Alfredo Espinosa

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A los 11 años se tragó sin respirar un huevo de pato hervido con un feto dentro. Era su segundo intercambio escolar y su madre le advirtió que era una descortesía rechazar la comida. Pasó por la India, vendió refrescos en la escuela, trabajó en TMM y estuvo en una consultoría mientras estudiaba en la universidad. Creció en una atmósfera exclusiva, elitista. La UNAM le cambió la vida. “Con la UNAM viví más el país, me enamoré de él. Empecé a comer gorditas en la calle, me subí al metro… Yo era un turista de México”, acepta. Precisamente, en la universidad entra en contacto con el medio rural, gracias a un maestro con quien compartió despacho. De ahí pasó a la Fundación Mexicana para el Desarrollo Rural. Su puesto de director de planeación consiste en “buscar oportunidades de negocio para los pobres”. Por ahora, este trabajo es el centro de su vida. “Es un híbrido muy interesante, porque no es lucrativa (la fundación), aunque se maneja como una empresa, y no es política, pero busca el bien común”. Su reto es abrir 10,000 cooperativas de aquí al año 2010.

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