Cómo entender el precio (de todo)

Asignar un valor a las cosas es una forma de otorgarles distintos grados de prioridad. Lo hacemos to
Hernán Iglesias Illa

Hace ocho años, trabajando para The Wall Street Journal en California, Eduardo Porter conoció a un inmigrante mexicano sometido a un dilema tan personal como económico. El hombre quería traer de México a sus dos hijas, pero no sabía si hacerlo ‘por la línea’ (por el paso fronterizo de Tijuana, con documentos falsos) o ‘por el monte’ (caminando por el desierto desde Sonora hasta Arizona). En carro, el viaje era rápido y seguro, pero costaba alrededor de 5,000 dólares. A pie, las condiciones eran durísimas y peligrosas, pero la operación costaba menos de un tercio. ¿Qué hacer?, se preguntaba este migrante, como si en el fondo se estuviera cuestionando cuánto valían las vidas de sus hijas.

- Porter, que nació en Estados Unidos, pero pasó su infancia y su adolescencia en México, tuvo en ese momento la idea original de The Price of Everything (El precio de todo). “Vi en ese momento que aquel hombre, probablemente sin darse cuenta, le estaba poniendo un precio a la vida de sus hijas”, explica Porter en su oficina de The New York Times, donde es miembro del consejo editorial.

- Con la premisa, entonces, de investigar cómo afectan los precios las decisiones que tomamos, Porter empezó a reunir historias e ideas sobre el precio de las cosas que compramos, el precio que le damos a nuestro trabajo y, también, el precio de nuestra felicidad.

- El resumen de su posición está incluido en el libro: “Los precios son bastante buenos para organizar el mundo”, dice Porter, pero aclara: “Casi siempre”. Porter conversó con Expansión una mañana de enero en su oficina en el piso 13 del nuevo rascacielos del Times.

- En el libro habla mucho de cómo las empresas deciden los precios de sus productos. Los consumidores sabemos que lo hacen, pero, aun así, sus estrategias siguen siendo exitosas.
No es fácil prestarle atención a todo lo que tenemos alrededor. Es más, mucho ocurre debajo del radar de nuestro raciocinio. El hecho de que (como explico en el libro) tendemos a creer que las cosas más caras son mejores que las cosas baratas es algo muy fundamental que tenemos incorporado en nuestro ser. Como el experimento con placebos que uso en el libro, en el cual un grupo de investigadores le dio a un grupo de pacientes un placebo y les dijo que su precio era 2.50 dólares y después les dio el mismo placebo a otros pacientes y les dijo que costaba 10 centavos de dólar. El grupo que recibió el placebo caro reportó resultados mucho mejores que el que recibió el barato.

- Esto ocurre porque tenemos dos aparatos cognitivos: uno en el lóbulo frontal del cerebro, deliberativo y evaluativo, donde razonamos con más calma; y luego tenemos otro cerebro más impulsivo, en el tálamo. Todas estas conductas medio absurdas que vemos a nuestro alrededor son porque estamos razonando con partes del cerebro no preparadas para esto.

- ¿Qué relación tiene con otros autores que han usado la economía del comportamiento para explicar la cotidianidad?
Ocupamos el mismo espacio, cada uno con sus particularidades. La ‘economía del comportamiento’ me interesa, pero el libro no es sobre eso. La economía neoclásica es adecuada para muchas cosas, pero no siempre para explicar cómo nos comportamos. La economía del comportamiento, entonces, te enseña que los humanos no somos siempre racionales, pero no sé si son las cosas más importantes que no caben en la ‘caja’ neoclásica.

- Muchos analistas dicen que México debería flexibilizar su mercado laboral y esto implica su precio.
No me sorprendería ni un poquito que en México, donde el sindicalismo que existe hoy es una criatura de los años 30 y que casi no ha evolucionado desde entonces, existan rigideces laborales absurdas. Tampoco creo que eliminar todas las rigideces sea justificado. El salario mínimo, por ejemplo, es una rigidez en el mercado laboral que, si la quitaras, seguramente permitiría algunos salarios por debajo del salario mínimo que ahora no existen. Sin embargo, me parece una propuesta razonable como sociedad decir “no me interesa vivir en una sociedad donde se paga el trabajo menos que esto”.

- Algunos economistas han propuesto crear un mercado legal de órganos, permitir que la oferta y la demanda (y sus precios) regulen la disponibilidad de, por ejemplo, riñones para trasplantes. ¿Cuál es su opinión?
Está prohibido en casi todo el mundo. Lo que yo creo es que tienes que decidir lo que quieres. Yo diría que autorizar el comercio de riñones probablemente aumentaría el bienestar colectivo. Hay evidencia de que permitiendo la donación de riñones subiría sensiblemente el número de riñones para transplantes. (El economista) Gary Becker ha calculado que si le pones un precio de 15,000 dólares, el suministro aumentaría más de 40%.

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- América Latina es una región que, históricamente, ha mostrado poco cariño por la idea de precios libres. ¿Por qué?
En América Latina, los precios siempre han sido un instrumento político, una variable de control. En lugar de entenderlo como la reflexión de un acto social (que es lo que son una economía de mercado), en América Latina han sido entendidos como una variable de control por el poder político. Eso uno lo ve en México, en Argentina, en todos lados. El gobierno de turno cree que lo controla, pero no es así. Pones un control sobre este precio y mañana tienes un mercado negro o escasez en este otro lado.

- En una parte del libro escribe una frase que parece la síntesis ideológica del libro: “Los precios son bastante buenos para organizar el mundo, casi siempre”. ¿Es así?
Es así. Y las sociedades democráticas tenemos que saber dónde los dejamos operar y dónde no los dejamos operar. Y en este sentido, mi tendencia es estadounidense. Prefiero dejar operar los precios y después intervenir antes que primero intervenir y después ver cómo operan.

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