Bartlett y Dante

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Alfonso Zárate

Es muy temprano para anticipar qué partido ganará las elecciones presidenciales del 2000. Las encuestas que hoy ubican a un actor como favorito ayer daban la ventaja a otro. El ánimo colectivo es tan mutable y son tantas las cosas que pueden y van a pasar en los próximos meses, que es difícil imaginar hoy el escenario en que se decidirá “la madre de todas las batallas”. Aún así, vale la pena explorar la primera dificultad que enfrentará el PRI –aún la principal fuerza política– para decidir, sin fracturarse, la candidatura presidencial.

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En un partido que genéticamente ha dependido del presidente de la república –quien fijaba los tiempos y pronunciaba las palabras mayores–, la anticipación de Fox disparó la señal de alarma: lo observaban irse solo, posicionarse, avanzar. De allí la osadía de Manuel Bartlett de romper la ortodoxia, empezar a moverse y asumir el liderazgo de un priísmo agraviado. Conocedor de los usos del poder, esperó una reconvención que nunca llegó. Nadie le dijo en Bucareli o en Los Pinos que se estuviera quieto. Ahora, parece un poco tarde y será más difícil para el Presidente desinflar esa candidatura.

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Nadie ha tomado en serio, menos aún el propio Bartlett, el compromiso del Presidente de no intervenir en la sucesión. “Yo le creo”, repite cada vez que puede, como queriendo exorcizarlo. Pero Ernesto Zedillo será algo más que el fiel de la balanza.

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Que Zedillo podría frenar a Bartlett no es de dudarse –el doctor no es hoy el aprendiz de brujo de los primeros días de su mandato, cuando lo desafió con éxito el priísmo tabasqueño–. Lo que importa no es si intervendrá, sino a qué costo. Por ahora, Bartlett ha enviado señales de que no aceptará, sin más, su exclusión forzada o tramposa del juego sucesorio. Sigue tejiendo fino y movilizando piezas en su tablero particular. Así podría leerse la presencia de su operador político por excelencia, Fernando Elías Calles, en la asamblea constitutiva de Convergencia por la Democracia (CD) que preside Dante Delgado.

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De entre los nuevos proyectos de partido (Democracia Social y Centro Democrático), CD es la formación más estructurada. No se mueve en la epidermis, no interpela a los medios para obtener espacios en la prensa. Teje amarres políticos con personajes ignorados desde el “centro”, pero con gran presencia y control en las microrregiones; trabaja a ras de suelo, donde actúa la militancia y están los que votan. Convergencia presentó al IFE el mayor número de afiliados (176,000 firmantes) y no está de más recordar que su alianza táctica con el PRD en Veracruz hizo posible el efímero repunte del perredismo en 1997. Cuando Convergencia se retrajo en la reciente elección de gobernador, el PRD volvió a las exiguas cifras del pasado.

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El universo dantesco –menospreciado por la mayoría de los analistas– podría ser la pista de aterrizaje y despegue de un priísmo desplazado por los tecnócratas. Un Bartlett lastimado sería capaz de dar el salto hacia afuera y con él podrían irse muchos que ya están a medio camino, incluyendo miembros los grupos Galileo y Reflexión o la Corriente Renovadora. Allí podrían coincidir los caminos de Dante y Bartlett. En ese escenario, el PRI sufriría un desmembramiento fatal que multiplicaría las posibilidades de un frente amplio opositor.

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El autor es director de Carta Política Mexicana

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