Argentina contra el absolutismo

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Fran Ruiz Perea

Cuenta la leyenda que una bruja llamada la Tolosa echó hace un siglo una maldición sobre los habitantes de la provincia de Buenos Aires y que, por eso, ningún gobernador de ese distrito ha podido sentarse en el sillón presidencial. Ni siquiera la “limpia” realizada en junio por otro brujo ha conseguido neutralizar este mal: otro gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, cayó derrotado en las elecciones presidenciales frente a su rival, el alcalde de la capital argentina Fernando de la Rúa.

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Para los escépticos hay otras explicaciones más tangibles y señalan como responsable a Carlos Menem. El peronista Duhalde se queja de que el Presidente saliente no movió un dedo por apoyar su candidatura y sólo se preocupa de preparar su vuelta al poder para dentro de cuatro años. Pero la mayoría de los argentinos achaca la derrota peronista a unos factores más preocupantes, que son el aumento imparable de la desigualdad y la criminalidad, consecuencia de una agresiva política “neoliberal” que cambió la hiperinflación del gobierno de Alfonsín por el hiperdesempleo y la corrupción. La Alianza centroizquierdista opositora sólo tuvo que recoger en su programa la lucha contra estos males para que los argentinos hayan apostado por De la Rúa.

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Hay algo más que un simple voto de castigo: los argentinos no quieren dar el poder absoluto al presidente, no quieren más caudillismo ni tampoco perpetuar los enfrentamientos históricos entre radicales y peronistas; lo que sí piden es probar algo que les es desconocido, la cohabitación.

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Muchos argentinos han tenido que votar por la Alianza para la presidencia y por los peronistas para gobernador o diputado para que se diera este resultado: un presidente justicialista, un vicepresidente frepasista, una Cámara de Diputados con mayoría aliancista, pero insuficiente para legislar de manera absoluta; y frente a ellos peronistas en la gubernatura de Buenos Aires y otras provincias importantes, y en el Senado y los sindicatos. De la Rúa parece haber entendido el mensaje y su primer paso ha sido buscar el consenso. Se compromete a respetar la paridad un peso un dólar, así como a continuar el proceso de liberalización de la economía , pero advierte que se acabó “la fiesta para unos pocos”. Su gobierno está dispuesto a emprender una reforma fiscal –que frene la evasión y la deuda externa y equilibre el presupuesto–, perseguir la corrupción y luchar por cerrar la brecha social.

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De la Rúa necesita la ayuda de los peronistas o al menos que ejerzan una oposición constructiva. Del entendimiento entre ambas fuerzas depende no sólo la recuperación socioeconómica, sino que el éxito de esta nueva experiencia se extienda a toda Latinoamérica y ponga fin al presidencialismo absoluto que tan nefastos resultados ha dado hasta ahora.

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