Acostumbrarse a la violencia

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Alfonso Zárate

Poco a poco, la violencia delincuencial ha ido imponiéndose, ganando sitio. Poco a poco nos acostumbramos a su rudeza cotidiana y reemplazamos el azoro por la estadística y el recuento.

- La violencia más agresiva, la vinculada al tráfico de drogas, irrumpió en Sinaloa, que se convirtió en el espacio “focalizado” de la droga. Todos lo sabían, pero la tolerancia y complicidad de las autoridades y la sociedad le otorgaron a los narcos patente de corzo. Pronto esa violencia se extendió a Guadalajara y Tijuana. No importaba que fueran puntos neurálgicos. Parecían muy lejanos para la autoridad “del centro”.

- Múltiples formas de violencia (el ajusticiamiento con “cuernos de chivo”, el entambamiento) se han desbordado. No conocen límites, en ningún sentido.

- No obstante, hay otra violencia menos aparatosa, más cotidiana y sórdida, que encuentra sus víctimas entre la clase media baja y los pobres: el asalto callejero o en el microbús, el robo a los estanquillos, que se asimilan como cosa diaria.

- Los pasajeros del transporte colectivo presienten el atraco. Las mujeres (empleadas, amas de casa, estudiantes) antes de abordar los vehículos esconden o dejan en sus casas sus modestos haberes, pero están dispuestas a renunciar a otros valores: el monedero y su contenido.

- La delincuencia se ha democratizado, no excluye a nadie. El secuestro que amenaza a la clase pudiente es una violencia atroz, peor aun cuando se acompaña de la mutilación de sus víctimas.

- Violencia urbana, legado indeseable de la descomposición social y/o de la crisis económica, a la que las comunidades rurales y urbanas responden con otro tipo de violencia: los grupos armados de autodefensa, el linchamiento de ladrones, violadores y policías: el síndrome Fuenteovejuna.

- Acompaña a este desbordamiento el alto grado de descomposición de las instituciones responsables de perseguir, juzgar y recluir a los delincuentes. El juego perverso incluye la protección y el involucramiento de policías y comandantes, la complicidad de ministerios públicos encubierta en impericia o ignorancia de las leyes, la connivencia de jueces y magistrados que producen sentencias escandalosas y la colusión de custodios y autoridades de los centros penitenciarios.

- El Estado ha fallado en la responsabilidad que le da sentido a su existencia como vía de organización colectiva para mantener el orden y la armonía sociales: garantizar la integridad física y la seguridad de los habitantes y de su patrimonio.

- La indolencia e indefensión de los ciudadanos, esa suma perversa de abandono y terror, podría convertir la anomalía en costumbre. ¿Estamos dispuestos a tolerar la violencia como un elemento más del paisaje finisecular?

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