Alberto Abed Schekaiban

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Jaime Santiago

¡Mayday, mayday!”, estuvo gritando por todos lados el capitán de la muy controvertida Transportes Aéreos Ejecutivos (TAESA). Parecía que los sueños de la competencia estaban por hacerse realidad: su odiado enemigo, el que los llevó a una cruenta guerra de tarifas, estaba cayendo a pique. Pero, al último minuto, TAESA parece haber sido rescatada del desastre por International Air Finance, de Singapur. Su paquete de $50 millones de dólares puede salvar al intrépido capitán Alberto Abed Schekaiban de perecer destazado por los bancos acreedores. Una vez más, las noticias de la muerte de esta aerolínea parecen ser exageraciones. Con menos participación en su empresa, Abed mantiene en el aire el negocio que abrió allá por 1988 en sociedad con Carlos Hank Rohn, y que empezó como una inofensiva empresa de jets ejecutivos que aprovechaba la nueva política de “cielos abiertos” del gobierno.

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Abed sabe hacer contactos oportunos. De ascendencia libanesa, huérfano a los 14 años, hizo el primer gran arreglo de su vida cuando convenció a unos piadosos instructores del aeropuerto Benito Juárez de la ciudad de México de enseñarlo a pilotear, a pesar de ser menor de edad. A cambio el joven lavaba aviones y ayudaba en su mantenimiento.

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Más tarde, Abed tuvo el tino de convertirse en piloto privado de gente importante –entre las que destacó nada menos que el profesor Carlos Hank González–. Su conversación en aquellos trayectos por los cielos debe haber sido muy buena, porque conquistó la confianza de toda la familia. Cuando el empresario serio del clan (Carlos Hank Rohn, no su hermano Jorge, por supuesto) apostó por Mexicana de Aviación y no pudo quedarse con ella, Abed fue encomendado con la chambita de levantar para los Hank una -aerolínea propia...

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El sueldo de piloto privado parece ser excelente, porque la naciente línea aérea fue abierta con 49% de participación por parte de Abed y 51% de Hank Rohn, lo cual abrió las primeras suspicacias por parte de analistas y competidores. Pero nadie hubiera dicho nada más, si TAESA no hubiese tenido el atrevimiento de ingresar a la aviación comercial en 1991, con su vuelo México-Laredo-México. Y peor, cuando a partir de entonces se dedicó a ofrecer precios hasta 50% por debajo de las aerolíneas grandes.

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Aún hoy, todo mundo se cuestiona cómo es que TAESA se dio el lujo de tales rebajas. Con los años han circulado versiones sobre lavado de dinero, contrabando, ligas con mafias, intereses políticos de los Hank, etcétera. Abed se defendió argumentando un gran control de costos, personal no sindicalizado o que simplemente le tenían envidia.

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Sin embargo, los golpes más duros le vinieron por el lado de la seguridad. En 1992, Canadá cerró sus aeropuertos a TAESA, por supuestas fallas en varias normas de seguridad. ¡Las cosas se le pusieron color de hormiga en 1994, cuando uno de sus aviones se -accidentó fatalmente en Estados Unidos, con la añadida desgracia de llevar dentro a la familia de un importante político mexicano.

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Se armó la grande: acusaron a TAESA de dejar a sus aviones casi desarmarse por falta de atención, a la SCT de solapar a la aerolínea por no exigirle un mantenimiento mínimo y a la administración de la empresa de endeudarse ciegamente, con tal de competir de manera desleal.

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Abed estuvo a punto de perder hasta las barbas, pero al parecer su defensa fue efectiva, porque el asunto murió de viejo, sin que pasara nada.

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Ya con la crisis de por medio a TAESA le dio por vender boletos de avión como si fueran refrigeradores en Elektra: en cómodos abonos. En alguna parte de la clase alta surgió la maliciosa frase de “TAESA, donde viaja la pobreza”.

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Así que cuando en 1997 la aerolínea estuvo a punto de sucumbir debido a las abultadas deudas que al fin y al cabo resultaron ciertas, pocos se dispusieron a llorar su desaparición (excepto aquellos que ya casi terminaban de pagar su viaje a Acapulco).

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Pero, como ya se dijo, el capitán volvió a levantar el vuelo, de la mano de otros poderosos (se supone que los Hank ya no tienen nada que ver con el negocio). A sus 45 años, Abed tal vez persiste en su afición de volar alguno de sus aviones los fines de semana, por el puro placer de surcar los aires. Dada su estrella, el lector debiera buscar siempre ese curioso vuelo: debe ser el avión más seguro en el mundo.

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