Constelación en el Caribe

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Este hotel tiene anécdotas que rayan en leyendas. Como aquella que cuenta cómo una camarera-niñera recibió un BMW de un jeque agradecido por el cuidadoso esmero prodigado durante una semana a sus chamacos. Pero hay otras historias, menos espectaculares aunque muy ciertas, de este edificio enclavado en el Caribe mexicano. Por ejemplo, las que narran cómo más de un huésped se ha visto sorprendido por los empleados del Ritz-Carlton Cancún (sus “damas” y “caballeros”, les llama la administración), quienes saben desde que el cliente llega al mostrador lo que le gusta comer, qué almohadas son las de su predilección, cuál es su trago favorito, qué tan cerca de la playa le gusta estar, si le place degustar un habano y otros detallitos por el estilo. El registro que el hotel hace de sus clientes es pormenorizado y el esmero en el servicio raya en lo religioso.

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La gente de este Ritz-Carlton nunca se da por satisfecha, y sus márgenes de eficiencia dan de sí constantemente. Si bien el local ya había recibido por tres años consecutivos la calificación Cinco Diamantes por parte de la prestigiosa The American Automobile Association (AAA), en 1998 se despachó con la cuchara grande: no sólo volvió a repetir esa condecoración, sinónimo de excelencia en servicio e instalaciones, sino que dos de sus restaurantes –The Club Grill y Fantino– recibieron sendos Cinco Diamantes por los platillos y atención que no se escatiman hacia sus pujantes huéspedes. Es el primer hotel en el mundo en lograr tal constelación desde que la aaa instituyó en 1977 su sistema de calificación. Así es que si usted tiene ánimos de estar en uno de los mejores hoteles del orbe sin necesidad de salir de México, puede dejarse apapachar por este y de paso entrarle a suculencias italianas con influencia mediterránea en el Fantino, o a la cocina californiana con toque mexicano en The Club Grill. La esencia del éxito endiamantado radica, desde luego, en sus incorruptibles chefs.

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