Aventuras y desventuras del trabajo flex

Trayectorias con empleos versátiles, no repetitivos, pero sin tradición y sin historia.
Jaime Septién*

Lo nuevo es la ductilidad. Desde los instrumentos de inversión hasta las relaciones interpersonales, para ser buenas han de ser flexibles, evanescentes, construidas con base en fragmentos. También el trabajo: en el neocapitalismo (donde la economía no desplaza moléculas, sino bites), el currículum de las personas va asemejándose, cada día con mayor frecuencia, a un cajón de sastre.

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Raro es el que permanece de cero a 100 en la misma empresa, en el mismo negocio; el que no intenta diversificarse en aras de aprovechar el tiempo y el carácter especulativo de la economía digital. El antiguo ejemplo del español exiliado, que llegó a México “con una mano atrás y otra adelante” (cualquier cosa que eso quiera decir) y que hizo fortuna sin gastar un duro, durmiendo en el mostrador de la panadería y apretando sin ahogar a los proveedores, ya no funciona mucho. Más bien, ya no funciona.

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Ahora los españoles que llegan lo hacen armados hasta los dientes de tecnología, agresividad empresarial y conocimiento del proceloso mar de los negocios digitales.  Tiburones contra mulas de trabajo. Se distinguen de sus contemporáneos franceses, ingleses o mexicanos, por el ceceo y las ganas de “irse de marcha” los miércoles a las 11:30 de la noche. Si uno mira su hoja de servicios, a los 35 años van en la quinta compañía. Y si empezaron en producción, ahora andan en marketing.

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Son flexibles y sus trabajos también. No repiten la rutina de sus padres. Por lo tanto, el carácter de sus padres no es su carácter. Tampoco el tiempo ni su identidad laboral.

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La consigna, dice Richard Sennett (La corrosión del carácter, Anagrama) es “nada a largo plazo”. Y eso trae consecuencias: “Desorienta la acción planificada, disuelve los vínculos de confianza y compromiso, y separa la voluntad del comportamiento.” He aquí un catálogo razonado del malestar que pudiera aquejar la personalidad de millones que están en los negocios virtuales o que involucran espacios laborales cambiantes.

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Exitosos y desorientados, podría definirse a los miembros de esta clase social emergente, que en todos lados es parecida. Gente que vive a su aire y que no tiene un empleo repetitivo (cerca de un tercio de los empleos mundiales). Más libertad, pero ¿qué historia de sí mismos pueden contar? Cuando viene mi hija Mayte, de 12 años, y me pregunta lo que yo hago, le digo: “periódicos”. Y se va con una respuesta que habla de la identidad de su padre. Me aterraría responderle: soy consultor en sistemas multinivel en un colectivo de hackers que funcionan como soporte a inversionistas de capital de riesgo en paraísos fiscales del Caribe.  A lo mejor me iría de perlas, pero tanta flexibilidad sin historia, tanta discontinuidad hecha de pura narrativa y tanta ambigüedad sin destino compartido, acabarían por desconsolarme. Y a mi hija también.

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*El autor es periodista; director de El Observador y articulista especializado en medios de comunicación.

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