Cada quien su etnia

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Ricardo Medina

Antes la xenofobia era patrimonio de las “sensibilidades progresistas” de México. Al amparo del “nacionalismo” y con el auxilio de nuestra legislación chauvinista, se consideraba que siempre había que ver con recelo lo extranjero. Hoy día conservamos buena parte del catálogo de leyes, reglamentos y prohibiciones xenófobas y las “sensibilidades progresistas” suelen congratularse de que así sea.

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Por ejemplo, una vieja reglamentación prohibe a los equipos de futbol que juegan en el DF mandar a la cancha a más de cuatro jugadores extranjeros. Otra reglamentación, referida a las corridas de toros, prohibe en la Ciudad de México que en una tarde participe un número mayoritario de toreros extranjeros; hace días el empresario taurino trató de desafiar tal disposición aldeana y hubo de enfrentar la reprimenda y la amenaza de un severo castigo por parte del “progresista” gobierno de la capital del país.

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Hace unos años, cuando las comunicaciones y señales de video a través de satélites artificiales en órbita eran una novedad, una especialista en medios de comunicación, por supuesto “progresista”, Florence Toussaint, propuso que se establecieran “candados” para impedir que las señales extranjeras indeseables pudiesen ser captadas en territorio nacional; desde luego, invocaba la “soberanía” como argumento supremo.

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El nacionalismo, decía Samuel Johnson, es el último reducto del canalla. Tenía razón. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo como xenofobia sí, xenofobia no. En realidad es un asunto de etnias. La etnia de los medianamente ilustrados (que es legión) cree que sólo hay etnias indígenas y que ese es el “nombre culto” que reciben las tribus indígenas, siempre necesitadas de protección, asesoría, amparo e instrucción. Error. Lamentable error.

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Basta ver el diccionario de la lengua española: etnia es “una comunidad humana definida por afinidades raciales, lingüísticas, culturales y otras”. Así las cosas, cada quien su etnia.

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Tenemos a la muy amplia y difusa etnia de “las sensibilidades progresistas” y etnias más particulares, digamos la de los jurásicos que se resisten a evolucionar, encabezados por Manuel Bartlett.

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El problema, entonces, ya no es sólo de xenofobia sino de etnocentrismo, que es “la tendencia emocional que hace de la cultura (o etnia) propia el criterio exclusivo para interpretar el comportamiento de otros grupos, razas o sociedades”.

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De esta forma, el “jornalero” (derivación de la etnia “morralera” de hace dos o tres décadas) lee el mundo en las páginas de su diario favorito y en esa clave interpreta la realidad: el cosmos se divide en “progresistas”, buenos por definición y “reaccionarios”, malos también por axioma. El periódico se encarga de decirle quiénes son unos y otros. Se trata de una etnia conformada por afinidades culturales (que incluye la elevación al altar de los mitos de algunos héroes de carne y hueso, que no pueden ser tocados ni con el pétalo de una conjetura), que marcha al son que le tocan. Para los jornaleros Luis González de Alba dejó de ser “aceptable” porque osó reprochar a la mítica Elenita Poniatowska algunos malos plagios recogidos en su mítica “Noche de Tlatelolco” (mal tomados de “Los días y los años” del propio González de Alba) y lo expulsan de las páginas del mítico diario y de la etnia.

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Otra etnia, por ejemplo, es la “priísta”. Ricardo Monreal un día es distinguido militante de la etnia y al día siguiente, berrinche de por medio porque el supremo dedo de la etnia priísta no lo designó candidato, se convierte en paria de la etnia priísta y se arrojan sobre él las más terribles acusaciones.

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Este asunto del etnocentrismo resulta cómodo para sustituir la reflexión, el debate interior y la responsabilidad por decisiones personales tomadas libremente. Basta ver el catecismo al uso. Prohibido pensar por cuenta propia.

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Hoy el catecismo de la etnia “progre” acepta con agrado la globalización que hace unas semanas dijo aborrecer tanto. Se trata de la globalización encarnada en la etnia de los “observadores internacionales” y de los “campamenteros” por la paz que vienen, en seráfica misión, a evitar que los observadores mexicanos (digamos los medios de comunicación de una u otra etnia local) “observen” las cosas como no deben ser “observadas”.

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Vueltas que da la vida.

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El autor es director de Información de TV Azteca y colaborador de El Economista.

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