Celanese Mexicana <br>El último tren

Con un entorno politizado, que impide una resolución expedita del proyecto de privatización petroq

En el último año los inversionistas han esperado ansiosamente la privatización de la petroquímica secundaria. Pero si no hay una pronta respuesta del gobierno federal y del recién renovado Congreso de la Unión, su interés estaría pronto a agotarse. Al hablar sobre la privatización, en Celanese Mexicana (Celmex), una de las empresas más impetuosas del sector, recuerdan que el tiempo y los capitales son finitos; para México, el tren seguirá de largo, dejando al país en la estación con todo y maletas.

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Los movimientos de Luis Téllez –el nuevo secretario de Energía– y del Congreso de la Unión son la referencia cotidiana para la toma de decisiones de las inversiones que pueden optar por quedarse en el territorio nacional o buscar destinos más atractivos. Y todas las firmas multinacionales con interés en las plantas petroquímicas que aún administra Petróleos Mexicanos (Pemex) están seriamente preocupadas por lo prolongado del proceso de privatización.

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Ya al borde de la incredulidad frente a los avances de la autorización para manejar dichos complejos, empresas como Celanese advierten que si en 1997 no quedó claro el destino de dicha rama industrial, -difícilmente podrán esperarse más recursos para el siguiente lustro. Arturo Ledesma, director del Grupo Químico y de Empaques en Celanese Mexicana, es claro y directo: “El tiempo no es infinito y este es el momento ideal para el desarrollo de la industria.”

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Incluso, Ledesma agrega que, en vista de que en el mundo hay reservas probadas para los próximos cinco decenios, el país no puede esperar otros 30 años para decidir qué hacer en esta materia. “Ahora es cuando debemos aprovechar la riqueza del sector petroquímico, por el bien de México.”

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A escala mundial hay una clara transformación de la industria. Con tendencias diferentes, se requiere de más inversión en las plantas para aumentar su productividad y la competitividad de los productos elaborados. Desde que se anunció la desincorporación de las plantas de Pemex, la firma que en México dirige Thomas Mohr se colocó entre los primeros interesados en adquirir el complejo Morelos. Ante la dilatada desincorporación, en Celmex se declaran hoy abiertamente inquietos.

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La Secretaría de Energía ya diseñó una estrategia de privatización; lo que aún está pendiente es la estructura jurídica de las siete filiales de Pemex Petroquímica. Tras haber tomado el timón del barco, Téllez ha declarado una y otra vez que no habrá variación al plan armado por su predecesor –Jesús Reyes Heroles, hoy embajador de México en Estados Unidos– y que habrá continuidad. Sin embargo, los cómo siguen sueltos.

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Para los grandes capitales, un aspecto determinante es conocer los derechos de los que gozarán quienes tengan la minoría en los consejos de administración de los nuevos grupos. Ledesma reconoce que se trata de un punto demasiado complejo, quizá porque se trata de un caso sin antecedentes en la forma como había operado el sector paraestatal. Sin embargo, destaca que todo inversionista, sea mexicano o extranjero, necesita tener al menos la certeza de que ahí donde invierta su dinero, éste va a producir. “La participación de inversionistas pequeños tiene que ser tan importante como la del mayoritario, de manera que haya un balance que cubra los intereses de ambos.”

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Obligados a apoyar la transformación del sector petroquímico, los legisladores deben realizar modificaciones de fondo y con visión de largo plazo. Para los interesados es importante que las reformas no sean sólo transitorias, porque no resultan viables con el monto de inversiones. En Celmex está claro que no les interesa participar si la nueva empresa opera como paraestatal: “Simple y sencillamente no nos podríamos ajustar a las reglas.”

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No obstante, en años pasados esta firma trabajó de la mano del sector público en asociaciones exitosas como la de Tereftalatos Mexicanos, donde Celmex tenía una participación de 30%, Amoco, de 10% y el gobierno (a través de Nacional Financiera), 60%. Durante más de 10 años la sociedad se desarrolló sin problemas. Pero en Celanese destacan que lo importante fue que la empresa no tuvo el sello de paraestatal. “La flexibilidad en este tipo de empresas es básica para moverse en el entorno internacional”, reitera el ejecutivo.

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Ledesma ofrece argumentos. La ciclicidad de los productos, eventualidades como la explosión de una planta o las mismas condiciones del mercado no permiten que las empresas tengan que esperar un año obtener una autorización. Ya en la gestión diaria de cualquier compañía, algunas decisiones requieren de la aprobación de un consejo de administración, pero no de la votación del Congreso.

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LOS TIEMPOS CAMBIAN
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Con peros o sin ellos, en Celmex están interesados en establecer una asociación con el gobierno, admite Ledesma, siempre y cuando la nueva empresa cuente con la flexibilidad de una firma privada y se guíe por las condiciones del mercado.

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Los ejecutivos de Celanese han seguido con atención los cambios políticos que se han verificado en el país. Hoy, la participación de otras fuerzas políticas parece ser central en la viabilidad de los nuevos proyectos. Más que un decreto presidencial, es la aprobación de los legisladores a la venta de activos de las petroquímicas lo que traería la confianza necesaria para saber si las cosas están bien hechas. Incluso, el ejecutivo advierte que si el proceso “se realiza a través de un decreto o algo similar, Celanese no estaría dispuesta a entrar”.

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El gobierno parece estar obligado a desbrozar el terreno en términos favorables a los intereses de los inversionistas, para que desaparezcan las posibles dudas sobre una incursión en el negocio. Pero Ledesma aclara: “Nosotros no somos inversionistas sino industriales y queremos hacer crecer el mercado. Si las reglas están claras, sabes contra quién te enfrentas, tomas tu decisión como empresa y conoces estratégicamente a dónde quieres ir, en qué línea de negocios y contra quién.”

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Lo que Celmex busca es tener la propiedad de los activos –ya sea en su totalidad o en asociación con el gobierno– con un manejo compartido. De ninguna manera le atrae cumplir con un rol pasivo en este negocio. Dado el interés de las empresas privadas por aumentar la producción petroquímica, se plantea la necesidad de que la participación vaya más allá de 49%, si bien una venta de este porcentaje –con una activa participación de los accionistas minoritarios y sin los límites impuestos por una reglamentación propia de la industria paraestatal– ya está bien vista.

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Pero antes es necesario que el proceso de desincorporación aclare a todos los interesados la postura del gobierno. Ledesma confía en que habrá mecanismos para disminuir una influencia negativa de la autoridad en el manejo del negocio. “Partiendo de la base de lo que se ofrece, se pide permiso al Congreso de dejarlo fuera de las industrias paraestatales.”

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Entrevistado en la planta de Celanese en Toluca, Ledesma sostiene que la molestia que se percibe en el sector es porque se dejan pasar oportunidades que no volverán. “En el momento que se instalen las plantas en otro lugar, el tren habrá pasado y quien no se haya subido habrá quedado fuera.”

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Otras voces coinciden con esta visión. Arturo Navarrete, vocero de la Asociación Nacional de la Industria Química (ANIQ), critica el ambiente de zozobra que el sector vive: “Las indefiniciones han provocado que Mobil y Shell busquen mercados más atractivos.” Como Ledesma, el funcionario insiste en que los recursos son limitados y que no pueden estar detenidos mientras el gobierno toma una decisión.

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Pero, al parecer, el ala privada del sector petroquímico pelea sola la batalla. Para el resto de los industriales, que se venda o no la petroquímica no afecta severamente sus negocios; después de todo, pueden seguir comprándole a Pemex Petroquímica. Incluso, Ledesma cree que la apertura del gobierno para que los capitales instalen plantas nuevas no es una opción que convenza al grueso del sector privado, pues el mercado es uno solo y ya está bien atendido por un competidor robusto y maduro. En ciertas líneas de producto (como el glicol) el mercado nacional está cubierto y Pemex inclusive exporta. Actualmente, los productos fabricados por el gobierno cubren perfectamente los requisitos de consumo nacional y de exportación.

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Pero la ANIQ no quita el dedo del renglón: si el Estado ha expresado claramente su prioridad de exportar los barriles de crudo sin ningún valor agregado, para esta asociación lo deseable sería darle mayor libertad a los particulares en el manejo de los complejos petroquímicos. “Si el gobierno tiene otras prioridades, la idea de un modelo paraestatal no resulta atractiva”, reitera Navarrete.

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Celmex planea atacar en un nicho que el gobierno ha manejado durante 30 años y adaptarse a sus necesidades de consumo de glicol, propileno, polietileno y otros productos que anteceden su manufactura. Los directivos del consorcio prometen que “ninguna de las estrategias de Celanese estaría peleada con las estrategias actuales de Pemex, pero buscarían productividad, calidad, excelencia en manufactura, seguridad e higiene”.

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Para sacar mejor provecho de las circunstancias, Celmex pretende fusionar dos culturas de trabajo: la gubernamental y la privada. “Pemex es un magnífico productor, ahí no hay que enseñar nada”, admite Ledesma. Es en los métodos de administración del negocio donde la firma ejercería mayor influencia.

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También en la administración de los complejos, considera Ledesma, el sector privado puede aportar experiencias importantes. “Somos una empresa global, hemos aprendido mucho de Hoechst, lo que le ha permitido a Celanese ser una de las empresas más ágiles del mercado.”

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A pesar de la lentitud del proceso, la firma mantiene sus planes de inversión. Esta empresa busca adquirir el complejo Morelos (su actual proveedor de materias primas) para ligar la producción de etileno, propileno y polietileno a sus propias mercancías de forma más económica y eficiente. “Si el proceso ofrece esa alternativa, Celmex estaría dispuesta a mover lo que sea necesario para concurrir a la convocatoria del gobierno; pero si el esquema es diferente, no sería atractivo”, insiste el ejecutivo.

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Lo que resulta claro a los inversionistas es que, mientras en México aún se debate sobre si la apertura atenta contra los intereses de la nación, Brasil y Venezuela atraen cada vez más divisas. Una muestra de ello la dio Mobil Oil –empresa que consideraba la instalación de una planta de etileno, polietileno y oxietileno glicol en México– que, ante la ausencia de un marco legal concreto, se fue a Venezuela.

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EL NEGOCIO DE LA INTEGRACIÓN
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Con una inversión de casi $300 millones de dólares, Celanese confía incrementar más de 40% la capacidad de producción del complejo Morelos. Ledesma subraya que difícilmente se podrán justificar mayores inversiones hacia adelante si no se tiene el precursor. “Para justificar plantas nuevas de fibra corta, por ejemplo, se requiere estar apoyado en una excelente estructura de materia prima.”

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Ledesma desestima los lineamientos incluidos en el Programa de la Industria Petroquímica 1997-2000. “Como programa está muy bien, pero falta claridad jurídica para que se vuelva una realidad.” A pesar de sus avances, el proyecto deberá someterse a la discusión en el Congreso: si éste tiene disposición, “ya la hicimos”, dice el ejecutivo; si no...

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Hay otras razones que explican la prisa de Celanese. Con un bien estructurado plan de inversiones que apunta cadena arriba, la empresa necesita desarrollar su parte química, donde no ha crecido en forma importante. La inyección de recursos más reciente está en las plantas de PET. Independientemente de la privatización, sus planes son invertir $150 millones de dólares anuales en sus líneas de poliéster y de empaque. En busca de la integración, tiene un interés especial en los precursores para poliéster (etileno, oxietileno y glicol). En la producción de ácido tereftálico (otro componente más del poliéster) no hay atractivo, pues Alfa domina el mercado con Tereftalatos Mexicanos y Petrocel.

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Celanese, pues, quiere ser uno de los productores más importantes en América Latina de películas flexibles de polipropileno, donde la integración es vital. “Pemex tiene plantas de poliproleno que se ajustan a las necesidades de Celmex”, admite Ledesma, quien agrega, insistente: “El complejo Morelos se adapta perfectamente a nuestras necesidades de integración.”

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Celanese es uno de los principales productores de poliéster en el mundo; Hoechst, su socio, cuenta con una fuerte capacidad de producción de glicol en Estados Unidos: 350,000 toneladas anuales, es decir, dos veces y medio la capacidad del Morelos. Con esa cifra, la empresa alemana abastece su autoconsumo.

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A pesar de una trayectoria que ya suma 53 años en México, los directivos de Celanese no se inhiben al advertir que si la situación de las plantas petroquímicas no se aclara, los capitales frescos de la compañía buscarán terrenos más fértiles.

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