Agustín Parra. Barroco del siglo XX

Se equivocaría quien afirmara que la grandeza novohispana es un asunto del pasado. Con su ejemplo,
Guadalupe Rico Tavera

Graciosos ángeles, monumentales arcángeles, hermosas vírgenes, adustos santos, torturados mártires, sangrantes Cristos y toda la corte celestial forman parte del mundo de Agustín Parra, quien ha hecho del arte novohispano del siglo XVII un floreciente negocio en el umbral de un nuevo milenio.

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Nacido hace 37 años en Tepic, Nayarit, Agustín heredó de su padre las dotes artísticas. Sin embargo, del maestro Parra –pintor y escultor perteneciente a la Escuela Bohemia de San Carlos– poco pudo aprender, pues falleció cuando tenía siete años de edad. Sin el sostén paterno y con una situación económica muy precaria, el pequeño Agustín tuvo que alternar desde entonces los estudios con el trabajo (lavaba autos y barría camiones urbanos) para ayudar a su numerosa familia (era el octavo de 10 hermanos). De vez en cuando recibía unos pesos extra de la venta de sus primeras pinturas y dibujos.

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Al terminar la escuela primaria, el inquieto adolescente sintió que ya no tenía nada que hacer en Tepic, por lo que con tan sólo la bendición de su madre se trasladó a Guadalajara en busca de nuevos horizontes. En la capital tapatía se puso en contacto con algunos conocidos de su padre y uno de ellos le dio trabajo en su taller de pintura y escultura. Su labor consistía en barrer el estudio y limpiar pinceles, tras lo cual veía pintar a los artistas. “Ahí aprendí muchas técnicas de gente muy buena en su tiempo”, admite cuando surgen de su memoria los apellidos de Guerra, Almanza y Moraila.

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Buen observador y mejor aprendiz, Agustín recorría con sus obras bajo el brazo las tiendas de Tlaquepaque en busca de compradores. Pero la demanda se daba a un ritmo tan lento que, francamente, el oficio de pintor no le daba para sobrevivir.

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La necesidad lo orilló a poner los pies sobre la tierra y, mientras estudiaba la carrera de administración de empresas, aceptó un puesto en el área de finanzas de Banca Cremi.

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Sin abandonar del todo el pincel, las habilidades plásticas de Parra llegaron a oídos del dueño de Cremi, quien le empezó a encargar obras tanto para las oficinas corporativas como para su casa. A esos pedidos siguieron otros, lo que hizo que finalmente se decidiera por lo suyo: el arte. “Después de todo, la fórmula funcionó, porque el banco me presentó clientes y los estudios de administración me sirvieron para manejar posteriormente mi negocio”, pondera.

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A falta de dinero para montar un taller, Parra pintaba en la azotea que le prestaba un amigo. Fue una etapa difícil, reconoce, que le ayudó a templar el carácter para continuar con la línea que se había trazado. Tanta perseverancia empezó a rendir sus frutos, pues al tiempo que lograba colocar sus obras en Guadalajara, Monterrey, San Miguel de Allende y la Ciudad de México, el joven artista se iba haciendo de un nombre. Era la antesala de la fama.

Pasado y presente
Nadie sensible a las bellas artes puede escapar al asombro y a la admiración que produce el arte barroco mexicano, un estilo que Parra ha logrado recrear a la perfección. -

Su ingreso a un arte que alcanzó su mayor esplendor en la virreinal sociedad del siglo xvii se dio en 1985. “Cuando iba a los museos o a los lugares donde había arte novohispano –recuerda– tenía la intuición de que yo podía hacer todo eso.” En libros antiguos buscó empaparse de las técnicas que se utilizaban en aquella época, para luego aplicarlas con una tremenda facilidad. “Sentía como si toda mi vida me hubiera dedicado a ello”, afirma.

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Cual si hubiera retrocedido tres centurias, Parra comenzó a revivir todas las manifestaciones del arte colonial religioso. Así, lo mismo incursionó en pintura y escultura que en la producción de muebles, retablos y altares. Para la recreación de piezas de tan elaborada manufactura –donde se conjugan fantasiosas tallas con la policromía o una rica decoración en oro el artista tuvo que rodearse de un equipo de trabajo, que fue creciendo en la medida que aumentaba la demanda.

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En su taller laboran 70 artesanos. Como en la época virreinal, ahí se conjuntan los más diversos gremios: escultores, pintores, encarnadores, estofadores, carpinteros, ensambladores, talladores y retablistas. Todos ellos son regentados y supervisados por Parra, quien siempre procura que cada una de las obras lleve su toque personal. Además, alrededor de este taller que “es el alma del negocio”, hay otros 70 artesanos dedicados a maquilar las partes menos complicadas del proceso.

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Sin perder la esencia de un estilo que fue trasplantado del Viejo al Nuevo Mundo, el artista nayarita considera que del barroco novohispano “puede surgir una industria que tiene un potencial muy interesante.” Si es por calidad, “nada tenemos que pedirle a las obras extranjeras; lo único que necesitamos para competir internacionalmente son estímulos”, comenta quien ha sido invitado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia para restaurar el retablo de la Iglesia de San Agustín, en Tlalpan.

De Tlaquepaque a Behrein
Sin apoyos, Parra comenzó a exportar sus obras hace una década. El primer mercado que atacó fue el de Estados Unidos, al que luego le siguieron Colombia, República Dominicana, Guatemala, Venezuela, Inglaterra, Alemania, Kuwait, Arabia Saudita, Australia y Bahrein. Hacia esos puntos envía la mitad de la producción; esto es, dos contenedores mensuales de 40 pies. -

La comercialización en el exterior, explica, se realiza en centros de diseño, show-rooms y exposiciones. “Para nosotros es muy importante participar en el Dallas Market Center, la feria de Atlanta y la de High Point, ya que ahí acuden compradores locales e internacionales para surtir sus tiendas.” A través de esos conductos, su arte se ha colocado en exclusivos establecimientos de Nueva York, Palm Beach, Boca Ratón, San Francisco, Dallas, Houston y Phoenix.

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En el plan de negocios para el mercado del coloso del norte, Parra incluye la apertura de una tienda en Beverly Hills y de otra en Boston. Mientras llega ese momento, están por abrir sus puertas un par de franquicias en Las Vegas (tanto en el área residencial como en la zona turística que llevarán su nombre.

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Pero así como el arte del nayarita está conquistando a los extranjeros, así también se está echando a la bolsa a los nacionales, sobre todo a partir de la devaluación. “El mexicano que antes acostumbraba comprar obra en el exterior ya no lo puede hacer porque le sale carísimo; así que, al voltear hacia adentro, se dio cuenta que en México podemos hacer cosas muy buenas”, argumenta.

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Además del fenómeno devaluatorio de 1994 –que impulsó las ventas 200% de un año a otro–, el empresario atribuye el auge del mercado doméstico a la apertura de estratégicos puntos de venta. Luego de que hace tres años instaló una sala de exhibición en Tlaquepaque, abrió una franquicia en Querétaro (en La Casa de la Marquesa) y otra en la Ciudad de México (en San Ángel). La Hacienda de Los Morales, en la capital del país, es la siguiente franquicia de la lista, a la que seguirá San Miguel de Allende.

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La cartera de clientes nacionales incluye lo mismo compradores particulares (encumbradas personalidades de la política, los negocios y el ambiente artístico) que institucionales. Entre estos destacan los hoteles Camino Real, Holiday Inn, Crowne Plaza, Quinta Real, Meliá, Casa del Mar y Villas de Paraíso.

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Con un negocio que le da para “comer bien” (se resiste a revelar el monto de las ventas), los días de penurias económicas son hoy anécdotas en la historia de Parra. Lo único que le incomoda es que oportunistas se quieran aprovechar del éxito que han tenido sus productos para tratar de imitarlo. “Soy el centro de copiado número uno, pero lo peor de todo es que son malas copias”, se queja, molesto. Pero tiene un antídoto contra el pirateo: “Hay que ir a la vanguardia, sacar estilos diferentes y hacer muy buena calidad para que se note la diferencia con las malas copias.”

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