Austeros somos...

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Alberto Barranco

Seguro de que para eso hay gobierno, o si no para qué sirve el PRI en la Cámara de Diputados (y total-el-Fobaproa-paga), el joven jefe de auditores del banco intervenido se la jugó a una sola carta, o mejor dicho a una sola factura: $120,000 pesos, es decir la renta de dos años de su depa en la Narvarte, por una comida. Y aquí está mi registro para que no haya bronca...

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Y aunque el descubrimiento le puso más puntos a las íes en la furia de los diputados de oposición, frente a la exigencia de convertir en deuda pública el despiadado costo del rescate bancario “para evitar otra crisis económica en el país”, no pareció causar mayor preocupación al interior del poder...

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...como tampoco pareció provocar el esperado terremoto, tres recortes de presupuesto al calce por el equivalente al gasto total de siete secretarías de Estado, la revelación de que la Secretaría de la Contraloría se había chutado $330,000 pesos en la compra de adornos y utensilios para el comedor del Señor Secretario, justificando la erogación con el contundente argumento de que ahí acuden funcionarios de la misma jerarquía que el anfitrión...y ni modo de darles su wisqui en jarritos o su salmón ahumado en platos de peltre...

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De hecho, el funcionario que debía navegar con banderas más desplegadas de austeridad y cordura, después de Arsenio Farell, le comentó al autor de estas líneas que a él no le causaba asombro alguno el gasto, repitiendo la suma en sílabas para no dejar duda alguna. Vamos, sólo un miserable o un mal nacido no adorna su mesa con azucareras de $9,000 pesos o soperas de $30,000.

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Digamos que la digna medianía para los altos servidores públicos a que se refirió el presidente Ernesto Zedillo en su toma de posesión, no fue más allá de un simple adorno para darle color y calor al discurso.

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Se podría decir que para el gobierno, las vacas flacas –o si lo prefiere la austeridad franciscana como la vivida hoy a causa del petróleo– consisten en exigir a la bodega no entregar un lápiz nuevo a burócrata alguno si no hace entrega del pedacitito del que se gastó. Y cómo que otras 10 hojas bond, señorita...

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A quién rayos le importó que un ex director general del Banco Nacional de Comercio Exterior, de nombre Humberto Soto, se comprara un lujoso avión, a costa de la intermediaria por supuesto, para no quedarse atrás, o mejor dicho abajo, de sus colegas privados.

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Y quién rayos se desgarró el saco, la corbata o al menos la camiseta a la revelación del ex banquero en problemas con la justicia, Ángel Rodríguez Sáez, de que el ex secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, le pedía frecuentemente su avión privado... motivo de una de las demandas.

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Ni modo que el señor ministro responsable de las finanzas públicas vaya a viajar mezclado con la clase turista. Qué vergüenza para el país... a poco nos íbamos a parecer a Canadá, cuya opinión pública llevó al banquillo al alcalde de Calgary, primero por haber viajado a Londres al cumplimiento de una cita con la reina Isabel en el Concord, y segundo por haberlo hecho en asiento de primera clase.

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De hecho, el aparato bailó el jarabe tapatío sobre la disposición salinista –de cuando el refugiado de sí mismo en Irlanda era secretario de Programación y Presupuesto– de encerrar los vehículos oficiales el fin de semana... para ahorrarse el gasto mayor de gasolina.

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¿Qué tan gordo estará el presupuesto, preguntaba al conductor de un popular programa de radio una señora de las del mercado a su casa, cuando se le han quitado $36,000 millones y todavía le quedan agujeros al cinturón?

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¿A alguien se le ocurrió –comentaba otra– preguntarle al ex director general del Infonavit, Oscar Joffre, cada cuándo le daba cita a uno por uno de sus 70 asesores?

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¿Austeros somos y en el gobierno andamos?   

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El autor es columnista de la sección Negocios, del diario capitalino Reforma.

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