Con espinas atravesadas

La falta de tecnología, logística y crédito retrasan el avance floricultor. La demanda local es f
Yolanda Ruíz

Son las cinco de la mañana en la Central de Abastos, en la Ciudad de México. Las camionetas repletas de flores se aglomeran para la descarga. Cerca de 1,500 floricultores de toda la república tratarán de vender, al mejor precio posible, su carga fragante pero efímera. Juvenal Viramontes llega todos los lunes, miércoles y viernes al Distrito Federal. Él fue uno de los productores que participó en la construcción del techo que hoy cobija a los microempresarios de la flor. Cuenta que en 1995 se mudaron del mercado de Jamaica a la Central, y que ellos mismos se encargan del aseo y de pagar lo que haga falta para mantener su espacio de venta. Viramontes es pequeño productor y también encabeza la Asociación de Pequeños Floricultores de Villa Guerrero (Asflorvi), que reúne a 675 sembradores de esa localidad del Estado de México.

- El mercado de la Central es de $15 millones de pesos diarios, que se duplican en ocasiones especiales, como el día de la madre. Pero la queja es general: la Central de Abastos no está preparada para la flor de corte, los follajes y las plantas de ornato. Los productores tienen que hacer fila hasta por seis horas para vender. En ese tiempo, la flor permanece a la intemperie en la camioneta, lo que perjudica la calidad. Al final, tienen que bajar los precios y además el porcentaje de merma es elevado.

- En el último lustro la demanda nacional creció 5% anual en promedio. Ricardo Degollado, presidente del Consejo Mexicano de la Flor (CMF), asegura que el mercado doméstico es la gloria y el pecado para México. “Como existe demanda interna, el productor mexicano no necesita esforzarse. Puede vender sus flores de una forma primitiva y rústica, sin tecnología”. Continúa: “El sistema de transporte es arcaico. Los productores tardan cuatro meses en producir sus flores y, en dos días, la cortan, la dejan al sol, la ponen en una camioneta sin refrigeración ni protección, se deshidrata con el aire y llega al mercado en condiciones insuficientes.” La única solución a todos estos obstáculos, advierte este empresario, es la construcción de una central de abastos sólo para las flores.

- Viramontes, quien tiene dos héctareas de plantaciones, no se queja tanto, aunque reconoce que hay que buscar más salidas, como la exportación. Con ese objetivo, calcula que en dos meses echarán a andar una comercializadora de flores que agrupará a 100 agricultores y que recibirá 25% de su capital de Fosir, un órgano de gobierno que ayuda a la formación de microempresas. Ambos floricultores coinciden en que falta financiamiento para enfrentar nuevas inversiones. Viramontes no da vueltas al asunto: “El principal obstáculo es el de los créditos”; la siembra de flor no es un negocio seguro para ellos, afirma, porque el financiamiento de la banca privada todavía está cerrado.

- Esperanza exportadora
México solo participa con 0.6% del mercado mundial. Tiene poco más de 14,000 hectáreas de plantación de flores, de 30 millones que existen en el mundo. De aquellas, 11,159 son a cielo abierto y el resto invernaderos. Se cuentan unos 10,000 productores en todo el país: 75% son pequeños, 15% medianos y 9% grandes. Se exporta 10% de todo lo que se siembra; 90% de la producción se concentra en cinco estados: Puebla, Michoacán, México, Morelos y Baja California, y 80% de los productores sólo vende en el mercado local.

- La exportación se vislumbra como la clave del crecimiento para el sector. Aunque el país se abrió tarde al mercado internacional, la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte y la reciente aprobación del acuerdo comercial con la Unión Europea son los disparos de salida del desarrollo floricultor. Actualmente, 90% de lo que se vende fuera va a parar a Estados Unidos, cifra que representa sólo 4% dentro de las importaciones totales de flor de corte del país vecino. Los principales competidores de México en los mercados internacionales son Colombia y Ecuador, dedicados básicamente a la exportación.

- A Europa sólo llega 1% de las exportaciones mexicanas. El tratado comercial con esa región –que comenzará a regir en julio próximo– suprime los aranceles que antes eran de hasta 22%, y establece una cuota de 700 toneladas para rosas, claveles, orquídeas, gladiolos y crisantemos. Si se supera esta cantidad, los exportadores tendrán que pagar un impuesto de 12.5%, una condición que será revisada en tres años.

- Aunque Javier Juseppe, gerente de mercado para Europa del Banco Nacional de Comercio Exterior (Bancomext), dice que la floricultura fue uno de los sectores menos favorecidos del tratado, también reconoce que el país está en buena posición competitiva respecto del viejo continente, porque “hay ventajas para especies que ellos no cultivan, como plantas tropicales, follajes exóticos y variedades (originarias) de países europeos como Holanda que han empezado a producirse aquí. Todo es orientar la producción a un nuevo mercado que tiene sus dificultades, básicamente logísticas”. Pese a las limitaciones que enfrenta México –como las tecnológicas–, el clima le permite sembrar cualquier tipo de flor, y la conexión terrestre con Estados Unidos le consiente lo que a ninguno: llevar las flores en camiones refrigerados, donde el producto se dispone en agua, la mejor forma de conservarlo.

- En 1998 se exportaron flores de corte por $17 millones de dólares (90% flores frescas). Según el CMF, hay 98 exportadores en toda la república, pero 75% de las ventas externas las acapara uno solo, el Grupo Monarch, constituido por Visaflor, Cosmoflor y Monarch. El presidente de Visaflor, Gilberto Rendón, explica que controlan toda la cadena, desde la producción hasta la distribución: “Estamos organizados vertical y horizontalmente”. El grupo tiene 200 hectáreas plantadas de flor fina bajo invernadero, la mitad del total sembrado con este sistema en el país.

- Se trata de un negocio que requiere conocimiento, inversiones fuertes y un gran compromiso entre el agricultor y el distribuidor, puntualiza el grupo. Sabe que la manera de entrar en otros países es dar valor agregado a su producción, y por eso hacen arreglos y bouquets, y se encargan de poner a sus plantas el código de barras que exigen los supermercados de Estados Unidos.

- Por otra parte, la estrategia más interesante, a juzgar por Bancomext y el CMF, será la coinversión entre mexicanos y extranjeros. Estas asociaciones llenarán los huecos tecnológicos y de logística de México, y las empresas foráneas contarán con mano de obra calificada y competitiva, un clima excelente para la producción y una proximidad inmejorable con el mercado de América del Norte. La alemana Hans Dogster entró en este modelo de coinversión con mexicanos, y Floraplant, su empresa en México, tiene las plantaciones de esquejes de geranios más grande del país, con 50 hectáreas.

Tecnología externa
Una de las grandes trabas que enfrenta la exportación mexicana, según todos los entrevistados, es la distribución. La rudimentaria logística repercute en la calidad de la flor. El producto tiene que esperar en los aeropuertos y otras veces bajo el sol en los puertos; la cadena de frío también se desbarata en ocasiones al cambiarse la flor de un medio de locomoción a otro. - Ebrex, una firma holandesa de logística especializada en carga normal y productos perecederos, se estableció en el país hace cinco años. “Hay que cambiar la mentalidad de exportación del mexicano. Él quiere el dinerito y no le importa a quién se vende su producto, cómo se comercializa. El problema es que México no tiene infraestructura: no hay bodegas refrigeradas, no hay suficientes generadores”, dice Kim Riddell, gerente comercial de la filial.

- Por ahora, sus clientes son europeos. Riddel presume su estrategia: “Hacemos control de calidad, damos un reporte al exportador de cómo llegó su mercancía y así se evitan abusos, porque muchos dicen que el producto llegó mal para pagar menos.” Ebrex percibe un buen negocio en México y por eso está construyendo bodegas refrigeradas en los puertos de Altamira y Tuxpan, de unos 3,500 metros cuadrados cada una, y piensa abrir oficinas en Guadalajara y Monterrey para el 2001.

- La tecnología es otro asunto pendiente. Aunque las compañías más grandes lo han resuelto, el resto no. Se requieren altas inversiones, sobre todo cuando las plantaciones son de invernadero. Una estructura de este tipo cuesta entre $500,000 y $1 millón de dólares por hectárea, dependiendo de la variedad de la planta y de la sofisticación del invernadero.

- Luego, hay que pagar las patentes para cultivar nuevas especies y evitar la piratería  floral (el robo de las semillas). Hoy no hay empresas mexicanas que realicen hibridación de plantas (la mezcla de especies distintas para crear una nueva) para comercializarlas, por lo que hay que importar esta tecnología. Se compra la planta madre y las compañías locales hacen la propagación. Las extranjeras hibridadoras hacen 250,000 cruces para obtener una nueva variedad comercial que luego venden entre $0.50 centavos y $10 dólares por planta.

- Como dice Rendón, las relaciones con las empresas de tecnología de punta, situadas sobre todo en Francia, Holanda e Italia, tienen que ser impecables. “Este mercado está sujeto a las modas. Si existe algún conflicto con tu hibridador, tarde o temprano quedas fuera del mercado”. Actualmente,  sólo Grupo Pulsar tiene aquí un laboratorio de biotecnología pero apenas empieza a experimentar con nuevas especies.

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- Javier Migoya, presidente de la Asociación de Productores Bajo Invernadero (Asproflor), está convencido de que el futuro es que el país haga su propio desarrollo de nuevas especies. “El camino es largo, pero hay que empezar a recorrerlo. Ya hay universidades que están trabajando con algunas especies, además de coinversiones con empresas extranjeras que lo harán posible.”

- Aunque el interés exportador crece en México, los niveles de comercio exterior son todavía bajos debido a que las empresas locales no han desarrollado compromisos sólidos con distribuidores en otros países y no tienen dinero para invertir en tecnología. También es consecuencia de un mercado doméstico enorme que absorbe casi toda la producción nacional a precios competitivos. Aún así, las condiciones climáticas, la mano de obra barata y la integración de empresas extranjeras y mexicanas pueden convertir a México en una potencia en floricultura. El sector, seguro, florecerá. Y ahora mucho más, gracias a los tratados internacionales.

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