Cómo comer bien en restaurantes... y no

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María Josefa Cañal

“Tenía un modo particular de descorchar la botella, de verter el líquido, de analizarlo inclinando el vaso y elevándolo luego a la altura de la vista para mirarlo al trasluz y apreciar perfectamente su color. Cuando la bebía, su larga barba, que había conservado el mismo tono de su brebaje amado, parecía temblar de ternura; sus ojos padecían un estrabismo especial para no perder de vista su -bock y su aspecto todo parecía ser el de un hombre que estuviera cumpliendo la única función para la que había nacido”.

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¿Tanta alharaca por un vaso de cerveza?, se preguntarán quienes lean este pasaje de -Bola de sebo de Guy de Maupassant. Sólo quien goza al saborear una buena bebida o platos exquisitos, comprende el placer del paladar, ejemplificado por este personaje. Por eso, los sibaritas no pueden permitir que la crisis les impida degustar los platillos que ofrecen los restaurantes mexicanos. Para ellos van unas recomendaciones, con el fin de que sigan comiendo bien fuera de casa sin tener que empeñar el televisor.

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Los restaurantes decorados con lujo no siempre son -aquellos donde mejor se come. Podría decirse que ocurre lo contrario: la gran inversión que el dueño del lugar necesita recuperar puede reflejarse en precios altos. Un restaurante pequeño, sobrio, muy limpio, con atención directa del dueño, puede ser mayor garantía de calidad.

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Otro factor a tomar en cuenta es la gente. Aunque no hay que dejarse llevar por la moda, la cantidad de comensales indica que la comida es buena, del día y a un precio accesible.

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La recomendación de boca en boca es útil, siempre y cuando se compartan gustos con el interlocutor. Hay personas que se dejan “apantallar” por los precios o las trazas de un lugar, sin tener el mínimo gusto para distinguir un buen guiso de uno deplorable.

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No dude en consultar la carta de un restaurante. Luis Cepeda, miembro de la sociedad -gastronómica Cofradía del Ciento de Madrid, asegura que un menú donde aparecen unos cuantos platillos suele ser síntoma de una elaboración cuidadosa, materia prima fresca y un -chef que controla todo lo que sale de su cocina. Cepeda desconfía de las cartas interminables donde no se advierte la especialidad ni la línea del restaurante, sospechando que en el lugar se mantienen los platillos en congelación, para no tener que negarlos cuando los clientes los solicitan.

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Con frecuencia, ante la perspectiva de salir a comer o cenar uno se salta la comida anterior. Con esto, lo único que se logra es que, al sentarse a la mesa, uno intente saciar su enorme apetito sin deleitarse con el platillo que ha ordenado. Craso error que puede llevar a pedir platos de más, con el consiguiente deterioro del bolsillo.

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Para quien es de buen comer, los encuentros gastronómicos donde un restaurante ofrece menús de degustación pueden ser una buena oportunidad de conocer guisos distintos y sofisticados que, de otra manera, sería muy costoso probar.

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Ver detenidamente la lista de precios suele ser una ayuda. Muchas veces un precio alto indica que la materia prima es importada o que está fuera de temporada: ordenar cierto tipo de pescado cuando hay veda, un postre de mango o chiles en nogada cuando no es la época, puede resultar prohibitivo. Fuera caprichos.

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Un renglón en el que es fácil irse de la mano es el de las bebidas. Los elevados impuestos y la subvaluación del peso propician que en ocasiones se pague más por una copa de cognac francés o de anís español que por un elaborado platillo. Tal vez llegó el momento de valorar la estupenda cerveza mexicana, tan cotizada en el extranjero, y reservarnos para brindar en casa —a menos de la mitad de precio— con los aperitivos o digestivos de calidad.

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Los postres se cuecen aparte. Sus precios son altos, sobre todo ahora que adquirieron relevancia y variedad en su presentación. Para los golosos que no la pueden pasar sin ellos, sería conveniente ver si no resulta más económico tomar el postre y el café en la cafetería de al lado.

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