Clic, send y ya

La cámara integrada al celular se está convirtiendo en un commodity; sin embargo, su uso real es m
Antonio Puertas

El mundo de la tecnología, especialmente el de los dispositivos de uso personal (o gadgets), con frecuencia está dominado por impulsos poco racionales y por modas que a la larga se convierten en adicciones. Tomemos por ejemplo el reciente caso de los mensajes escritos que ya compiten contra los programas de chat por internet. Otro ejemplo son las cámaras incorporadas a los teléfonos celulares, que parecen propagarse como epidemia de gripe. ¿Hay alguien que, pasada la novedad, de verdad utiliza la cámara fotográfica de su celular para consolidar una colección de imágenes?

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No sólo se trata de cámaras que toman fotos de bajísima resolución sino que además sufren de otros impedimentos: imágenes casi siempre borrosas (pocas veces el lente enfoca correctamente) o movidas (por limitantes en la velocidad de exposición), cuadros oscuros y alejados (carecen de flash y zoom), y restricciones diversas a la hora de transferir los archivos a nuestra PC.

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Conscientes de ello, las compañías fabricantes de celulares han evitado anunciar sus productos como los clásicos dos-en-uno, pero ahora la cámara foto- gráfica integrada al teléfono está convirtiéndose en un commodity: algo que los fabricantes incluyen en los equipos más nuevos y que el usuario ya espera (o desea) naturalmente, pero sin una conciencia clara del porqué.

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La idea de tomar fotos con el celular complementa una oferta de servicios de las compañías telefónicas. Las nuevas redes inalámbricas –como la temida y temible GSM– abren la posibilidad para transmitir voz y datos sobre una misma plataforma, lo cual está transformando nuestro uso del celular. De ahí la plaga de celulares con cámara incluida.

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Hace no muchos años el teléfono móvil era una extensión de nuestro teléfono de trabajo. Poco a poco se ha convertido en el principal medio de localización, al grado de que cuando nos presentamos es el primer número que damos. Pero el envío de datos sigue siendo una piedra en el zapato: las tarifas son caras y las velocidades de enlace más lentas que la célebre tortuga de la fábula. Enviar un correo electrónico de extensión moderada (10 KB) y sólo texto, además de lo laborioso de su redacción en un teclado telefónico, cuesta $1.50 pesos, aproximadamente. Un mensaje con foto incluida (60 KB, por ejemplo), cuesta $9 pesos. En cambio, cada mensaje escrito tipo SMS cuesta un peso, sin importar su extensión.

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¿Por qué la diferencia? Mientras que los mensajes SMS sólo transitan por la red de la compañía celular, los mensajes tipo e-mail deben por fuerza pasar a otra red (internet), lo que provoca costos adicionales por interconexión.

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De manera que, a fin de cuentas, el celular con cámara facilita más el negocio de la telefónica, inaugurando otras vías de ingresos y, con aparatos que carecen de conexión a la PC, obliga al usuario a transmitir esa imagen a una cuenta de correo que reside en una plataforma de red distinta. No es de extrañar que hoy existan promociones que nos ofrecen los mensajes multimedia totalmente gratis, pues está creándose un mercado. En ese aspecto, las telefónicas copian la misma lógica de aquel vendedor de droga que decía: “Mira, primero les regalas la droga y los vuelves adictos; ya después, les cobras lo que tú quieras”.

*Periodista independiente especializado en temas de tecnología: apuertas@expansion.com.mx

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