Bernardo Quintana Isaac

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Después de dos años, apenas está empezando a sentirse a gusto en la presidencia de Ingenieros Civiles Asociados (ICA). Vaya suerte... se la dejaron llena de hormigas.

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De por sí cuentan que su ascenso fue difícil: en 1994 se retiró su antecesor, Gilberto Borja Navarrete, por regla interna, debido a que superó los 65 años de edad. En ese entonces, el hijo de Bernardo Quintana Arrioja, el célebre fundador de la empresa junto con otros 18 ingenieros civiles de la UNAM en 1947, no era el candidato de todos los consejeros de ICA.

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La polémica no duró mucho, sin embargo, y un nuevo Quintana tomó las riendas del consorcio en el momento menos oportuno de su historia. El “error de diciembre” de 1994 no sólo le tumbó $1,000 millones de pesos por pérdidas cambiarias y derrumbó las perspectivas de toda la industria de la construcción para los dos años siguientes, sino que lo dejó con los dedos en la puerta.

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Si todo hubiera sido como antes, con simples contratos de construcción, las cosas no se habrían complicado tanto para ICA, Triturados Basálticos, SA (Tribasa) y Grupo Mexicano de Desarrollo (GMD). Pero la administración de Carlos Salinas de Gortari tuvo a bien inventar un sistema de concesiones para los 6,000 kilómetros de carreteras que logró construir en su sexenio. Llegó la crisis, se esfumó la perspectiva de entrar al primer mundo, y las constructoras se quedaron embarcadas con verdaderos “elefantes blancos”: supercarreteras inviables, por las que no cruzan más que unos cuantos autos al día (del transporte de carga ni se hable).

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Uno de los peores casos fue el de ICA, con parte de la México-Acapulco, que encima se convirtió en la capital nacional del derrumbe, así que el mantenimiento les ha costado un ojo de la cara. Es cierto, el gobierno tuvo que responderles a las constructoras, pues había comprometido un estimado de flujo, pero esto ha terminado por enfurecer cada año a los diputados que revisan el presupuesto, quienes no han dudado en cuestionar estos “apoyos a los ricos”. Es más, la cara de ICA tuvo que ensuciarse un poco cuando algunos legisladores, ya sea por ignorancia o por interés político, los mezclaron con la “mala fama” de Tribasa, por ejemplo.

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Esta confusión no debe haberle caído nada bien a los fundadores del consorcio que ha desarrollado gran parte de las obras de infraestructura de México y que ha tenido incursiones importantes en Latinoamérica, Asia e incluso Estados Unidos desde hace casi 50 años. Aunque existe un antecedente: apenas fundada, a ICA la llamaron dolosamente “Ingenieros Consentidos de Alemán”, por el gran dominio que ya tenía de la obra pública en aquellos tiempos.

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Pero, vaya, ésta era la intención desde el principio. Aquellos ingenieros se asociaron con el propósito nacionalista de que la construcción en México debía hacerse por mexicanos. Por eso se cuelgan medallitas como la del drenaje profundo de la capital y su Metro, o el desarrollo de Ciudad Satélite.

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Eso sí, como buenos integrantes de su generación, los principales miembros de ICA no ocultaron nunca su priísmo. De hecho, Gilberto Borja se dedica desde su retiro a las finanzas del PRI y a la ahora banca “de tercer piso” (por la inaccesibilidad de sus créditos): Nacional Financiera.

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Pero mientras Borja despacha en el sector público, Quintana tuvo que echarse a cuestas el paquetazo que le dejó. Y no lo ha hecho tan mal: para mediados de 1995 ICA ya tenía utilidades de nuevo. Su misión en estos años es la de darle al tremendo trasatlántico que dirige un giro de lancha rápida: más y mejor obra en otros países (ya que aquí andan muy codos con el presupuesto), y más compra de infraestructura.

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ICA anda ahora tras de líneas de ferrocarril, puertos (ya tiene Veracruz, y la Comisión de Competencia le echó abajo Altamira), distribución de gas natural y de agua en las grandes ciudades, generación de electricidad y hasta de la exploración petrolera. Para ello no ha dudado en asociarse con empresas de Estados Unidos y Europa; el propósito es que hasta 25% de los ingresos de este gigante no provengan de la construcción para 1997.

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Por si las dudas, ICA ha tenido que aprenderse rápidamente el concepto del proyecto “llave en mano”, con el que Bufete Industrial tuvo a bien darle unas cuantas patadas en las espinillas. Dolido y todo, Quintana aguanta: aún en 1995 continuó declarando por todas partes que México seguía siendo un buen lugar para invertir. Incluso el tricolor Borja era más duro en sus comentarios contra la apertura, en sus tiempos.

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O acaso es que Quintana tiene razón. En la mejor tradición del consorcio, trabaja de sol a foco en busca de contratos y concesiones al por mayor. Él es ahora invitado de honor a cuanta reunión de ingenieros se organiza en México y, como su padre en otros tiempos, no duda en echar números sobre todo lo que falta por construir en el país. Al fin y al cabo, para ICA el pasado fue un sexenio más en su larga vida y al nuevo Quintana todavía le falta un trecho para llegar a los 65 años de edad.

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