Al comprador de último minuto

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Jaime Septién

Son multitud los que habrán experimentado en carne viva esa sensación de escalofrío que deja la "compra del cuarto para las 12" cuando no es relevante el qué comprar sino el llevarse algo, cualquier cosa que sea útil. Pero si la compra de pánico se verificó a fin del año anterior, puede ser que  a principios del siguiente el marido diga a su mujer: "Ora sí, gorda, hay que planearlo, para que no nos vuelva a pasar lo mismo."

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Quién sabe por qué, pero siempre que los mexicanos desean organizarse de tal manera, la realidad acaba haciéndose engrudo. La idiosincrasia nacional parece estar de uñas con el análisis y la preparación para regalar. Hay los que para adquirir un coche o una corbata, recorren todas las agencias disponibles o las camiserías del centro, aunque en octubre son incapaces de sentarse a diseñar el camino menos costoso de agradar en el último mes del año.

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Un comprador de último minuto se distingue a la distancia. Normalmente, trae mal puesta la chamarra o el nudo de la corbata a la altura del ombligo. Camina pálido, sudoroso, y mira nerviosamente a diestra y siniestra, por ver si salta la liebre de la oportunidad o si la marabunta que le antecedió le ha dejado algo. De ordinario, va arrastrando a su mujer, quien calza pantuflas y trae en la mano el biberón de la niña de meses que dejó encargada con sus padres (que viven en el otro extremo de la ciudad). En los labios, la seña inequívoca del Melox; y en la bolsa trasera, una bolita de billetes que ni siquiera tuvo tiempo de contar.

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Un disparo a quemarropa
Aunque es difícil llevarla a cabo, la siguiente pretende ser una lista de algunos elementos que, en futuras ocasiones, evitarían caer en la malsana costumbre de las compras de pánico. Por desgracia, aún no hay expertos que echen la mano en tales trances. Los académicos andan ocupados con teoremas sobre la productividad, como para acordarse de las penas de los despistados mortales. Igual que la vida, la compra de último minuto también es disparada a quemarropa.

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1. Establecer con suficiente anticipación una lista de susceptibles a ser y a no ser regalados. Esto puede ser claro en el papel, pero en la práctica se complica muchísimo: ¿qué factores objetivos existen para distinguir a los que sí y a los que no? Pueden echarse mano, por ejemplo, de las estructuras elementales del parentesco de Claude Lévi-Strauss, y ver la línea de consanguinidad. Quien la rebase, no entra en el universo de los regalos (lo cual es tajante, pero efectivo: ahorra una buena lana).

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2. Establecer un catálogo de sentimentales, iracundos e indiferentes. Estos últimos son necesarísimos, pues no les importa si les dan o no. Por ello, en la lista deben figurar por encima del resto, pues no les vamos a regalar nada. Además, como se trata de poner cruces, al ser los primeros dan la fuerza necesaria para continuar tachando. Con respecto a los demás, todo es cuestión de saber cuáles son más incómodos (es decir: qué emoción molesta menos). Tip valiosísimo: los iracundos siempre reclaman haber sido excluidos, mientras los sentimentales usan el subterfugio, el gesto velado, la zancadilla de trasmano que dibuja la culpa. Lo conducente será, por lo tanto, eliminar a los más radicales.

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3. Diseñar, en equipo, un plan de fuga. Esto es de suma importancia: así como los reactores nucleares tienen dos o tres mecanismos de seguridad, así deben establecerse con anticipación excusas coherentes. Nunca deberá acudirse al gastado argumento de la economía (cierto en 99% de los casos, pero que provoca miradas del tipo: "Egoístas. Sólo piensan en sus mezquinos intereses." Lo cual también será cierto, pero decirlo no es muy navideño). Quizá no sobra recordar que, aunque inverosímil, el pretexto debe estar acorde con la circunstancia y ser novedoso, rápido, eficaz.

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Excusas piadosas
Se ofrecen algunas excusas posibles: sometida a fuertes presiones psicológicas, el psiquiatra le recomendó a la pareja evitar aglomeraciones. A través del tarot, se recibió el mensaje de que algo muy grueso pasaría si se iba de compras. Ya había un presupuesto asignado, pero a última hora se apareció una viejecita que pedía para su pasaje a Mexicali y se le cubrió el trayecto de ¡da y vuelta. Parte del aguinaldo fue donado a la iglesia, parte al asilo, otros tantos a Chiapas y a Rwanda, y lo que sobró fue invertido en la lotería... En fin, que valen los pretextos que no dejan posibilidad para que le echen a uno en cara su falta de espíritu cristiano.

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Evidentemente, estos consejos no guardan relación con los que aparecen en otros medios (como revistas de moda, del corazón y de canciones). Nada costaba haberlos imitado y recomendarle al lector hacer la lista en agosto, verificar el presupuesto en septiembre, realizar las compras en octubre, pagar en noviembre y tumbarse al sol de Acapulco en diciembre.

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Pero como no es probable que tan buenos propósitos se cumplan, se han buscado nuevos terrenos para la creatividad, tan necesarios en estos días, luego haber cumplido con el ritual de las compras navideñas y haber regalado una escaladora a la tía coja y un balón de fútbol al sobrinito violinista.

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El autor es egresado de Comunicación de la Universidad Iberoamericana y realizó su doctorado en Madrid. Es editor y articulista de temas de medios.

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