Basurto, ¡de esas cosas no se habla!

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Ricardo Medina Macías

El Gordo Aníbal Basurto sigue anotando, con su imprudencia habitual, sus muy particulares juicios acerca de lo que sucede en México.

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En ocasiones me resulta difícil contener algún regaño amistoso hacia las audacias verbales del -Gordo. Semeja esos adolescentes que sondean la capacidad de escándalo de sus aburridos mayores y que, por lo general, acaban siendo regañados con estos o semejantes términos: -niño, de esas cosas no se habla... (y menos en la mesa, añade la tía Agueda siempre atenta a los -agravantes y atenuantes de cada ocasión.

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Hecha la aclaración, que en nada mengua la amistad que profeso al -Gordo, prosigo con las Memorias de Aníbal.

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“Abril. Poco falta para que se descubra que el SIDA y otros azotes a la salud de la humanidad son causados por el villano de moda: el neoliberalismo. Hasta la fecha, no he encontrado una satisfactoria definición de ese nuevo monstruo que, al decir de los enterados (desde el -subcomandante Marcos hasta Leonardo Boff, pasando por diputados priístas de indeclinable vocación demagógica), lo mismo come niños, que espanta la leche de las jóvenes madres o causa suicidios.

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“De lo que no cabe duda es que con todo su carácter fantástico, el neoliberalismo es el enemigo perfecto: está en todas partes y en ninguna, facilita la descalificación inmediata de quien no comparte nuestros prejuicios y engloba en una palabra lo suficientemente vaga las nociones de conspiración universal, malevolencia y poder que debe tener todo villano que se precie.

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“Es un consuelo, ineficaz pero consuelo al fin, ponerle nombre a nuestros males. Si carecemos de empleo, si el dinero no alcanza, si el matrimonio ha fracasado, si no podemos cumplir la palabra que empeñamos, la culpa no es, desde luego, nuestra, sino del neoliberalismo. En este sentido, México tiene una larga tradición de servidumbre cómplice con los tiranos que encuentra un nuevo sustento en este enemigo fantasmagórico. La ética personal es sustituida por la culpa omnipresente de la conjura neoliberal, la responsabilidad es reemplazada por los agravios neoliberales y seguimos, más o menos contentos, sumidos en esa paciencia servil tan cara a nuestra tradición mexicana desde la época del imperio azteca.

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“Si el gobernador Fulano, con documentada fama de deshonesto, cae, no es porque él haya violentado la moral pública sino por su adscripción al salinismo y, de ahí, al nefasto neoliberalismo. Tal vez si el gobernador de marras hubiese delinquido con mayor afán pero sin vinculación alguna al fantasma neoliberal, se hubiese salvado. Poco importa, en esta interpretación de -prestigiados analistas, que sea imposible encontrar el hilo conductor entre las pillerías de un típico gobernador priísta y las reformas económicas orientadas hacia el libre mercado y hacia la recuperación por parte de la sociedad de las prerrogativas que le enajenó el Estado semitotalitario.

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“Tan idóneo es para algunos intereses el coco del neoliberalismo que es la coartada perfecta para seguir repartiéndose el botín. Véase si no, la deliciosa y demagógica argumentación para exigir que en la administración de los fondos de pensiones de los trabajadores (¿pero en verdad serán de los trabajadores?) no estén ausentes los sindicatos (que no es lo mismo que los trabajadores), ni por supuesto el IMSS. Con envidiable -cara dura se nos dice que los administradores privados no son confiables y que aquí están de nuevo, para salvarnos de esos representantes del neoliberalismo, los impolutos dirigentes sindicales y los funcionarios que han medrado a ciencia y paciencia de los haberes de los trabajadores (habrá que imaginar una parodia en la que la verdadera liberación ocurre cuando descubrimos que nuestros liberadores son los autores de nuestra esclavitud y servidumbre o, mejor aún, una parodia en la que los esclavos aplauden a sus amos y repudian a quien les propone su liberación).

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“En el nuevo escenario de la política mexicana, donde el presidencialismo acotado ha resultado la coartada perfecta para que el viejo partido con vocación de partido único retome las riendas (en una vuelta a los años 30), el espantajo del neoliberalismo juega un papel eficaz. El Presidente propone reformas tímidamente, la -familia revolucionaria (ahíta de venganza) repudia cualquier reforma modernizadora como neoliberal y vende caro su apoyo al Presidente acotado, y el saldo son reformitas o contrarreformas. El viejo truco de que los ladrones gritaran -¡al ladrón!, ¡al ladrón!, para confundir a sus perseguidores, se ha transformado ligeramente. Ahora se -grita: ¡al neoliberalismo!, ¡al neoliberalismo!”.

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista

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