Contra atacan los <i>stakeholders</i>

Ni las organizaciones ni su capital existen por sí mismos. Siempre incide la variable más importan

La primera vez que escuché el concepto “factor humano”, hace ya algunos años, me causó una especie de rechinido intelectual. Quienes lo defienden se muestran tan orgullosos de su uso que por doquier arguyen que se trata de la interpretación más completa de lo que toda organización debe privilegiar.

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Centrarse en él, hacerlo parte de la agenda de la empresa cada año y tenerlo como discurso de frecuencia cotidiana, es parte de esas falacias con que viven las compañías actualmente. Por cientos se cuentan los consultores, directores educados en escuelas consideradas humanistas y defensores de teorías que quieren ver a la agrupación siempre vinculada a términos de religiosidad, antropocentrismo y ética.

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Pero nada hay más desalentador en los negocios que las interpretaciones pobres que se hacen de la variable “gente” como una de las dimensiones dentro del tema de la corporación. En mi opinión, “factor humano” debiera borrarse de la terminología con que se quieren moldear las firmas en el siglo XXI, para dar paso a uno realmente robusto y lleno de significado: el capital humano.

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Con ustedes, los stakeholders
Capital humano es un concepto que involucra un cúmulo de variables en continua interacción dentro de la empresa, que tienen que ver con la gente y con el valor agregado que esa interacción genera. Entre otros, sus componentes son la inteligencia individual y colectiva, la experiencia acumulada, el conocimiento específico, el entrenamiento y las habilidades de los empleados en directa relación con la creación de una utilidad monetaria.

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¡Ups! Dije “utilidad monetaria”.

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Fue a inicios de la década de los 60 que Milton Friedman publicó Capitalism and Freedom, texto que se ha vuelto referencia para el debate sobre la responsabilidad social en las organizaciones. El autor argumenta en aquel texto que la única obligación de las compañías es hacer dinero, y que ninguna otra actividad se justifica porque va en detrimento de la creación de valor accionario. En esa época eran mínimas las interpretaciones respecto de la importancia de la gente en el mundo corporativo.

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El argumento de este economista dominó la escena durante mucho tiempo, pero actualmente está por completo rebasado. El nuevo consenso apunta hacia la teoría de los stakeholders, un término que en español podría traducirse como la suma de todas las audiencias a las que la firma afecta con el simple hecho de existir. Entre los stakeholders se encuentran los accionistas, empleados, clientes, proveedores, gobierno, comunidad, ejecutivos y todo aquel que demanda algo de la agrupación.

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La postura de Friedman en realidad no es tan irreconciliable con la nueva teoría. Finalmente, una firma existe para generar utilidad financiera, aunque sólo es posible materializar ésta cuando el valor creado en el largo plazo proviene de fuentes diversas pero interrelacionadas. Los stakeholders no son sino las diferentes dimensiones, basadas en la gente, sobre las que la compañía tiene que actuar para garantizar su sustentabilidad futura.

En el caso del fraude contable de Enron, descubierto a finales de 2001, fue claro que al menos dos grupos de stakeholders fueron descuidados: los accionistas y el gobierno. En su lugar, los ejecutivos de la multinacional privilegiaron su beneficio propio (sus opciones de compra de acciones) y maquillaron sus números con ese propósito. Fue tal el tamaño del desvío que el resultado fue catastrófico, sobre todo para los tenedores de títulos, quienes miraron el valor de sus acciones caer al suelo cuando meses atrás la emisora parecía ser de lo más prometedor. Una situación similar ocurrió en WorldCom, el gigante telefónico estadounidense.

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Stakeholders en vivo
En México el oportunismo también se manifiesta en los grandes conglomerados, dañando a ciertas audiencias o grupos de interés y privilegiando a otros. Destaca, por ejemplo, que la empresa acerera Altos Hornos de México (AHMSA) no sea capaz de reestructurar una millonaria deuda en dólares que tiene con un conjunto de bancos. Estas instituciones, constituidas en comité, han solicitado constantemente la renovación del equipo gerencial y el rediseño de la estrategia a fin de darle la vuelta al problema de la deuda y evitar un cargo contable que involucre pérdidas.

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Si robustecemos el argumento de Friedman encontraremos que generar utilidades sólo es posible trabajando a favor y fortaleciendo el equilibrio de recursos que se dedican a audiencias diversas. En el fondo, ambas teorías son valiosas, pues no es factible generar utilidad monetaria de largo plazo si se actúa en detrimento de una de las audiencias o grupos de interés a los que se sirve. Recuérdese por ejemplo el incidente ambiental de Peñoles hace dos años: las altas concentraciones de plomo estaban afectando a la población en Torreón, especialmente a la infantil. De no haber actuado rápidamente, la empresa pudo haber perdido más reputación, clientes, prestigio, y al final, dinero.

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La hipótesis de los stakeholders tiene mayor impacto que cualquier otra en la actualidad. La razón es que permite contar con mayor formalidad en los procesos en los que interviene la gente, cualquiera que sea su posición, sean clientes, o empleados. Su relación con el capital humano reside en que este último es el cúmulo de conocimientos, experiencias, habilidades y destrezas que pueden tener un impacto directo en la creación de valor, y ello sólo es posible si se identifican las diferentes audiencias y se les responde acertadamente.

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Por ejemplo, organizaciones como Bimbo o Cemex, famosas en México por la admiración que despiertan entre varios públicos, sólo pueden construir la reputación de la cual gozan a partir de la combinación adecuada de capital humano con atención al mayor número de stakeholders. Así, la cementera ha sido capaz de crecer globalmente con recursos internos gracias a la correcta explotación del capital humano que la integra. En adición, es famosa por sus altos estándares de reclutamiento de ejecutivos, con procesos formales y sin dar pie a juicios subjetivos encontrados en otras firmas que se dicen de clase mundial.

Bimbo, por otra parte, goza del mayor prestigio en el país. Es rentable porque ha utilizado adecuadamente la experiencia y conocimiento de su gente, mientras que se le admira por la forma en que trata a sus empleados y se vincula con la comunidad. Otro buen ejemplo de capital humano y stakeholders en armónico dinamismo.

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Stakeholders a todo volumen
A pesar de lo complejo e interesante del debate, existen firmas globales que aún carecen de un vínculo lógico entre la filosofía que pregonan y la realidad que en ellas se vive. Por ejemplo, Novartis es una empresa mundial que hace uno de los mayores esfuerzos para servir a sus diferentes audiencias, más aún porque se trata de una compañía farmacéutica cuyo valor descansa en buena medida en la reputación de sus prácticas.

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La agrupación cuenta con sitios en internet dedicados al diálogo con stakeholders y ha recibido premios de ética en España. En México, sin embargo, vive esa realidad con ambivalencia. Con sus empleados juega un tanto a la doble moral, utilizando empresas de outsourcing para contratar trabajadores temporales. Nada de malo hay en ello, si no fuera porque renueva los contratos hasta por periodos de cinco años o más, originando relaciones laborales de largo plazo y creando diferencias entre empleados de primera –aquellos en su propia nómina– y de segunda –los muchos externos–. Incluso ya ha librado alguna batalla legal derivada de esta situación, cuyo resultado fue acordar este año la contratación de empleados temporales por un plazo máximo de 12 meses. Vive, pues, una doble cara moral respecto a su propio personal.

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Úsese o deséchese. Esa es la cuestión con el capital humano. Quienes prefieren no invertir en él son generalmente directores que se vuelven víctimas de los resultados que trimestralmente deben reportar. Afortunadamente, las audiencias a las que sirven las firmas en la actualidad son cada vez más demandantes. Difícilmente veremos en el futuro incidentes como el de Torreón que no se conozcan, problemas laborales como los de Novartis que no se ventilen, o deudas millonarias como la de AHMSA que no se debatan.

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Eso es sano para las organizaciones. Sólo conociendo la forma en que sirven a sus audiencias e invierten en el capital humano podremos atestiguar la solidez que crean y su posibilidad real de mantenerse en el largo plazo. Lo demás son modas pasajeras.

Carlos Mota es un reconocido columnista de negocios.
motacarlos@aol.com .
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