Comer la razón

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Ignacio H. de la Mota

Todo, incluso las crisis más duras (como esta que atravesamos), tiene dos perfiles: uno positivo y otro negativo. Y quienes son inteligentes, no pierden de vista a ninguno de los dos, porque si malo es el pesimismo, a la larga peor puede resultar un optimismo desmesurado, que surge al imponer irreflexivamente una visión positiva de los malos momentos.

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El factor gastronómico es uno de los que ha sufrido con mayor dureza la actual situación económica que atraviesa el país. Su inmovilismo, cuando no la paralización de los proyectos que ya estaban en marcha y constituían la razón de ser de la empresa, junto con la caída vertical de las ventas, así como la imposibilidad de hacer frente a los proyectos en estudio y la desgana consiguiente a iniciar la consideración de otros nuevos, han llevado a abandonar ese reducto del mundo de los negocios, a todos los niveles y en todas sus fases, que constituía el restaurante. Era y es una especie de ampliación, a efectos de desarrollo comercial e industrial, amén de relacionarse con los demás, del viejo dicho de "mi casa es mi castillo", en el sentido de que, fuera del hogar, donde se recibe a la familia de los negocios, para iniciar un contacto, para celebrar unos acuerdos, o para proyectar un futuro en común, ese castillo hipotético era el restaurante. Casi iba a decir "mi restaurante" porque, aunque las circunstancias obligan muchas veces a acudir a cualquiera de ellos, por imposición de la otra parte o por así aconsejarlo las conveniencias, cada quien tiene el restaurante de su preferencia, aquel en el que uno se siente "como en casa", tanto por el ambiente y atenciones del personal como por la calidad y bienhechora de su comida, factor éste muy importante y trascendente. Incluso hay que tomar en cuenta el punto de vista de la propia salud cuando, como ocurría en el pasado reciente y por necesidad del trabajo, había que comer y hasta cenar fuera de la casa, al margen del entorno familiar.

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Esa circunstancia -además de otras muchas razones, como la de animar al invitado a no quedarse corto en la elección de su menú; la de demostrar que no se estaba para escatimar, porque había solvencia suficiente; la de sentirse atraído por la tentación de los platillos, no habituales en casa, y un largo etcétera- llevaban a comer más de lo necesario y a consumir alimentos no muy convenientes para el organismo. Porque no en vano se suele comer más con los ojos que con el apetito, independientemente de que muchas veces se solicitan platos un tanto complicados y complejos, por el afán de demostrar a los demás que uno sí sabe lo que se guisa, aunque el estómago y todo lo que sigue a su ingestión mantuvieran lo contrario Y es que, realmente, no se sabía lo que se estaba guisando, en el sentido que aquí damos a dicho concepto.

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Ahora, cuando la realidad impone ausentarse más de los restaurantes (la crisis económica supone ya, para desgracia de todos, una pérdida de 60% de las operaciones de esta industria, dato que por sí solo anuncia la gravedad de la situación) hay que ver ese lado bueno que se contrapone al malo. Y este ejercicio puede valer tanto para la vida nacional, como para la individual de cada hombre de empresa y de cada ejecutivo.

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Hay factores importantísimos, decisivos a favor de esa ocupación de los restaurantes, habituales hasta un pasado reciente, pues se trata de centros en los que se busca solución a muchos problemas empresariales y de otras actividades que se desarrollan alrededor de los mismos.

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Como parte positiva, se impone aprender a comer, sobre todo fuera de casa, sabiendo establecer menús lógicos en los que se den cita todo cuanto precisa el organismo humano para recuperar las fuerzas perdidas y permanecer en el estado de salud perfecto que corresponde. Y no por capricho o moda, sino para poder atender bien los negocios en el estado físico y espiritual que por lógica misma aconsejaba el clásico: "Lens sana in corpórea sano ". Hay que aprender a comer con la razón y no con el capricho, aun cuando a éste se le pueda conceder de vez en cuando cierta atención.

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El presente es un momento ideal para aprender estas técnicas de comer bien y bien comer, pues en contra de lo que muchos piensan, siempre es posible combinar ambas cosas. No hay que olvidar que el ciclo depresivo actual acabará por desaparecer y, en su lugar, volverán los buenos tiempos, aquellos en los que el restaurante volverá a ser el centro de un aspecto importante de la vida profesional e individual de los empresarios y ejecutivos. Pero hay que estar preparados para ello.

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El autor es escritor, periodista y profesor universitario.

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