Brasil a la orilla del precipicio econó

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Joel Martínez

El ministro de Economía y el candidato del Partido de Trabajo de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, que lleva la delantera en los sondeos para las elecciones presidenciales, han soltado una oleada de críticas hacia Estados Unidos, al FMI y a las empresas calificadoras. En España, el segundo declaró que de ganar no se apegaría a los acuerdos pactados con aquella institución monetaria. Además, el presidente Fernando Henrique Cardoso ha dicho que los “jovencitos” de las calificadoras internacionales no pueden poner en duda la economía de un país, cuya realidad apenas conocen desde sus escritorios.

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La razón de tales críticas viene de que la nación sudamericana camina por al orilla de un precipicio económico. El riesgo país del gigante del cono sur muerde los 1,600 puntos y su moneda, el real, lleva una devaluación de 23% en el año. Sin embargo, el fondo de la crisis es más peligroso, pues está vinculado a la composición de su deuda pública interna y al perfil de vencimientos. El problema se centra en los pasivos externos y la cuenta corriente: hay una situación severa de finanzas públicas, que tiene un gran parecido con lo sucedido en Argentina. La deuda interna de Brasil saltó de 12.1 a 35% del PIB en 1998, cuando Cardoso buscó la reelección.

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Por otra parte, la deuda interna brasileña se hizo más explosiva. En 1994, aproximadamente 16% estaba contratada a tasa flotante; cuatro años más tarde la cifra aumentó a 71%. El segundo mandato se estrenó con el abandono de las bandas de flotación del tipo de cambio y, por lo tanto, con la devaluación del real.

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El nerviosismo y la desconfianza fueron las nuevas divisas en el mercado, lo que llevó a que los compradores de deuda interna sólo demandaran bonos indizados y de plazos cada vez más cortos.

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En este contexto, el FMI estableció un programa fiscal que perseguía fuertes superávit primarios de las finanzas públicas (sin intereses de la deuda), para mantener en cintura los niveles de deuda pública. Se buscaba que la deuda interna no fuera mayor a 50% del PIB, lo cual al final resultó un fracaso. Existe el agravante de que el país tiene una estructura de vencimientos muy deforme: hay amortizaciones de bonos por $17,300 millones de billetes verdes de junio a diciembre de este año.

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Lo peor es que muchos inversionistas no quieren renovar sus títulos y buscan comprar divisas estadounidenses. Difícil el panorama que le espera a Lula da Silva.

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El autor es Analista de temas económicos.

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