Amigos para siempre

El olfato de Roberto Hernández y Alfredo Harp les ha permitido encontrar oportunidades. La solidez

Ambos banqueros ya habían sido elegidos antes como los "hombres de Expansión", justo cuando compraron Banamex, "la joya del sistema financiero", en 1992. Ahora se colocan como los empresarios más destacados del año por haberla vendido, en lo que significó una de las dos mayores operaciones financieras en la última década, sólo superada por la colocación de América Móvil.

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Vuelven a los reflectores y otra vez son blanco de críticas. En cuanto se concretó la operación, no faltaron voces que señalaron que han hecho demasiado dinero demasiado pronto. Es explicable que las trayectorias de Harp y Hernández los coloquen bajo el escrutinio público. ¿Cómo crearon su imperio? ¿De qué modo lo conservaron mientras que otros bancos pasaron a manos del gobierno, tras la crisis de 1995? ¿Qué harán ahora para consolidar un grupo financiero mexicano, de la mano del poderoso Citigroup? Cuando se selecciona a "los hombres de Expansión" no se busca levantar un monumento a empresarios sin tacha. Lo que se destaca aquí es su capacidad de hacer negocios, puesta de manifiesto en la actividad del último año. Tampoco se trata de presentar o –peor– repetir reproches sin fundamento. El análisis a fondo de la carrera de estos dos hombres es un asunto que debe hacerse con responsabilidad.

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Por lo pronto, en su primera entrevista desde que vendieron Banamex a Citigroup, Hernández y Harp contestan algunas de las interrogantes planteadas. También adelantan que no les gustaría retirarse de su actividad favorita: las operaciones financieras. Más que dedicarse durante años a administrar, les apasiona adquirir una firma y contribuir a su reestructuración. Ambos aseguran estar dispuestos a continuar su trayectoria empresarial unidos. "Somos gente de pocos y viejos amigos", explica Roberto Hernández, quien además recuerda que Banamex –a diferencia de otras instituciones– ha conservado a la mayoría de sus socios durante más de 10 años. De cumplir su promesa de permanecer juntos, esta mancuerna conformaría un caso raro de trabajo en equipo en un país donde el individualismo es la norma.

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Los dos empezaron su carrera cuando tenían menos de 25 años y desde entonces han mostrado su sentido de la oportunidad. Llegaron a un mundo en ese entonces dominado por el conservadurismo y las inercias de la tradición.

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Contribuyeron a modernizar la Bolsa Mexicana de Valores –fundaron la primera casa de bolsa, que competiría con los agentes individuales– y después impulsaron la revolución de todo el sistema financiero del país. En años tan difíciles como 1976, se atrevieron a hacer la colocación de Aurrerá y su éxito demostró que estaban en lo correcto. Cuando López Portillo estatizó los bancos, Hernández y Harp tuvieron la visión para atender las necesidades financieras de México.

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A este olfato podría sumarse su capacidad de hacer amistades. No sólo entre ellos. Hernández –quien fue compañero de estudios de Fox–, ha sabido construir una buena relación con los grupos gobernantes. Él dice que lo mejor es mantener una distancia saludable con los hombres del poder. Como empresario en un país que se dice democrático, más le vale. Y al país también le conviene que así sea.

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