Con garras muy afinadas

Sin saberlo, la banda diseñó en la práctica una exitosa estrategia empresarial que los llevó a l
Sam Quiñones

Mucho antes de que el Tratado de Libre Comercio con América del Norte y el fin de los aranceles forzaran a las empresas mexicanas a preocuparse por sus clientes, la banda norteña ya practicaba el nuevo credo.

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Hoy, Los Tigres del Norte son el conjunto binacional más importante del mundillo musical. Desde su base en San José, California, han producido 33 discos, 14 películas y ganado un Grammy, el premio más importante de su medio; en suma, son los reyes de la música popular mexicana, con 32 millones de copias vendidas.

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Ya han cambiado su temática musical dos veces, primero con canciones acerca del contrabando de drogas (los corridos sobre el narcotráfico) y, después, sobre la inmigración. Además, modernizaron la música norteña, infundiéndole ritmos de cumbia, rock y efectos sonoros (emplean sonidos de metralletas); así, crearon un estilo a partir de esa música popular que arranca sus armonías al acordeón.

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Ellos pudieron lograr todo esto al manejar su banda como un negocio y cuidar a su público de una manera desusada, lo que a su vez ha convertido a Los Tigres en una de las empresas mexicanas más exitosas de los últimos tres decenios.

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"Abundan las tentaciones: las drogas, el alcohol, las mujeres... Pero nosotros consideramos nuestra actividad como un negocio –dice Hernán Hernández, contrabajista y cantante–. No son muchos los grupos que se mantienen unidos durante tanto tiempo, o que piensen que lo que hacen es un negocio. Tal vez se deba (en nuestro caso) a que somos hermanos; sabemos que cualquier cosa que hacemos nos favorece a cada uno."

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Con 33 años de existencia, Los Tigres surgieron de un aspecto inadvertido de la década de los 60. Mientras en Estados Unidos los jóvenes inquietos adoptaban la droga y la música para manifestar su rebelión, los mexicanos de las clases trabajadoras comenzaron a dirigirse al norte.

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Su éxodo también fue una especie de rebelión, aunque no explícita ni publicitada. Los jóvenes abandonaban México ansiosos de crearse una nueva vida en los campos y restaurantes de gringolandia. La ironía radicaba en que, más que nunca, estos inmigrantes querían mantener su identidad mexicana. Extrañaban a su pueblo, a una amiga, a su madre. Sobre todo, pedían a Estados Unidos lo que su país no les daba: una oportunidad de ganar dinero, y de progresar, por su duro trabajo.

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A medida que los inmigrantes conformaron uno de los movimientos poblacionales más importantes del último medio siglo, Los Tigres del Norte se hicieron sus cronistas, sus voceros, tanto en México como en la Unión Americana.

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Como Coca Cola
-Actualmente, la banda musical emplea a más de 40 personas aparte de los cinco miembros que la integran. Su organización les permite participar en cualquier actividad que les abra una vía de comunicación con su público: grabar discos, filmar películas, editar libros, comercializar artículos y, naturalmente, dar conciertos. Su logotipo, diseñado a principios de los años 80 para que fuera sencillo y fácil de reconocer instantáneamente, es tan conocido como el de la Coca-Cola, al menos entre las comunidades mexicanas en Estados Unidos.

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Hacen giras 44 semanas al año, y dedican buena parte del tiempo restante a grabar un álbum; todo ello aunque podrían haber reducido su ritmo de trabajo hace mucho tiempo.

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"Al principio, nunca lo consideramos como un negocio –cuenta Jorge Hernández, el director musical de la banda, cantante principal y acordeonista–. Yo pensaba en trabajar, en hacer mi arte. Pensaba que si me esforzaba por mis hermanos, obtendría lo necesario para vivir. Hacia 1978, con otra mentalidad, comenzamos a considerar el negocio como tal, con empleados y todo eso."

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Simultáneamente, Los Tigres se esforzaron por estar cerca de su público. En México, sus presentaciones comienzan a la media noche y es frecuente que se prolonguen hasta que la multitudinaria asistencia queda exhausta. Todas las noches, Hernández interrumpe cada show para atender el aluvión de solicitudes que el público garabatea en pedazos de papel y envía al escenario, lo cual termina siendo como una encuesta de mercado; además, la banda se toma fotos con sus admiradores y admiradoras, que hacen cola entre bastidores y pagan por ellas.

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"Ahora –prosigue– no hago más que lo que el público me pide que haga. Me envían notas al escenario: ‘Dedícale esta canción a mi hermano, que murió hace poco y a quien le gustaba muchísimo.’ Imagínese lo que siente esa persona cuando se da cuenta de que uno le prestó atención al leer su nota en público. Ningún otro artista me sustituirá en su corazón."

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Los hermanos llegaron a la frontera, a Tijuana, en 1968; eran cuatro jóvenes que iban con una revista musical a amenizar el desfile del día de la Independencia de México que se celebraría en San José.

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Como el mayor de los miembros de la banda tenía sólo 14 años, en la frontera convencieron a una pareja mexicana de edad madura de que fingieran ser sus padres. El grupo no tenía nombre alguno, pero el oficial de inmigración insistía en llamarlos "tigritos", y puesto que se dirigían hacia el norte y tocaban música norteña se bautizaron como Los Tigres del Norte.

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Nunca regresaron a México a vivir. Su programa, transmitido por una radiodifusora de San José, fue escuchado por Art Walker, un inglés de Manchester que nada más hablaba su idioma, pero que era propietario de Fama Records, el primer sello discográfico de habla hispana establecido en California, y quien con el tiempo llegaría a ser uno de los principales empresarios de la música popular mexicana en esa entidad.

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Walker contrató a la banda, le dio lecciones de música y le sugirió utilizar instrumentos eléctricos. "Nosotros nunca pensamos que fuera posible tocar música norteña con un conjunto completo de batería y un contrabajo eléctrico –recuerda Hernán–. Eso era para grupos modernos, los grupos de rock."

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El salto
-Los instrumentos eléctricos permitieron al grupo mezclar distintos ritmos, desde boleros y cumbias, hasta rock y country, ocasionalmente, además de agregarle sonidos diversos (por ejemplo, de sirenas) y producir con todo ello una música norteña para gusto del gran público, sacándola de las cantinas y convirtiéndola en familiar. Sus fans son ahora la nueva generación de jóvenes de 18 a 25 años, muchos de ellos hijos de sus primeros seguidores, no obstante que los pilares de la banda –Jorge, Hernán y el primo Óscar, el baterista– tienen algo más de 40 años de edad.

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"Antes, la música (norteña) se cantaba sólo para los adultos que beben, para gente que lleva una vida distinta de la de las personas para quienes cantan Los Tigres del Norte –opina Jorge–. No había intérpretes con la visión para darse cuenta que existía un mercado para este nuevo tipo de música, ni para transmitirla a las multitudes de jóvenes. Me parece que uno de nuestros grandes logros fue ser capaces de llegar a otro mercado: a los jóvenes, a otras generaciones."

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Los Tigres podrían haber seguido como tantas otras bandas de cantina de no haber sido por un corrido acerca de una pareja de narcotraficantes que Jorge escuchó en un club nocturno de Los Angeles.

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En 1972 sacaron la canción Contrabando y traición, que cambió para siempre a la música norteña y a la banda. La pieza combinaba un asunto noticioso y una enredada historia de amor con un final romántico y trágico. "Era la verdad de lo que sucedía durante aquellos años; apareció precisamente en el momento apropiado –comenta Jorge–. Hablaba del caos total que constituye el tráfico de drogas. También es posible que la gente nunca hubiera oído esas cosas de manera tan clara en una canción. Era como ver una película con los ojos de la imaginación."

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Con ella, Los Tigres descubrieron que tomar ciertas noticias como punto de partida para crear las canciones podía funcionar bien, pues su auditorio estaba sediento de escuchar su realidad expresada en relatos y música.

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Contrabando y traición trajo como secuela dos canciones más y una película. Fue la primera pieza de gran éxito acerca del narcotráfico y desde entonces ha sido grabada por numerosas bandas. Los Tigres continuaron esa racha con La banda del carro rojo y docenas de otros narcocorridos.

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Ruta comercial
-Además, la idea produjo para Los Tigres un público más amplio en Estados Unidos. Con una camioneta Chevy, comenzaron a explorar la presencia de México en todo el país en esos años en que la mayoría de los mexicanos que trabajaban en la agricultura eran inmigrantes indocumentados. Al poco tiempo, Los Tigres se convirtieron en la contraparte musical de sus paisanos.

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"Cada vez que cambiaba la cosecha y la gente se iba a Florida, nosotros nos íbamos allá –relata Jorge–. Cuando la cosecha se iba a Carolina del Norte, la seguíamos hasta allá. Era como una gira, y comenzamos a conocer la ruta. Luego, los trabajadores se iban a los campos del estado de Washington. A donde quiera que fueran, nosotros íbamos también. Trabajamos en todos los pueblitos de Indiana, Wisconsin..., donde tocábamos para 200, 300 personas. En California, nos presentamos en Fresno, Madera, Sanger, Clovis, Porterville. Cuando (los jornaleros) acababan en California y se iban a Oregon, otra vez los seguíamos."

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Al seguir la ruta de los conciertos de Los Tigres en la Unión Americana se encuentran prácticamente todos los pueblos donde se han congregado los mexicanos, como Sioux City, Iowa; Charlotte, Carolina del Norte; Garden City, Kansas; Nampa, Idaho; y a últimas fechas, también más allá de sus fronteras: en Montreal, Canadá.

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Sin embargo, Los Tigres no comprendieron del todo el poder de esta nueva fuerza demográfica sino hasta 1976, cuando grabaron un himno al trabajo de los inmigrantes. Vivan los mojados pregunta quiénes cosecharán las cebollas, lechugas y remolachas cuando los "espaldas mojadas" se declaren en huelga.

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"La canción produjo un efecto eléctrico en la comunidad de inmigrantes mexicanos. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que había un mercado para esta clase de música –señala Jorge–. Comenzamos a ver que necesitábamos comunicarnos con ellos."

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Vivan los mojados le enseñó a la banda una lección que no ha olvidado: hay que prestar atención a lo que necesita su público.

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"Procuramos analizar los sitios en los que tocamos. A veces, la gente nos grita: ‘Canten una canción acerca de nosotros.’ Es una manera de percibir las necesidades de nuestros seguidores. ¿Por qué nos piden eso? ¿Hay algo que necesitan? Tratamos de sentir qué es lo que están diciendo, y cuando uno lo siente instintivamente, por lo general no se equivoca. Si podemos sentir que alguien nos necesita, casi siempre hacemos lo correcto."

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Los inmigrantes respondieron. Se convirtieron en compradores incondicionales de los discos de Los Tigres. Además, se hicieron sus embajadores en México. Antes de que la banda tuviera un presupuesto publicitario cuantioso y una distribución amplia, aquellos regresaban a México trayendo consigo sus casetes y discos de ocho temas a sus hogares, localizados en partes donde la banda no era conocida. Según Jorge, así fue como el conjunto se dio a conocer en el país. Ahora, su público abarca desde Estados Unidos hasta Michoacán y Guerrero, lugares cuya gente tuvo su primer contacto con la música norteña en los bailes que el grupo amenizaba en California.

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Durante años, la banda reflejó regularmente los sentimientos de su público más fiel. Sus más populares canciones sobre inmigrantes –La jaula de oro, Pedro y Pablo, El otro México, Los hijos de Hernández– tratan acerca del anhelo de regresar al hogar, del amor perdido por la separación y de la importancia económica de su trabajo.

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En 1988, conforme las guerras internas empujaban a miles de centroamericanos hacia Estados Unidos, el grupo grabó Tres veces mojado, la historia de un refugiado salvadoreño que cruza tres fronteras para llegar al país del norte. Esa canción los hizo héroes en América Central. Hasta la fecha, Los Tigres son la única banda norteña que toca regularmente en la ciudad de Guatemala, así como en Washington DC y Boston, donde los centroamericanos son más numerosos que los mexicanos.

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Adaptar repertorio
-A principios de la década pasada, más mexicanos se habían establecido en diversas ciudades, debido principalmente a la amnistía para los inmigrantes decretada por el Congreso estadounidense en 1986. El grupo ya no tenía necesidad de seguir las cosechas y podía presentarse en Carolina del Norte, Florida o el estado de Washington en cualquier época del año; ahora por lo general en parques de diversiones o en centros de convenciones.

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Pero luego, el asentamiento de miles de mexicanos acarreó consigo en California la Proposición 187, una iniciativa que limitaba los servicios públicos a los extranjeros ilegales. Con ese telón de fondo, Los Tigres pusieron a la venta el álbum Jefe de jefes en 1997. Tres de las canciones que lo integran reflejan los conflictivos sentimientos de los inmigrantes respecto de Estados Unidos.

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En El mojado acaudalado, un mexicano de dinero afirma que regresa a México porque ya no se siente a gusto en su país de adopción. Mis dos patrias se refiere a otro que toma la ciudadanía estadounidense, alegando que no traiciona a México, sino que protege la pensión que recibirá del país donde nacieron sus hijos. Ni aquí ni allá pone en duda que el emigrante pueda hallar justicia en uno u otro lado de la frontera.

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Al iniciarse el siglo XXI, la inmigración está cambiando y, asimismo, Los Tigres del Norte.

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La Proposición 187 asustó a millones de mexicanos y los impulsó a hacerse ciudadanos estadounidenses. Hoy hay más inmigrantes que hablan algo de inglés, y sus hijos lo hacen con fluidez. El "mojado" que cosecha cebollas, lechugas y remolachas cerca de Bakersfield ha dejado de ser el único rostro de la inmigración mexicana. Se le han unido los pequeños empresarios y los estudiantes universitarios.

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Fieles a su costumbre, Los Tigres del Norte han venido adaptando su negocio a dichos cambios, pero sin alejarse de su base. La canción que da título a su nuevo álbum, De paisano a paisano, exalta una vez más el heroísmo del inmigrante pero, al igual que mucho de su público en Estados Unidos, la banda piensa adoptar la ciudadanía estadounidense ahora que el gobierno mexicano reconoce la doble nacionalidad.

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Dos de sus canciones recientes las produjeron en inglés y en español; y el grupo está buscando compositores bilingües. Con tal fin, financian un seminario en la Universidad de California, en Los Angeles, para jóvenes compositores de música folclórica, y tal vez grabarán algunas de las obras que produzcan.

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"Muchos miembros de la joven generación asisten a nuestros bailes en Estados Unidos. Hablan un poco de español, pero en realidad no comprenden el sentimiento que hay en las palabras. No queremos perder a ese público", dice Jorge Hernández.

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"Podemos seguir escribiendo igual que siempre. Es interesante –concluye– que en la actualidad los latinos tengan la clase de trabajo que no tenían hace algunos años. Ahora trabajan en cosas muy diversas y sus necesidades son distintas: informática, restaurantes, textiles... hay de todo. El TLC cambió un montón de cosas y la manera como vive la gente. Nosotros tenemos que prepararnos para este cambio."

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