Agarrón de fin de año

Las metas macroeconómicas limitan el sueño de un mejor salario para 2002.
Mónica Mendoza

El Banco de México considera para el próximo año una inflación de 4.5%. ¿Buena noticia? Según desde dónde se vea. Generalmente una baja tasa en el crecimiento de precios propicia mayor estabilidad financiera y el incremento del poder adquisitivo en términos reales, pero –y aquí vienen los peros– también con base en esa proyección se negocia el porcentaje de aumento salarial que otorgarán los sectores público y privado. Como señala Héctor Chávez, director de Análisis Económico de Santander, en 2002 los aumentos serán, cuando mucho, 1.5% mayores que la inflación para los salarios contractuales e iguales a 4.5% para los mínimos.

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Los líderes sindicales están conscientes de lo que les depara el año entrante, pero no están dispuestos a sacrificarse una vez más por el "bienestar nacional", como lo han sugerido algunas autoridades gubernamentales. Alejandra Barrales, lideresa de la Asociación Sindical de Sobrecargos de Aviación (ASSA), advierte que sus agremiados no aceptan que se pretenda controlar la inflación con base en los salarios, por lo que sus negociaciones "se sustentarán únicamente en las condiciones particulares de cada empresa".

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El sector empresarial, sin duda protagonista principal en las negociaciones, se ha manifestado ya a favor de aumentos conservadores y siempre cercanos a 4.5%. En voz de los presidentes de las principales cámaras, los industriales dejan claro que otorgar aumentos muy por arriba de la inflación atentaría directamente contra las fuentes de empleo existentes y dañaría la competitividad de las compañías. Este argumento tiene sus detractores.

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Javier Bonilla, analista de Quántica Consultores, comparte la visión de los hombres de negocios al apuntar que cuando existen proyecciones de baja inflación los empresarios deben ser cautelosos, ya que si los aumentos salariales superan por mucho ese nivel, la capacidad de competencia de las corporaciones puede ser afectada por varios años. Sin embargo, a decir de José Luis Calva –investigador de la UNAM–, la competitividad del aparato productivo mexicano no depende de los salarios, sino de dos factores muy concretos: la "sobrevaluación" del peso y del diferencial (de 12.9%) en el incremento de la productividad de México y Estados Unidos. Por ello, advierte que se debe ampliar la visión para conocer el conjunto del problema y no tratar de resolverlo a costa de los trabajadores, pues "de seguir oprimiendo el mercado interno, a través de un raquítico incentivo a los sueldos, la recesión que ya vivimos se agudizará y lo que perderemos como país en términos de no aprovechamiento de la capacidad instalada o del potencial de crecimiento económico será muy superior a lo que podría economizar cada uno de los industriales al autorizar alzas de 4.5%".

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El asunto se advierte complicado, pues mientras los patrones piden mesura a los empleados en cuanto a sus peticiones salariales para 2002, éstos dejan claro que pugnarán por revertir la pérdida en el valor de su ingreso, que en términos reales fue de 70% entre 1993 y 2000.

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