a vivir más gente, donde ya hay todos los servicios, y así no tengo que ir detrás de ti, con líneas del Metro, al Ajusco, porque me cuesta mucho...

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La pregunta es porque, en su informe de labores, su secretario de Desarrollo Económico dice que la ciudad de México ha perdido competitividad...
La ciudad impone costos altos de transacción, pero a la vez aporta ventajas comparativas interesantes. Un grupo de 300 trabajadores que viven en diferentes zonas de la ciudad, por ejemplo, aquí se transportan más rápido y más barato que si vivieran en las zonas aledañas a Monterrey o a Guadalajara. Aquí, la mano de obra es mucho más especializada. Si alguien requiere de una universidad una opinión sobre un nuevo producto, hay 14 universidades que lo pueden hacer.

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Pero hay costos que sí son altos, por la excesiva regulación, que estamos tratando de bajar cada vez más. También están los costos vinculados con el medio ambiente o el suelo, que es muy caro aquí.

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Hay ventajas y desventajas. Lo que estamos tratando de hacer es que la competitividad, que es la suma de ambas, sea alta, y lo estamos consiguiendo a base de reducir los costos de transacción, de lograr un transporte más eficiente y de dar un apoyo más decidido para la exportación.

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¿Por qué no se preocuparon antes por la competitividad y por qué crearon apenas hace unos meses una Secretaría de Desarrollo Económico? ¿No es un poco tarde?
La problemática y el propósito son más amplios. No teníamos una política de fomento económico, entre otras cosas, porque privaba la idea de que había que inhibir el crecimiento económico en ánimo de descentralizar la vida nacional; había que llevarse a las industrias de la ciudad y nos las llevamos con empleos, pero sin empleados. ¿Por qué? Porque no se quieren ir de aquí. En ningún lado se distribuyen 568,000 desayunos escolares diarios. Incluso una india mazahua, con sus cinco hijos, se puede meter a un predio asignado en Iztapalapa y los cinco van a recibir un desayuno y van a ir a la escuela. Eso no pasa en otros lados.

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Estuvimos inhibiendo el crecimiento económico para no atraer población al centro. Hoy hemos cambiado porque nos hemos dado cuenta de que la única forma de que esta ciudad sea viable es con un nivel impositivo que financie un buen nivel de servicios. Para ello, necesitamos empleos bien remunerados en la ciudad porque cada vez va a ser más caro vivir en ella y, en general, lo que hay ahora no es suficiente. Esa sería, tal vez, la razón de fondo para promover la economía.

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¿Qué tiene que ver esto con la apertura? Es un punto interesante. Cuando la economía estaba cerrada, simplemente con estar cerca de la ciudad había una ventaja comparativa importante. Se podía tener un nivel de calidad bueno o malo, pero estar más cerca del gran mercado de consumo, que es la ciudad de México, era lo que permitía vender más fácilmente. Esto explica la existencia de Vallejo y Naucalpan, al norte de la ciudad, y Lerma, entre el DF y la ciudad de Toluca. Cuando se abre la economía, los productores de Taiwan se ponen a la vuelta de la esquina, en la colonia del Valle –cerca del centro de la ciudad–, con lo cual la ventaja que tenía el que estaba instalado en Vallejo se vuelve muy relativa.

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Ahora lo que cuenta no sólo es abatir costos de transporte, sino producir más bueno, bonito y barato. Compitiendo con otras ciudades, ¿en qué situación está la ciudad de México? No tenemos puerto ni frontera. En ese sentido podemos estar en desventaja en la economía internacional, pero tenemos que identificar las ventajas que tenemos para atraer inversión y exportar.

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¿Cuál es la vocación de la ciudad? ¿Soporta más industria?
Es evidente que se ha venido transformando, como ha sucedido casi en todas las grandes urbes, hacia el comercio y los servicios. Por ejemplo, la ciudad es atractiva para la hotelería y para las telecomunicaciones.

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Pero la inversión en la industria de la transformación es todavía creciente.
Sí, es creciente, pero yo decía que se ha venido transformando la vocación hacia el comercio, los servicios y el turismo. Falta mucho y, sin duda, se sigue invirtiendo en la industria porque hay algunas ventajas competitivas interesantes para la inversión en la ciudad.

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Para definir drásticamente el asunto, lo único que parece no ser compatible con la ciudad es la industria altamente consumidora de agua o contaminante. De ahí en fuera, no parece haber razones, salvo el costo del suelo y la regulación excesiva, para no instalarse en la ciudad.

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¿Por qué no se han aprovechado suficientemente las zonas que tienen 100% de los servicios?
El programa actual propone eso precisamente. Si se dan una vueltecita por La Alameda, por ejemplo, verán que la inversión inmobiliaria urbana que estamos haciendo es para crearle un mejor ambiente...

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Pero a velocidades muy diferentes de la de lugares como Santa Fe, donde la ocupación de las oficinas va más rápido que las obras.
Sí, porque allá parten de cero y tienen un margen de maniobra enorme. Si en otros lugares tuviéramos esta facilidad de planear bien desde el principio, con suficiente reserva territorial, con un margen de maniobra amplio para el gobierno y para los inversionistas privados, imagínense. No es lo mismo en La Alameda, donde hay una serie de limitantes.

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Uno de los caminos que valdría la pena allanar es el de la corrupción. ¿Cómo hacerlo?
El único remedio de fondo para esto es eliminar las condiciones para que se dé. Hay que hacer todo, perseguir a quien la cometa, sancionar, identificar; pero hay que involucrar a la propia sociedad en ello.

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La única forma que tuvimos para resolver el problema de la corrupción en las licencias de manejo fue enviar las renovaciones por correo, quitar el contacto entre la oficina y el interesado. Porque la corrupción no sólo la ejerce la oficina; quien quiere un trámite rápido, es el primero que ofrece dinero. No puede haber corrupción sin los dos lados. Lo mejor entonces es eliminar todos aquellos trámites redundantes, innecesarios, que sólo sirven para eso.

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Para la operación de negocios cambiamos la ley y ahora 90% de los giros en la ciudad de México ya no necesitan licencia, sino un aviso de operación. Es suficiente con consultar si el uso del suelo autoriza a instalar el negocio en el que hay interés y en siete días es posible que la delegación haya aceptado la instalación. Al eliminar la discrecionalidad de la autoridad, se van quitando opciones de corrupción.

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Pensando en el futuro, tenemos un programa de excelencia y calidad total, que es el más grande en términos cuantitativos que se ha hecho en la historia de cualquier organización gubernamental en el mundo. Estamos en esto los 200,000 que trabajamos aquí. Es un programa para aprender a trabajar en equipo y hacer reingenierías.

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Hablando de discrecionalidad, un tema que quedó grabado en la mente de la ciudadanía es el de los espléndidos aguinaldos y bonos de fin de año que decretó para usted y los altos funcionarios del DDF. ¿No fue un acto de gran insensibilidad, dada la situación económica que vive el país?
En primer lugar, mi mayor sensibilidad estuvo cuando se asumió que lo que se decía era plenamente cierto y se le dio toda la difusión, sin necesidad de investigar si se trataba de una remuneración que yo hubiera puesto o si era diferente de la que recibieron (y reciben) todos los regentes que han habido (SIC). En realidad son pagos, estímulos, bonos, que se dan desde hace 20 años a 8,500 trabajadores del gobierno de la ciudad. Se hizo toda una historia, marcada por ‘la falta de sensibilidad del regente’ a partir de un hecho que no estaba siquiera suficientemente analizado. Esa fue mi hipersensibilidad, porque me pareció injusto.

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Primero, se trata de una remuneración igual a la que se da en los gobiernos estatales, municipales o federales de cualquier parte. Segundo, no la introduje yo, sino que tradicionalmente la ha tenido el gobierno de la ciudad. Tercero, es la que recibe todo el gobierno federal en esos mandos y es perfectamente legal, está en la ley como estímulos hacia el final de la administración. De manera que no tiene nada de raro, de nuevo ni de generoso en cuanto a la discrecionalidad que yo haya tenido para establecerlo. Esto es oportuno que se los diga porque a lo mejor les puede modificar su forma de ver las cosas en relación con ese tema.

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Ése es el punto. ¿Cómo explicárselo al ciudadano común, que ha perdido mucho de su poder adquisitivo?
Es que ustedes están asumiendo que es a costa del poder adquisitivo de la población. Esta es una remuneración que se da con o sin crisis, sea alta o baja. ¿Ustedes reciben aguinaldo? ¿Cuánto gana el presidente de su empresa? ¿Es público su sueldo? Estamos en un mercado laboral competitivo, todos.

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Quizá el gran problema es que no era algo público anteriormente...
Déjeme decirle: es más bien un asunto lleno de intencionalidad política para desprestigiar al gobierno. Pero qué bueno que me permiten aclarar de qué se trata e ir despejando las dudas que, de todos modos, al servidor público le duelen.

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¿Cómo se percibe usted en términos de la opinión pública? ¿Qué tanto se guía por ella?
No tanto, porque si fuera el caso a lo mejor no hubiera tomado muchas decisiones que debía tomar. Esta posición normalmente te expone a una visión polémica. Por ejemplo, decides hacer una obra pública y durante ocho o nueve meses generas empleos; pero todos los días es noticia las molestias que ocasiona esta obra, y va el editorial diciendo: “mal planeada, sin previsión suficiente, hubieran previsto...”. El día de la inauguración es una noticia, y punto. Después ya se vuelve un lugar común y siguen siendo noticia los otros nudos viales que hay.

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En segundo lugar, si decides, siempre afectas un interés y ese interés reacciona de manera más violenta que la mayoría. Abres la llave y hay agua, no dices nada a favor del gobierno; la abres y no hay, ahí si dices cosas en contra.

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Evidentemente yo puedo ser percibido como un regente de conflictos, porque durante un año viví los conflictos de una decisión que tomé para resolver el problema. Si ustedes recuerdan y hacen un análisis objetivo verán que tuvieron mucha más difusión los conflictos de ese problema, que la intención de resolver el problema de transporte de la ciudad, que era lo que motivó realmente mi acción.

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En ese sentido, si asumes el gobierno con responsabilidad, guiarte por la popularidad inmediata es contradictorio. Tomo en cuenta la opinión pública en razón de lo que quiere, de los problemas que más le preocupan y por ahí trato de hacer lo mejor posible, pero no me oriento en las decisiones importantes que debo tomar.

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¿Qué sigue para usted?
Quién sabe. De veras no lo sé. Mi encomienda es hasta el 5 de diciembre y la estoy ejerciendo hasta el último día. Me imagino que en razón de eso puede venir otra oportunidad.

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¿No le preocupa el pasado, cuando se examine su gestión en una ciudad tan compleja?
No. Creo que poco a poco se van despejando cosas, se va precisando la intención de gobierno en la ciudad. A lo mejor tengo una visión muy distinta que la que tienen ustedes o la que tiene alguna parte de la opinión pública, eso es natural. En el aspecto político, nunca antes la ciudad había tenido avances democráticos como los que tuvo durante estos años. En mi activo político hacia futuro estará la experiencia de haber promovido la democratización de la capital y haberlo logrado por unanimidad. Con una gran participación de la ciudad, con una gran campaña, con elecciones limpias. En el aspecto urbano, en las obras públicas, hubo eficiencia de largo plazo.

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¿Hay algo de lo que se arrepienta?
Es una pregunta difícil de responder, porque por naturaleza estamos insatisfechos; siempre quisiéramos haber llegado a un poco más. ¿Me arrepiento de haber democratizado la ciudad, por haber perdido como partido? ¿De haber hecho obras que no se ven, que va a inaugurar otro y que, sin embargo, usted sí tuvo que subir las tarifas? No.

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Si no nos falla la memoria, el tema de la democratización ya estaba amarrado.
Sí. Había una reforma política ya concertada antes que, la verdad, no satisfacía a nadie. Pretendía satisfacer a todos y no era un asunto que tuviera tranquilo a la ciudadanía. Fueron pasos previos, útiles, pero la realidad es que nunca se había animado nadie a proponer la elección directa del gobierno de la ciudad.

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