Arqueología digital

Existe el temor fundado de que no estamos al final del cuento del dedazo
Ricardo Medina Macías

"Había una vez un dedo”. Así podría comenzar el cuento.

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El dedo se hacía grandote y se hacía chiquito, pero siempre (con temor, con esperanza, con ambición desmedida, con resignación, con demora o con presteza, con calma o agobiado por la presión ineluctable de los plazos) señaló a su sucesor. Al siguiente dedo.

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Jorge Castañeda, quien se dio a la tarea de entrevistar a Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari sobre todos los entresijos de ese mecanismo digital, describe a su libro como “arqueología de la sucesión presidencial”. Se equivoca. El tema no es la sucesión presidencial, que para atenernos a las formas se verifica en los procesos electorales en los que votan los ciudadanos, sino el fascinante ritual del dedazo y del tapado.

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Es un magnífico trabajo. Muy oportuno, cuando existe el temor fundado de que no estamos al final del cuento (digamos, en el sepelio del dedo), sino en una continuación de pesadilla, plagiando a Monterroso: “Cuando despertaron, el dedo seguía ahí”.

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Algunos analistas encuentran que en el corto plazo el mayor riesgo de este fin de sexenio es que el PRI (o su líder moral, que al parecer todavía es el Presidente de la República) no acierte a establecer mecanismos eficaces y creíbles para la selección de su candidato a la Presidencia para el periodo 2000-2006. La principal preocupación es que tales mecanismos, que en teoría está buscando el presidente formal del PRI, sean creíbles; el riesgo de una nueva ruptura en ese partido sería muy elevado si la percepción generalizada es que el dedazo sigue vigente.

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En cierta forma, el trabajo de Castañeda es una suerte de homenaje reticente a ese mecanismo digital en agonía. El autor, cercano a la familia revolucionaria, intenta disimular sus filias y sus fobias personales, mas no lo logra. Ahí están sus simpatías por algunos de los vencidos (digamos Jesús Silva Herzog o David Ibarra), su animadversión por algunos protagonistas (el villano de Dublín), su indulgencia ante los excesos de López Portillo y en fin su afición hacia lo que él mismo bautizó en alguna fecha lejana como “sensibilidades progresistas”.

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Pero eso no importa. El libro está lleno de revelaciones, hipótesis, chismes, especulaciones, datos. Alguna de estas revelaciones, como la del encuentro secreto entre el villano de Dublín y el caudillo de playa Eréndira, ya tuvo repercusiones serias en la escena política actual.

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Lo interesante es que ese equívoco involuntario (confundir la sucesión con el ritual del dedazo, como si a partir del señalamiento digital la suerte  del país estuviese echada) revela hasta qué punto muchos mexicanos, inteligentes y lúcidos, han sido seducidos por la democracia fingida o digital. Ese remedo de democracia en el que el Tlatoani en turno, por muy disminuida que esté su grandeza mítica, nos muestra a su elegido y nos da la oportunidad al resto de los mexicanos de sancionar su decisión en unos comicios igualmente fingidos.

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Eso ya quedó atrás.

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Pero la seducción persiste. Y es una seducción derivada del miedo a la libertad. Salvo excepciones, la clase dirigente del país (incluidos muchos intelectuales que se ven a sí mismos como paladines de la democracia) le teme a las decisiones de la gente ordinaria. Se les deja solos, dirían, y votan por Gloria Trevi. Se les deja elegir y malgastan su dinero en productos importados. Se les da la opción y quieren cobrar en dólares.

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Cuando era secretario de Gobernación, Manuel Bartlett rehusó responder en la Cámara de Diputados una sencilla pregunta: ¿Usted cree que México esté preparado para la democracia? A lo mejor hoy respondería que sí (porque esa es la respuesta políticamente correcta y la respuesta que hoy le conviene), pero la pregunta es superflua: desde luego que estamos preparados para la democracia. La pregunta importante es: ¿estarán Bartlett, Madrazo, Labastida, Moctezuma, Fox, Cárdenas, Alemán, Zedillo, preparados para la democracia?

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Habrá que ver.

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