Corazón del saber

La biblioteca de Alejandría.

Tras la muerte de Alejandro Magno surgió en Egipto, enclavada en un sitio estratégico para el comercio del Mar Mediterráneo, la ciudad de Alejandría, en parte como un tributo al joven general. Esta urbe tenía un mausoleo que custodiaba el cadáver del macedonio; un faro gigantesco, el Serapeum, templo dedicado a la deidad local; y un museo —casa de las hijas de la diosa Memoria— que incluía observatorio, zoológico, jardín botánico, salas de conferencias y una gran biblioteca, que llegó a contar con casi un millón de papiros gracias a que cada embarcación que atracaba en el puerto era inspeccionada por sus funcionarios para incautar temporalmente cada libro que encontraban y copiarlo.

- En los muros de esta biblioteca se concentraba la más vasta cultura. Sin embargo, los sucesivos percances: el incendio de 47 AC, cuando Julio César visitó la ciudad; la quema de la sección de alquimia ordenada por Dioclesiano; la destrucción del Serapeum en 391 por una turba cristiana; y su desaparición definitiva en manos de los árabes, se llevaron años de progreso. Se dice que el desquiciado califa Omar alimentó el fuego de los baños con los preciosos documentos, afirmando: “Si están a favor del Corán están de más; si en contra, son perniciosos.”

- Arrepentidos de su barbarie, tardíamente como sucede en repetidas ocasiones con la raza humana, se edificó a finales del siglo pasado y en el mismo sitio una inmensa biblioteca que cobija nuevamente algunas de las alhajas más preciadas de la especie.

- Aunque ahora su acervo no es el más extenso, la cantidad y rareza de sus títulos, su infraestructura de cómputo e instalaciones y su milenaria tradición la hacen digna sucesora de aquella que dirigió Eratóstenes.

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