Abelardo Garciarce Ramírez <BR>(1927)

Sobreviviente de la incursión en México de las grandes refresqueras, este estratégico tapatío cu

CONSORCIO AGA
Aun cuando México es el 2o. mercado consumidor de refrescos del mundo, perdurar en esta industria dominada por embotelladoras ligadas a grandes firmas multinacionales es una odisea. De ahí el mérito de Abelardo Garciarce Ramírez, quien, sin amedrentarse por el poderío de esas empresas, ha logrado convertir a Consorcio Aga en el grupo refresquero independiente más grande del país.

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A este tapatío, nacido el 4 de noviembre de 1927, la vocación de industrial refresquero le viene de familia. El que comenzó la tradición fue Carlos García Arce, hermano mayor de su padre, quien después de aprender en la botica de unos parientes los secretos de la elaboración de las gaseosas, fundó en 1907 Embotelladora La Favorita, firma que aún existe en Guadalajara como productora de Coca-Cola. Su padre, Abelardo García Arce, siguió los pasos de Carlos, estableciendo en Aguascalientes otra planta con el mismo nombre, la cual tuvo que cerrar a causa de la revolución. En 1917, ambos hermanos se unieron en la sociedad Carlos García Arce y Hermano, que producía refrescos, hielo y gas carbónico. En 1931, Abelardo se desligó de la sociedad para abrir, en 1935, Embotelladora La Pureza y, en 1948, Embotelladora Aga. De esta última, su hijo homónimo sería el primer gerente a los 20 años, cuando todavía estudiaba ingeniería química.

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A partir de 1952, tras clausurar Embotelladora La Pureza, los dos Abelardos –padre e hijo– se concentraron en hacer crecer Embotelladora Aga fuera de la capital jalisciense. Para ello, construyeron una planta en Jacona, Michoacán, otra en León, compraron una más en la ciudad de San Luis Potosí y arrancaron operaciones en Tepic. Luego de unos años dedicados a consolidar estas fundaciones, el joven director general de Embotelladora Aga y Afiliadas (en 1962 don Abelardo se retiró de los negocios por motivos de salud) continuó con la conquista de nuevos territorios. Así, apoyado por sus hermanos menores Carlos y Jorge, extendió las operaciones hacia las ciudades de Morelia, Colima, Papantla, Toluca y Aguascalientes.

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En la década de los 80, y ya como presidente de lo que se había constituido en el Consorcio Aga, logró meter el grupo al codiciado mercado de la Ciudad de México, al comprar Embotelladora Mexicana, productora de la marca Jarritos. Más tarde, construyó plantas en Texcoco, Tultitlán y Chalco, a las que siguieron las aperturas de las embotelladoras de Puebla y Uruapan.

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Garciarce Ramírez admite que crecer al margen de los gigantes refresqueros multinacionales ha sido muy difícil. “Ellos han tenido la intención de acabar con todos los independientes. Casi lo consiguen, pues quedamos muy pocos y de importancia, sólo nosotros, quienes hemos logrado defendernos con trabajo y profesionalismo”, comenta.

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 Hoy en día, con 15 centros de producción y ventas que ascienden a 80 millones de cajas-unidad al año, el grupo tapatío representa 4% del mercado nacional, aunque su participación dentro del segmento de refrescos de sabores es de 15 a 20%. Sus marcas líderes son Sidral Aga (propia) y Squirt (franquiciada), pero también maneja Skarch Zubba, Nará, Jarritos y RC Cola.

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Con el fin de apoyar al negocio refresquero, el consorcio cuenta con dos fábricas de concentrados (en Guadalajara y el Distrito Federal). Asimismo, a raíz del auge del envase no retornable, ha invertido en plantas productoras de envases PET, algunas de las cuales integran operaciones de preforma y soplado de la botella. Y para garantizar sus suministros de azúcar, desde hace una década es dueña de los ingenios de Puga, Nayarit y Los Mochis, Sinaloa, dirigidos por Carlos y Jorge, en tanto que Abelardo sólo participa en el consejo.

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Ahí viene el agua
Los hermanos Garciarce no sólo son reconocidos por sus logros en el sector refresquero, sino también en el de agua purificada, donde su padre incursionó en 1935 y que desarrollaron a partir de los 50. Actualmente, Pureza Aga eslabona a 17 plantas envasadoras de agua que cubren 10 entidades del país, casi siguiendo una ruta paralela a las embotelladoras de refrescos. Sus ventas anuales ascienden a 80 millones de garrafones de 19 litros, lo que la sitúa como líder del mercado, aun por encima de marcas como Ciel, de Coca-Cola, y de Electropura, ahora en manos de Pepsico.

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Más allá de las bebidas envasadas, los intereses del grupo se han extendido por el sector inmobiliario y turístico. Involucrado personalmente en esta división, Garciarce Ramírez desarrolló en Guadalajara algunos fraccionamientos con viviendas de interés social. Sin embargo, al escasear los créditos hipotecarios, canalizó los recursos de esta área al Hotel Bugambilias Sheraton de Puerto Vallarta. Manejado desde hace unos años por Gemma Garciarce Monraz (la mayor de sus siete hijos), este es el complejo turístico más grande del Pacífico mexicano, toda vez que entre el hotel y los apartamentos de tiempo compartido, suma 1,100 cuartos de la categoría Gran Turismo.

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Garciarce Ramírez considera que, pese a que el consorcio es coordinado por un consejo directivo donde participan los tres hermanos junto con algunos de sus hijos, el manejo de Aga es profesional. “En realidad, la participación de la familia es muy reducida”, dice este industrial, cuya tónica para los negocios ha sido la prudencia. “Él siempre analiza, ve cómo están las cosas y dice hasta aquí podemos llegar”, confirma su hija Gemma, quien junto con su hermano Abelardo (al frente de Embotelladora Aga del Centro), ha recibido de su padre consejos y apoyo para conducirse en el complejo arte de los negocios.

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Francisco Arroyo Chávez, presidente del Corporativo Fragua, observa en quien ha sido su amigo durante 35 años dos cualidades: una “fortaleza más allá de lo normal” y la generosidad para compartir con quienes lo rodean todo lo que él ha logrado.

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A sus casi 72 años, el carácter de Garciarce Ramírez se ha vuelto más reposado. “No era así; era muy dinámico, pero las mismas aguas se van calmando”, confiesa. En su juventud practicó el hipismo y jugaba polo, aficiones que heredó de su padre y que luego compartió con su hija Gemma. Más tarde, su pasión fueron los safaris y la cacería mayor. De caza por todo el mundo, en 25 años ha acumulado más de 100 trofeos, muchos de los cuales lucen en su oficina como mudos testigos de estas aventuras.

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Participó activamente en diversas instituciones de la iniciativa privada. A escala estatal, lideró la Cámara de Comercio de Guadalajara, la Cámara de la Industria Alimenticia y el Centro Patronal de Jalisco. En el medio nacional, destacó su membresía activa en el Consejo Coordinador Empresarial y en el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios.

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Su entusiasmo también lo manifestó en el ámbito de la educación superior. Además de participar en la Universidad Autónoma de Guadalajara (su alma mater y la de sus hijos), fue uno de los fundadores del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Egresado del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas, de la Ciudad de México, fue uno de los promotores para que esta institución se instalara en la capital tapatía, y la misma labor realizó con el Tec de Monterrey.

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Al cumplir 70 años, don Abelardo decidió dejar de ser miembro activo de todas las instituciones. Sin ser una anacoreta, se deja ver poco en sociedad, pues disfruta más de la compañía de Gemma Monraz (su entrañable esposa durante 48 años), sus siete hijos y sus 14 nietos. Sin embargo, a lo que no ha renunciado es al trabajo. Presente de lunes a sábado en sus oficinas (unas espléndidas instalaciones estilo Luis Barragán), desde ahí sigue planeando y dirigiendo sus negocios, pero ya sin la presión de estar día con día en la operación. Y es que, “cuando se llega a cierto nivel, lo más importante es hacer dejar hacer y dar qué hacer”.

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