&#34Stiglitz es irresponsable&#34

El economista de la india Jagdish Bhagwati, un fervoroso defensor de la globalización y ex profesor

Hagdish Bhagwati, un hombrecito vivaz y siempre al borde de la carcajada, no sólo no está pensando en la jubilación sino que ni siquiera ha empezado a suavizar la intensidad de sus pasiones, pese a que ya cumplió 71 años. Este economista de la India, profesor de la Universidad de Columbia y reconocido como uno de los mayores especialistas mundiales en comercio internacional, sigue obsesionado con conseguir rivales dignos de sí mismo para debatir el asunto que más lo apasiona y al que ha dedicado los últimos años de su vida: la globalización. Autor de En defensa de la globalización, uno de los dos libros a favor del fenómeno celebrados unánimemente –el otro es Por qué la globalización funciona, del columnista del Financial Times Martin Wolf, aún sin traducir al español–, Bhagwati sólo pide tiempo y discusión: tiempo para que los beneficios de la globalización comiencen a contagiar no sólo la economía de los países pobres sino también a sus estructuras democráticas; y discusión para demostrarles a los críticos que su postura se debe a la falta de información, la mala fe o el simple deseo de combatir al capitalismo con un nuevo evangelio. Es especialmente duro con Joseph Stiglitz, su compañero de la Universidad de Columbia y Premio Nobel de Economía en 2001. Bhagwati se refiere a él como ‘Joe’, pero la familiaridad no evita la acusación de que el economista favorito de los movimientos antiglobalización tiene un doble discurso y rechaza las invitaciones a debatir.

- No ha habido últimamente mucha actividad antiglobalización. ¿A qué cree usted que se debe?
Hay actividad, pero no al alcance de la opinión pública. La vieja táctica de esta gente era ir a las grandes reuniones del Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC), donde sabían que iba a estar toda la prensa del planeta, y exagerar, hacer mucho ruido y llamar la atención para su causa, lo que tenía éxito, porque nadie quiere hablar de lo que pasa adentro de los edificios, en las reuniones, que es aburridísimo. Una piedra contra la ventana de un Starbucks o un grupo de cuerpos desnudos en la playa de Cancún atraen más atención. Pero ahora han ido más allá. Por un lado, se consiguieron su propio patio de juegos en Porto Alegre, una buena solución para todas estas personas que no quieren hablar de la globalización, sino tan sólo condenarla y expresar su enojo. La única propuesta real que tienen es la de (la organización francesa) ATTAC de aplicar la Tasa Tobin (un impuesto a las transacciones financieras internacionales), pero eso no es para nada revolucionario, (James) ¡Tobin era un economista ortodoxo! Hay otro grupo, sin embargo, que sí está interesado en hablar sobre la globalización e influir en nuestra visión de las cosas. Organizaciones como WorldWide Fund o Public Citizen se están transformando en lobbies organizados, comprometidos en tratar de entender la globalización y ofrecer mejoras.

- ¿Estos cambios sugieren que la globalización está ganando el debate o es sólo un cambio de táctica?
Las dos cosas, pero creo que también estamos ganando. Tengo la impresión de que los estudiantes universitarios que hace unos años dieron ímpetu a las manifestaciones en Seattle o Génova hoy están en las aulas discutiendo los temas concretos. Estos estudiantes que antes leían El malestar en la globalización, de Joseph Stiglitz, vienen ahora con ese libro y me dicen “esto es una conclusión preempaquetada y general contra la globalización”. Las nuevas generaciones de estudiantes se están enfocando en los temas concretos, buscando ventajas y desventajas de cada caso.
 
¿Por qué cree que Stiglitz ha tomado esta postura contra la globalización?
Tengo una teoría económica al respecto. Hay miles y miles de economistas a favor del comercio y de la apertura, ¿verdad? Y del otro lado hay solamente dos, Dani Rodrick (de la Universidad de Harvard) y Joe Stiglitz. La escasez crea valor, y si tu grupo tiene sólo dos miembros tu valor crece enormemente. Cuando alguien planea un seminario en algún lugar del mundo, se pregunta “¿a quién ponemos en el casillero de en contra?” y sólo tiene dos opciones, Rodrick y Stiglitz. Es por eso que siempre están yendo a Oslo, Tokio, Santiago, a cualquier lado, siempre en el aire disfrutando la prima de escasez. Ninguno de los dos está haciendo nada interesante en sus trabajos académicos, porque están enfocándose en otro público. Stiglitz tiene otro incentivo: a él realmente no le importa la opinión de los economistas, porque ya ganó el Premio Nobel. Él va ahora hacia otro público, al público global. En los países en desarrollo, Stiglitz llega con su Premio Nobel bajo el brazo y la prensa reacciona diciendo “Oh, el Premio Nobel”, como Moctezuma cuando llegó Hernán Cortés con sus caballos. Una vez le dije: “Estás usando tu Premio Nobel como un arma de destrucción masiva”.

- ¿Cómo es una discusión de economía entre usted y Stiglitz?
No hay discusión. La cualidad de sus argumentos es baja y muy fácil de atacar, porque está habituado a hablar con gente que quiere escuchar lo que él les está diciendo, gente que quiere estar confundida. Cuando le propongo a Stiglitz tener un debate, él contesta: “Oh, para qué, si estamos de acuerdo en todo”. Nunca debate. él simula estar en contra de la globalización, pero: cuando habla con nosotros dice que tenemos las mismas ideas. Muchos economistas creen que Stiglitz es deshonesto, yo no, pero sí creo que está siendo irresponsable. Va por el mundo diciéndoles a los países pobres que mantengan o suban sus barreras arancelarias, lo que es incorrecto, y después no quiere debatir sobre ello. Dice que está favor de la liberalización del comercio cuando no lo está. Pero el problema es que después vienen organizaciones respetables como Oxfam y repiten esa misma basura.

- ¿Cómo describiría la relación de América Latina con la globalización?
En las últimas décadas, América Latina consiguió dos cosas importantes, como son la democracia y el control de la inflación. Ha habido, sin embargo, un mal manejo de la macroeconomía, relacionado especialmente con el aumento de la deuda y los cambios en los flujos de capital. El próximo objetivo de América Latina tiene que ser más fuerte contra los movimientos de capital de corto plazo y las crisis de confianza. Y también tener un poco más de suerte, que no la ha tenido, y estoy de acuerdo con Rudi Dornbusch en que en la macroeconomía hace falta un poco de suerte. De todos estos países creo que México y Chile han sido los más sensatos, porque la apertura es como una grieta de luz, que mejora los malos gobiernos. Cuando su ex presidente (Carlos) Salinas de Gortari dijo que había que mirar hacia el otro lado del Río Grande estaba diciendo, al revés que la famosa frase de Porfirio Díaz de que “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, que ser vecinos de Estados Unidos podía ser una cosa maravillosa.

- La maquiladora es uno de los fenómenos económicos más claramente atribuibles a la globalización. También ha recibido críticas. ¿Qué le parecen?
¿Quién las critica? Probablemente no la gente de México. Hay toda una confusión alrededor de los supuestos sweatshops alrededor del mundo (sweatshops es el nombre despectivo que reciben las fábricas en las que se paga poco y se ofrecen malas condiciones a los trabajadores. No tiene traducción al español, aunque los grupos antiglobalización lo traducen, justamente, como maquiladoras). Es un error, muchas veces intencionado, comparar los ingresos de los países pobres con los de los países ricos en términos absolutos, y no hablar en ningún momento de la capacidad de compra de esos salarios. Se ha creado y se ha mantenido una confusión, según la cual la inversión extranjera con salarios bajos en dólares es sinónimo de explotación, y eso es una tontería. Los mexicanos que trabajan en las maquiladoras no tienen una vida holgada, por supuesto, pero pensar que podrían tener el mismo nivel de vida que una familia tipo de Nueva York o Chicago suena muy bonito, pero es imposible. La inversión extranjera básicamente aumenta la demanda de trabajo en México, ¿cómo puede ser que aumentar la demanda de trabajo sea malo para los trabajadores? En China, en las provincias de la región de Guangdong, donde viven unos 400 millones de personas, los salarios reales han estado subiendo constantemente en los últimos años gracias a la demanda de trabajo, que creció empujada por dos décadas de aumentos anuales de las exportaciones de dos dígitos.

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- Por otra parte, también está el fenómeno de la maquiladora como estación previa antes de la emigración. Personas que se emplean en la maquila, ahorran algo de dinero y emprenden la travesía al otro lado de la frontera. Y la emigración tiene una gran recompensa para México, porque las remesas que envían los emigrantes a sus familias no paran de crecer y crecer (este año superarán por primera vez los $20,000 millones de dólares) y van directamente a los pueblos, en una especie de desarrollo desde abajo, sin pasar por la burocracia gubernamental, que seguramente repartiría peor el dinero. Creo que el gobierno mexicano ha realizado un gran trabajo en el diseño de nuevas formas de permitir la inversión extranjera y aumentar la demanda de trabajo. No hay que tener miedo de admitir que, según las circunstancias, hay salarios más altos que otros. Justamente, ayer estuvo aquí conmigo (el ex secretario de Hacienda) Pedro Aspe, que fue alumno mío en el MIT, y no me podía explicar por qué el presidente Fox no decía la verdad sobre su comentario de que los mexicanos en Estados Unidos hacen trabajos que “ni siquiera los negros” harían. Lo acusaron de racista, pero lo que dijo tiene una explicación económica: hasta los negros, habitualmente empujados hacia el fondo de la escalera salarial, sienten que algunos empleos son intolerables, y ésos son los trabajos que hacen los inmigrantes mexicanos. No entiendo por qué no lo explicó así. Quizá sí fue un comentario racista.

- ¿Cómo ve la situación en la Organización Mundial de Comercio después del fracaso de la reunión de Cancún en 2003?
Bueno, es que en realidad no creo que haya sido un fracaso. Las negociaciones habían empezado sólo dos años antes, y no se puede hacer mucho en dos años. La razón por la que había tantas expectativas en Cancún era que (el entonces comisario europeo y actual director de la OMC, Pascal) Lamy y (el secretario de Comercio de Estados Unidos, Robert) Zoellick estaban a punto de terminar sus mandatos y querían despedirse con algo concreto. ¿Cómo se puede negociar algo tan complicado como la agricultura en apenas dos años? Estamos en un proceso natural de negociación: alguien que ofrece más, otro que empareja la oferta, un regateo normal y positivo. La lección importante que dejó Cancún es que por primera vez se empezó a hablar de otros jugadores, como el G-22 o el Grupo Cairns, y no sólo de Lamy y Zoellick. El mundo se dio cuenta de que no se puede empujar a un acuerdo a países como México o India o Brasil. Que hay que negociar. Estos países quieren jugar un rol, y tienen puntos de vista que deben ser escuchados. A mí me gusta decir ‘Don’t Cry For Cancún’ (No llores por Cancún), hay que pensarlo creativamente y darnos cuenta de que no fue un fracaso: hay nuevos actores y casi no hubo protestas en las calles. Dos buenas noticias.

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