Contrabando de ropa

La paradoja de la ropa de segunda mano enfrenta a empresarios de ambos países: los estadounidenses
Alejandra Xanic

"El mercado mexicano es quizás el más exigente que tenemos el privilegio de suplir", dice la publicidad en internet de The Clothing Company, un negocio con sede en Florida que anuncia envíos de cargas de ropa usada a Monterrey, Durango, Guanajuato, Guadalajara, Veracruz y México DF. Ropa veraniega, ropa de estación. Ropa de primera calidad, aunque no sea nueva.

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Este anuncio no tendría por qué llamar la atención, si no fuera porque da cuenta de una operación en parte ilegal. Si bien México tiene prohibida la importación de ropa usada, paradójicamente empresas en Estados Unidos –donde está permitido venderla al exterior– la exportan hacia aquí. Algunas compañías venden a clientes mexicanos, que después la cruzan por la frontera, y son por tanto responsables completos del delito. Sin embargo, otras compañías del vecino país ofrecen ponerla en territorio nacional, de modo que son cómplices en México de este contrabando.

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Según The Clothing Company, el envío de 250 kilos de ropa de verano puesta en las fronterizas ciudades de Brownsville o Laredo cuesta $1,150 dólares; $350 dólares adicionales si la traen al DF, incluidos transporte y "la pasada". Se puede conseguir a $3.70 dólares el kilo de prendas de la presente estación para toda la familia en las tiendas de segunda en el centro de El Paso, en las que algunos comerciantes ofrecen entablar el contacto con el "pasador" que sorteará los controles de Aduanas y la entregará a domicilio en cualquier parte del país.

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De acuerdo con la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), la mayor parte de esta ropa entra al país como contrabando técnico, es decir, declarado por la frontera, pero cambiando la fracción arancelaria de manera que sea aceptado.

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Ni el gobierno de México ni sus empresarios conocen cuánto entra de ropa usada. Desde hace unos cinco años hablan de que una de cada dos prendas que compra la gente son de contrabando, principalmente prendas nuevas y en menor medida usadas.

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La publicidad de las compañías estadounidenses, como la de American International Export, de Houston, o The Clothing Company, por citar algunas, identifica a tres como sus principales mercados: África, Sudamérica y México, el único país nombrado expresamente.

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Según datos de Aduanas de Estados Unidos divulgados por la Oficina del Censo, México es el primer país importador de su indumentaria usada.

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La información, accesible a través de su base de datos electrónica (usa Trade Online), revela que Estados Unidos exportó a México en 2000 ropa y otros textiles usados (sin contar desperdicio) por $ 38’295,022 dólares. En volumen, unos 47.5 millones de kilos, 10 millones más que el año anterior. Es decir, cerca de 4,750 camiones de 10 toneladas de capacidad. Un flujo de 13 tráileres al día cargados con ropa usada.

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Las transacciones se dieron fundamentalmente en Laredo (95% del total); en menor volumen en San Diego, El Paso, Houston, Los Angeles, Miami, Nueva York y Nogales. Aun cuando la cifra es importante, no es un dato completo. La información del Censo se basa únicamente en los "pedimentos de exportación" que hacen algunas empresas al departamento de Aduanas estadounidense; no es el registro total de las ventas que hacen para el mercado mexicano.

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Mercado gris

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Los datos que dan tamaño al mercado de ropa de segunda mano indican que 16% de la ropa usada exportada por la Unión Americana en 2000 se dirigió a México. Más de lo que se envió a naciones de África y Asia, donde no hay prohibición, o a Chile, uno de los pocos países en Sudamérica que tiene permitida la importación de esta mercancía (y que compra fundamentalmente ropa europea). Sin embargo, según estimaciones de empresarios de Estados Unidos, el mercado es mucho mayor. Bruce Bradford, encargado de exportaciones de MidWest Textiles –una empresa que mueve unos 22 millones de kilos al año en su planta de El Paso–, cree que México compra cerca de $200 millones de dólares al año en ropa usada, cinco veces más de lo registrado por el Censo.

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"La historia oficial es que está prohibida la importación en México", dice Bernard Brill, vicepresidente de la smart (Secondary Market and Recycled Textiles), asociación de unas 270 empresas que reciclan textiles; "el hecho es que en México hay una necesidad, y sucede".

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Bradford no lo llama mercado negro, sino gris. "Nosotros vendemos, lo hacemos a mexicanos, y eso nos pone en una situación difícil. México debería legalizar este comercio."

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Estas transacciones han sucedido siempre. Hasta hace algunos años era común ver a las "fayuqueras" con maletas gigantescas llegando a los aeropuertos. Sólo que al paso del tiempo la industria del reuso en el vecino país se consolidó y, en el lado mexicano, las cadenas de distribución y venta se articularon mejor. "¡Están más organizados que el sector formal!", exclama José Manuel Martínez, dueño de Trendex, una empresa del vestido en Jalisco.

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Cientos de comerciantes atraviesan cada día la frontera para proveerse en las tiendas de "segunditas" y en las bodegas de grandes empresas recicladoras de ropa instaladas cerca de la garita en Hidalgo, Texas, o en las instalaciones de Goodwill y el Ejército de Salvación. Anuncios pagados en periódicos y en avisos de ocasión ofrecen con llamativos exhortos prendas usadas. El contacto, teléfonos en México y más comúnmente en Estados Unidos.

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La ropa también entra al país por los aeropuertos, guardada en grandes maletas, los dedos cruzados para que el semáforo encienda en verde y salve la inspección; en mayores cantidades, por puertos como el de Manzanillo, y a lo grande por la frontera norte, sea oculta bajo la carga de importaciones legales, al desnudo en tráileres que cruzan las garitas con el pago del soborno acostumbrado, o bajo la forma técnica, con declaración falsa; a bordo de camiones que avanzan por los caminos de terracería del desierto o en lanchas por el Río Bravo, y cada vez más, por las garitas de la frontera Sur con Belice y Guatemala.

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Disputa entre empresarios

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"Vemos mucho movimiento de ropa usada hacia México", confió hace poco un agente de la Patrulla Fronteriza a un diario local; su función es cuidar que no pasen droga o indocumentados hacia el norte y observa cómo se da el contrabando hacia el sur.

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Hace unas semanas, cinco tráileres y una camioneta Suburban nueva fueron detenidas por la policía de Río Bravo, Tamaulipas, cuando circulaban por una brecha, habiendo cruzado por la garita de Los Indios, en Matamoros, con 50 toneladas de ropa de segunda mano para clientes en Hidalgo y Veracruz.

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Otra ocasión, tras una redada en un tianguis de Ciudad Victoria, Zenaida Saucedo perdió entre sollozos toda su mercancía, arrebatada por 15 agentes de la Dirección de Inspección Fiscal Aduanera que aseguraron más de tres toneladas de prendas de vestir. Y es que muchos ven esta ropa como un artículo que con justeza puede venderse en el país, y no como algo ilegítimo. En cuanto el filo de la navaja corta los flejes de la paca, una docena de personas se abalanza sobre la mercadería en un puesto callejero de Huejutla, Hidalgo. Pantalones casi nuevos, a $25 y $40 pesos, camisas a $15, playeras a $10, para jornaleros y ejidatarios. Es la opción de vestido para millones de personas con monederos pobres.

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Los fabricantes mexicanos han hecho un poderoso frente en contra de esta mercancía y persuadido al gobierno federal para que no ceda a la presión de Estados Unidos y Europa. En las negociaciones de los tratados de comercio ambos bloques insistieron en que se abriera la frontera para ella. Ausente en el escenario, la opinión de los consumidores.

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Aquellos argumentan que la ropa usada no es higiénica y que a través de ella pueden contagiarse enfermedades. "Máxime que seis de cada 10 americanos tienen herpes de la piel", afirma Martínez, de Trendex. La Secretaría de Salud no ha emitido dictamen alguno al respecto.

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Aseguran, también, que la entrada indiscriminada de este producto traería por los suelos a los confeccionistas del país, ya golpeados por las importaciones legales, como dicen sucedió a Chile.

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Por otro lado, sus contrapartes estadounidenses consideran injusto que México haya suscrito el TLC y sin embargo cierre su puerta a la ropa reciclada. "Entendemos: es un asunto de orgullo nacional, pero le valdría más al gobierno legalizar este comercio, hay mucha gente que la necesita; además, sería una gran fuente de recursos", opone Bradford.

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En los meses de la negociación del Tratado, México se negó a abrir sus fronteras a este tipo de productos; a cambio propuso crear una comisión integrada por representantes del sector manufacturero y minorista de los tres países firmantes, para evaluar los beneficios y riesgos potenciales que resultarían por este comercio.

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En siete años no se nombraron representantes y tampoco sesionó. "Es más, no se espera que hagan nada", apunta un estudio realizado por investigadores suizos, y que es referencia en el mundo para entender este mercado. Según los estadounidenses, la parte mexicana ha evadido cualquier invitación suya a dialogar, la última hace apenas unas semanas.

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Gran negocio

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El estadounidense es el que más cambia de guardarropa. En la costa este se renueva cada temporada. De acuerdo con datos de smart, cada ciudadano se deshace, al año, de cinco kilos de ropa y se tiran o regalan 1,250 millones de kilos de ropa y telas. A pesar de muchos esfuerzos, la mayor parte de la ropa va a dar a la basura; acaso 15% se salva y se da en donación a organismos de caridad.

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Goodwill y el Ejército de Salvación son las instituciones que reciben 75% de las donaciones que hacen ciudadanos de todo el país, que luego aquéllas venden para fondear sus proyectos sociales. Es a estas instituciones a las que la Cámara Nacional de la Industria del Vestido ve como enemigos.

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Aunque muchos estadounidenses creen que la ropa que donan va a la obra social de las organizaciones de caridad, muy poco realmente llega ahí. Menos de la mitad de las donaciones llega a venderse en las tiendas de estas instituciones.

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Goodwill y el Ejército de Salvación seleccionan la ropa que reciben, y ponen a la venta en sus tiendas las mejores prendas que encuentran; otra porción la rematan en subastas abiertas y programadas, a las que acuden muchos mexicanos de las ciudades fronterizas. Venden el resto a un centenar de empresas como The Clothing Company en Florida, o Chamlian Enterprises, en Fresno, California, que lo exportan a países del tercer mundo.

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El año pasado, Estados Unidos exportó 291.7 millones de prendas usadas a 115 países. El valor declarado de sus exportaciones fue de $235 millones de dólares. De los puertos en California salen cada segundo día barcos cargados con contenedores de ropa usada hacia África. De cientos de tiendas y bodegas a lo largo de la frontera salen pedidos hormiga, así como grandes cargamentos para México.

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"Es volver basura en oro", dice Brill, de smart, cuya base está en Maryland. Hoy existen unas 200 empresas dedicadas a la captación, clasificación y venta de ropa usada, con 10,000 empleados y miles de locales en todo Estados Unidos que compran y revenden las prendas.

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Uno de los grandes empresarios es Vahan Chamlian, un armenio instalado en Fresno, California, quien creó un millonario negocio comprando las donaciones hechas a la caridad y exportándolas al otrora llamado tercer mundo. En sus instalaciones selecciona la ropa y lava las prendas útiles. El resto lo convierte en trapos que vende a la industria. Una empleada de Chamlian comenta al teléfono que tiene cubierto por estos días el mercado mexicano con una distribuidora en Guadalajara: "Ahora no buscamos gente."

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Comercio bondadoso

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Aunque hay quienes ven este negocio con malos ojos, los empresarios estadounidenses insisten en sus bondades. Reciclar la ropa ayuda al medio ambiente y genera empleo en el país de origen y en el de destino; ofrece insumos más económicos para la industria textil, cuando se le tritura y convierte de nuevo en fibra. Además, permite ofrecer ropa a gente que de otra manera no habría accedido a ella. "Es un commodity muy demandado", dice Tanny Berg, por muchos años líder de comerciantes en el centro de El Paso.

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A los empresarios nacionales no les parece un giro leal, y menos aún que las compañías ofrezcan ostensiblemente sus productos a mexicanos. "Podrá ser legal para ellos, pero no puede ser ético", sentencia Tony Kuri, presidente de la delegación Puebla Tlaxcala de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (CNVI), y dueño de varias fábricas de confección. "Es como si yo fuera un mafioso y pusiera un anuncio en Estados Unidos diciendo que contrato pistoleros." En los periódicos de Puebla se anuncian con frecuencia distribuidores con dirección en Laredo.

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Kuri repasa los números del Censo del vecino del norte. Suma, resta, multiplica con avidez. "Estados Unidos vendió el kilo de ropa usada a $0.80 dólares; cuatro playeras polo hacen un kilo, cuatro playeras a menos de $8 pesos, cuando el kilo de tela para producir esa playera nos cuesta $60. Ellos luego venden cada una en $20 o más. Alguien aquí está ganando mucho dinero."

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El industrial cree que buena parte de la ropa usada que entra al país se comercializa como ropa nueva. "Hace dos o tres años encontraron una bodega en Nuevo Laredo con cientos de miles de jeans. ¿Qué pasa? Que son pantalones usados y ahora está la moda de la ropa gastada. Así que ellos los lavan, les ponen una etiqueta y los venden como nuevos", apuesta.

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En el último año, la venta de ropa nacional cayó 40%. Kuri lo atribuye a un aumento en las importaciones, parte de ellas de ropa usada. Según Raúl García, director general de la CNVI, el principal problema es el contrabando de ropa nueva (cuatro de cada 10 prendas que se venden en el país); la ropa usada representaría 10% del volumen contrabandeado y es el que supone más corrupción.

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Resistencia local

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"¿Qué quiere? Hay ropa para caballero y para dama, es ropa seleccionada, desde 25 centavos la libra. Es ropa que todavía tiene mucho uso", ofrece una comerciante méxico-estadounidense instalada en Brownsville, Texas, que acepta cerrar un pedido y establecer el contacto con el "pasador" que tiene en Matamoros.

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Ofrecen ropa separada para hombre, mujer o niño, y de primera calidad. "Los mexicanos no aceptan ropa como la que exportamos a África o Sudamérica", dice la vendedora.

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¿Cuánto cuesta pasar la frontera? Depende del peso. Generalmente, pasar un tráiler con 10 toneladas de ropa cuesta más de $15,000 dólares, mucho de eso en sobornos, apunta una fuente que pidió no ser identificada. Un empresario de McAllen estima que la ropa que ellos venden se encarece entre $2 y $3 dólares por kilo sólo por la corrupción que supone cruzarla al sur de la frontera.

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Y el costo es cada día mayor. Hace cinco años comenzó a dificultarse el paso por la frontera, pero más a partir de enero de este año. Si bien todavía en 2000 algunas empresas ofrecían entrega en México al cabo de una semana, ahora la prometen en tres.

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"Hemos pasado ropa en tres semanas, promedio. Realmente no puedo garantizarle que sea menos ni que sea más. Hasta ahora no ha excedido las tres semanas", escribe en un correo electrónico un vendedor de The Clothing Company.

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Los datos del Censo de Estados Unidos parecen retratar en algo esto. En el primer trimestre de 2000 ese país exportó a México $12.7 millones de dólares en prendas usadas. En el mismo período de 2001 vendió sólo $1.1 millones.

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"No sé qué es lo que está sucediendo, pero se están tardando en pasar", refiere una comerciante de El Paso. Se tardan tanto que Ezequiel, de Atizapán, Jalisco, decidió cambiar de oficio. "Es mucho dinero para andarlo perdiendo", confía este hombre que por muchos años comerció con ropa usada.

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"México se ha vuelto más y más duro al paso de los años. Yo no sé a quién beneficia esto, ciertamente sólo a los manufactureros, pero no a la población, que está gastando más en ropa", señala Berg, el ex líder de comerciantes en El Paso; ha visto a muchas tiendas de "segundita" cerrar, en el corredor de entrada desde la garita hacia su ciudad. "La ropa usada es un bien muy demandado. ¡Si no lo quiere México lo enviaremos a Chechenia!"

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Los empresarios mexicanos perciben que hay menos ropa usada en las calles. Investigaciones hechas por la Contraloría y Aduanas revelaron operaciones ilegales en la frontera y depusieron a decenas de agentes que presuntamente facilitaban el contrabando.

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Aun así basta pasar la voz en Tepito: "Quiero un kilo", una paca y hasta un tráiler, para que alguien brinque y tenga el contacto.

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En la mira

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Alguna vez existió una agrupación en México que defendía el interés de los comerciantes de ropa usada, pero hace tiempo nadie levanta la voz. Sólo es audible el discurso de los industriales de la confección. Los empresarios texanos continúan presionando a sus representantes ante el Congreso federal, para que abran el tema a debate. Hace unas semanas volvieron a reunirse con un senador y un diputado federal de su estado para plantearles la demanda.

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Los estadounidenses creen justo su reclamo, siendo que mucho de su industria manufacturera se mudó al sur del río Bravo por los bajos costos de producción. "El gobierno de México está nublado por el cabildeo de los empresarios. A nosotros lo que nos preocupa es que ni siquiera hay diálogo. No queremos que sea gratis, pero que sea legal", plantea Bradford, de MidWest Textiles. En otras partes del mundo, la ropa usada está sujeta a un impuesto de 4% y hasta 20%.

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Los empresarios mexicanos confían que no avanzará. "Nuestro Presidente antes fue empresario y ha vivido en carne propia el contrabando; le pasó con las botas a principios de los años 90", recuerda Kuri, de Puebla. "A menos que fuera un acto de autoridad foxista; hacerlo sería acabar con la industria", concluye Martínez.

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Pero las autoridades dejan la puerta abierta. Para Roberto Álvarez, administrador de Auditoría Fiscal Federal de la Secretaría de Hacienda, la industria de la confección va ganando competitividad y alcanzará la necesaria para operar con fronteras abiertas. "Todo es cuestión de tiempo".

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