Cervantes y Shakespeare

Nunca se conocieron, aunque se encontraron el día de su muerte

Nacieron separados por el tiempo, el lenguaje y la geografía. Uno en Alcalá de Henares, España; el otro en un pueblo próximo a Londres, Stratford-on-Avon, del que rara vez se sabe algo más que su nacimiento. Nunca se conocieron, pero sus vidas tuvieron algunos rasgos comunes.

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Ninguno se supo predestinado al ejercicio de las letras. El manchego se convirtió en soldado y se fue a Italia en busca de fortuna; en 1571 participó en la batalla de Lepanto, donde perdió la función de la mano izquierda. Pasó cuatro años en el ejército.

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Cuando regresaba a su patria, con perspectivas de colocarse en un buen puesto, la galera en que viajaba fue apresada por piratas berberiscos. Durante los cinco años que estuvo preso en los calabozos de Argel descubrió que era escritor.

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El inglés llegó a la misma conclusión por caminos igualmente azarosos. Casi nada sabemos de su infancia, salvo que era hijo de un comerciante venido a menos. Sin cumplir los 18 años se casó con Ann Hathaway, quien le llevaba ocho. Antes de partir a Londres –quizá perseguido por cazar en el coto de algún noble– tuvo tres hijos con ella. Su rastro se nos pierde por casi una década. Seguramente practicó algunos oficios poco decorosos hasta ser aceptado en una compañía teatral. Con la intención de crear mejores papeles para sí y para sus amigos tomó la pluma, un poco sorprendido de su riqueza y pulcritud. Lo que resta es la historia de la literatura.

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Poco importa que el español regresara injustamente a la cárcel en Sevilla, por causa de una deuda, o que el actor progresara hasta convertirse en empresario y dramaturgo de la corte: ambos estaban ya en el camino de resumir los sueños y las pasiones de su patria, de su época y aun los de la condición humana.

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Seis años antes de morir el inglés regresó a su pueblo, convertido en caballero, y abandonó las letras; el manchego publicó en 1615 la segunda parte de su obra maestra. El 23 de abril de 1616 la muerte visitó a ambos. En cierto modo, sus vidas divergentes se encontraron en ese momento: desde entonces habitan juntos, casi sin compañía, la más alta casa de la literatura. A 385 años sabemos que seguirán ahí.

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