Conquiste el castillo encantado

Para las mujeres existen dos formas de llegar a la cima corporativa: enfrentando al dragón... o sac
Cristina Cortés del Valle

Debido a la vorágine actual, nuestras vidas profesional y personal deben llevarse de manera paralela. Hoy, según los gurús de la administración –por citar alguna disciplina– el éxito se forja desde que establecemos objetivos realistas y honestos, basados en el autoconocimiento y en la escala de valores individuales.

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La elaboración de metas facilita la planeación de vida, pero no es la única herramienta. Existe una habilidad necesaria para trazarla y ejecutarla con brillantez. Es más, se tiene que desarrollar un especial sentido de lo que llamaremos el momento oportuno: cuándo, cómo, dónde y con quién hacer las cosas que nos llevarán a nuestro objetivo. Sin embargo, resulta imposible mejorar esta habilidad si no vivimos convencidos de que somos dueños de nuestro propio destino.

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Por ejemplo, cuando escucho a algunas mujeres quejarse –con gran amargura– de como el machismo les causa obstáculos en su vida profesional, llega a mi mente el lamento –muy similar, por cierto– de los profesionistas recién egresados: “Estoy deprimido porque nadie me da trabajo.” Olvidan –y es una lástima– que no debemos abandonar nuestro destino en las manos de terceros porque implicaría, entre otras cosas, perder nuestro derecho a reclamar.

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Barbara Kerr –en su libro Las niñas inteligentes– hace un análisis psicológico de mujeres con dones y características especiales que obtuvieron logros importantes en su vida profesional. En ese ejemplar, la autora estudia la biografía de 33 mujeres que destacaron en distintos ámbitos o estilos de vida, desde los terrenos de la ciencia, hasta los mares de la actuación.

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Kerr identificó 14 factores o características comunes que marcaron la niñez y adolescencia de esas mujeres. Detalló elementos que las hicieron diferentes al resto de su género, en especial, con respecto a las “doncellas” con talento que nunca disfrutaron de la luz de los reflectores. Entre los factores que descubrió la especialista, sobresale uno muy importante para la consumación de nuestros objetivos: asumir la responsabilidad con uno mismo.

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Ser responsables de nuestros actos implica aceptar las consecuencias de nuestras decisiones. Esto nos obliga a pensar muy detenidamente cada una de las acciones emprendidas y no dejarnos llevar, como pluma en el aire, para luego convertirnos en víctimas de alguien más. Tenemos el poder de decidir nuestros objetivos profesionales y personales. Elegir dónde trabajar y con quién. Cuándo, dónde y qué estudiar. Con quién casarnos, cuándo tener hijos, cuántos tener…

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Y aunque no todos los aspectos de nuestra vida pueden estar bajo nuestro control, uno de los elementos manejables es, precisamente, la forma de enfrentar y actuar ante lo que no está en nuestras manos; esto nos devuelve la responsabilidad.

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Un ejemplo medieval
Planteemos el caso de una mujer que decide elegir o aceptar un puesto ejecutivo en el área operativa de una empresa que está pasando por una etapa de crisis. Antes de aceptar la posición, su jefe le anuncia que la compañía requerirá de todo su tiempo y concentración, incluso, se verá en la necesidad de sacrificar algunos fines de semana o tendrá que trabajar tiempo extra durante la semana.

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Unos meses después, esta mujer decide embarazarse. Empieza a perder concentración (efecto normal de las hormonas), físicamente no tiene el mismo rendimiento y el estrés sobre su persona ha dado lugar a que su médico le ordene reposo, si es que no desea tener un bebé prematuro.

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Si esta mujer es de las “heroínas” que deciden enfrentar al “dragón”, entonces se verá ante esta posible alternativa:

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Primera opción. Alzarse como una víctima más del mundo machista porque su jefe le quita responsabilidades y las confía a otra persona que está en condiciones de rendir al 100%. Más aún, como la empresa la presiona para que renuncie, llevará su caso ante la Liga Feminista y lo pondrá como ejemplo de la discriminación que existe hacia la mujer en el mundo laboral.

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En este caso, tenemos a una persona que decidió tener un hijo en una etapa que no coincidía con el proceso de reajuste que vivía su empresa o la de su puesto. Ella resolvió endosarle su responsabilidad a otros. Ella creó el obstáculo profesional cuando, en realidad, pudo haberlo evitado.

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Segunda opción. Ella demostrará al mundo –y a los hombres, por supuesto– que, no obstante su posición de mujer, “las puede de todas, todas”, y no permitirá que la discriminen o tomen su lugar en la empresa. Asistirá a la oficina –a pesar de la recomendación médica– y será tan “macha” que dejará su lugar de trabajo sólo unas cuantas horas antes del parto y estará de regreso –por supuesto– una semana después.

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En este caso, puede ser que la “heroína” realmente venza al dragón. Pero también, cuando termine de pelear y fije su vista más allá del mítico animal, su castillo –esa construcción por la que luchó– habrá desaparecido o se encontrará exactamente en la dirección contraria. Es más, cuando se mire a sí misma, notará que le falta un brazo o una pierna y –vaya lástima– no podrá caminar con la misma ligereza: pelear inteligentemente contra el dragón implica medir y prever las consecuencias posibles. Incluso, por qué no, correr cuando sea necesario.

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Si usted es una de las mujeres heroínas que deciden “sacarle la vuelta” al dragón, entonces, tendrá que desarrollar el sentido del momento oportuno. Deberá conocer todos los movimientos y costumbres del lanzafuego legendario, así como sus fuerzas y debilidades.

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Si entre sus planes vive la idea de tener un hijo, probablemente –para efectos de planear su vida corporativa– no escogerá puestos operativos que requieran de tiempo extra. O quizás decida que pasa por un momento muy importante de su carrera y que sus hijos esperarán hasta que llegue a cierto nivel de desarrollo profesional (léase jerárquico) y personal. De hecho, otra de sus opciones consiste en estudiar una carrera o elegir áreas en la empresa que requieran de sus talentos naturales.

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Cuanto más control tengamos sobre los elementos “manejables” de nuestra vida, menos dolorosas serán las consecuencias de nuestras decisiones y avanzaremos de forma consciente hacia nuestro objetivo.

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Vale recordar que el machismo es una característica cultural que afecta lo mismo a hombres que a mujeres. Pero, sin negar que esa actitud existe en el mundo laboral mexicano, no debemos adjudicarle nuestros males o fracasos porque, con esa actitud, nos convertimos en sus víctimas; nos colocamos en sus manos. Sin embargo, sacrificar todo aquello que resulta importante para nosotros, en aras de ganar la batalla, también significa pérdidas al final del camino. Es ponerse en las garras del dragón.

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El éxito en la planeación de la vida corporativa de la mujer está en construir su propio camino; en la elección del momento oportuno. La batalla contra el dragón puede ocurrir en cualquier momento. Aunque no debemos olvidar que siempre hay un hueco para escabullirse o, por supuesto, existe otro camino para llegar.

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