Costo del dinero <br>Ese caro objeto del

Las altas tasas de interés son una pesada losa difícil de aguantar para empresas y particulares. H

En México, conseguir dinero prestado no sólo es difícil, sino que además hay que pagar lo inimaginable por él. En la gran mayoría de los casos, aquel privilegiado que se vea beneficiado con un crédito otorgado por el sistema financiero tendrá que abonar hoy tasas nominales anuales de interés que fluctúan entre 30% y hasta 50% sobre el capital prestado. Y eso, siempre y cuando la estabilidad económica lo permita y no dispare la tasa hasta niveles cercanos a 100%, como muchos pudieron comprobarlo por cuenta propia a raíz del famoso “errorcito” de diciembre de 1994.

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Por lo visto, por ahora no hay razón alguna para hacerse el ingenuo y confiar en el advenimiento de algún milagro: basta con ver el estado económico en el que los gobernantes han dejado el país para darse cuenta de que, hoy por hoy, conseguir dinero prestado en México exige pagar a cambio un interés muy alto. Y, por desgracia, así lo seguirá siendo durante los próximos años, auguran los economistas.

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El alto costo del dinero es un factor de enorme importancia para el desarrollo económico. Con unas tasas tan exorbitantes como las que se manejan, es difícil creer que muchas pequeñas y medianas empresas invertirán para modernizar sus equipos en un comprensible afán por sobrevivir o, simplemente, terminarán algún día de pagar los créditos que solicitaron antes de la devaluación. Asimismo, la población cuenta con pobres expectativas para mejorar su nivel de vida y así sobreponerse a la siempre difícil coyuntura para pagar, de una vez por todas, una casa o un automóvil que un día, con las promesas de bonanza, creyeron tener derecho de poseer.

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A simple vista, cualquier neófito en estos temas podría creer que el principal componente de la tasa de crédito es la inflación. Entonces, si la inflación anualizada de abril de 1997 a ese mismo mes de 1998 fue de 11.7%, ¿cómo es posible que las tasas nominales de los créditos se sitúen a casi el triple de esa cifra?

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“La inflación debería ser el indicador fundamental del costo del dinero. Sin embargo, para países altamente dependientes del ahorro externo como México, el componente adicional tiene que ver con la atracción de capital”, explica Juan Carlos Orozco, economista y editor de la publicación de análisis Tendencias Económicas y Financieras.

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Para tratar de explicar, al menos de forma muy simplificada, el porqué de esta desgracia estructural, de entrada hay que asumir dos axiomas que, a estas alturas, más bien parecerían perogrulladas: 1) México es un país pobre en ahorro interno y 2) Por esta razón México depende de los recursos extranjeros para desarrollarse económicamente.

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Partiendo de estos dos preceptos se pueden comprender los mecanismos que mueven el pilar sobre el que se sustenta el actual precio del dinero: la tasa real de interés. Este porcentaje, que descuenta la inflación registrada, es el verdadero precio que pagan tanto empresas como particulares en la obtención de un crédito.

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Y como ocurre con cualquier otro bien económico, el precio del dinero se determina según las inflexibles exigencias de la demanda y la oferta, en este caso de fondos prestables.

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Como en México escasean los ahorros internos con los cuales financiar la inversión que se necesita para el desarrollo económico del país, los recursos tienen que ser obligatoriamente adquiridos en su mayoría en los mercados internacionales. Pero para que un inversionista extranjero se sienta atraído por México y preste su dinero, hay que pagarle un precio alto por el riesgo que asume al colocar sus capitales en un país repleto de los más insospechados vaivenes políticos y macroeconómicos.

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Así, mientras en Estados Unidos y la Unión Europea se pueden permitir el lujo de pagar una tasa real Libor de 3.32% para que los inversionistas consideren atractivo ceder su dinero, México tiene que situar su tasa equivalente TIIE en 9.48%. Es decir, para atraer capitales, México, al igual que todos los países latinoamericanos, tiene que pagar una cantidad casi tres veces mayor que las naciones industrializadas. Este costo, de aproximadamente 10% –aunque tiende a disminuir–, repercute en el precio final al que se prestan los fondos.

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“México es un país más abundante en mano de obra que en capital”, constata Manuel Sánchez, director de Análisis de Grupo Financiero Bancomer. Y así será mientras no se cree una masa de ahorradores suficiente en el interior del país que permita eliminar la ahora excesiva dependencia del exterior.

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EL VITAL AHORRO INTERNO
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Eso pretenden tanto el gobierno como las entidades financieras privadas, en un loable intento por demostrar que por fin han aprendido las lecciones de las pasadas crisis. El primero trata de lograrlo con la creación de un esquema de ahorro obligatorio para la población ocupada formalmente –las Afores–, mientras las segundas se han dado a la tarea de expandir su clientela hacia segmentos más populares, para así captar masas de posibles cuentahabientes hasta entonces ninguneados por el sistema financiero.

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“El otorgamiento de créditos va a empezar a crecer y las tasas de interés tienen que continuar con su tendencia a la baja en la mediada que se consolide la recuperación económica –dice Martín Werner, subsecretario de Hacienda–. Lo único que nos preocupa para lograrlo es que el ahorro interno crezca año con año y que cada vez más financie una mayor parte de la inversión necesaria para sostener el crecimiento económico que nos hemos propuesto.”

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“No hay que olvidar que para la creación de ahorro interno tiene que haber un sólido crecimiento del PIB. Y el proyectado para 1998 –5%, según las estimaciones del Ejecutivo– es insuficiente para generarlo. El principal error del gobierno es que ha implantado una política incompleta: quiere aumentar el ahorro sin que se incrementen los ingresos de la población”, discrepa Josué Sáenz, economista y fundador del Núcleo Radio Mil.

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Está claro que los ridículos salarios que percibe la enorme mayoría de la población y, a consecuencia de ello, la lenta recuperación del poder adquisitivo, auguran que esa necesaria y cuantiosa masa de ahorro interno está todavía lejos de materializarse en realidad para el corto plazo. “No creo que ahora se esté desarrollando ahorro en México –dice también Orozco–. Además, curiosamente quienes tienen la capacidad de ahorro sacan sus capitales del país: según las cifras de Banco Mundial, hay $5,000 millones de dólares en cuentas de mexicanos en el extranjero.”

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Por ello, la principal tarea del gobierno para abaratar o, cuando menos, mantener el actual costo de captación de dinero en los mercados internacionales radica en enviar señales creíbles de estabilidad política y mejora económica en el mediano y largo plazo. En eso intervienen principalmente las políticas hacendarias, industriales y, sobre todo, las relativas al control de la inflación y del régimen cambiario, ambas bajo la tutela del recién acrecentado poder del Banco de México.

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EL DEBATE DE LA DESESPERANZA
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Y es ahí donde entra el verdadero debate en lo relativo a la esperanza de que algún día el precio real del dinero en México descienda a porcentajes parecidos a los que manejan países más afortunados en esas lides. Para los economistas, la discusión se centra en la validez o no de la política económica seguida por la actual administración para la consecución y real mantenimiento de estos objetivos. “Ha habido un gran avance en la mejora de plazos y costos a los cuales se colocan los papeles mexicanos en el extranjero”, dice Werner. Sánchez, de Bancomer, le da la razón al afirmar que “las políticas macroeconómicas han dado mayor seguridad de ahorro para los inversionistas”. El economista sustenta su afirmación en el descenso gradual que ha experimentado la tasa de interés real a lo largo de los últimos años. Si en 1989 y 1990, las tasas reales TIIE llegaron a estar en 30%, en 1997 sólo hubo que pagar 7.7% de interés anual.

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“En los últimos 10 años ha habido un descenso aproximado de 65% en las tasas reales –comenta–. Eso se debe a unas mejores expectativas acerca del futuro del país y una mayor disponibilidad del ahorro para financiar proyectos productivos.”

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El economista ratifica su confianza al argüir el significativo aumento que en los últimos años ha experimentado el ahorro financiero, es decir, la captación de recursos internos por parte de los bancos mexicanos para fondos prestables, el cual ha pasado de representar 33.6% del PIB en 1989 a significar 44.1% en 1997.

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Para el directivo de Bancomer, la estrategia económica para creación de ahorro sólo tiene un punto débil: la falta de garantías de rendimientos para los inversionistas. “Hay muchas inversiones que no se dan por las dudas que existen acerca de los derechos de propiedad y el cumplimiento de contratos. La creación de un estado de derecho conlleva la necesidad de que los actores económicos tengan plena certeza acerca del buen cumplimiento de los contratos suscritos. Así se aisla la economía de todo posible riesgo político”, comenta Sánchez refiriéndose a las muchas licitaciones y privatizaciones prometidas por el gobierno pero aún pendientes de resolución.

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Sin embargo, no todos están dispuestos a avalar una visión tan optimista: “Al principio del sexenio, la Secretaría de Hacienda puso empeño en resolver las causas de la crisis. Trabajaron bien, pero luego perdieron el enfoque”, dice Orozco. Su comentario se refiere a que la política económica del gobierno está volviendo sobre los pasos del ex secretario de Hacienda, Pedro Aspe: “Tenían claro que Aspe se equivocó, pero han vuelto a sus premisas. No sé si el modelo se les impone de tal forma que realmente no les quede otro camino.”

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En todo caso, los economistas concuerdan en que, ya pasados los peores y más urgentes problemas por resolver derivados de la crisis, el gobierno ha retomado el mismo rumbo económico que trazó la anterior administración de Carlos Salinas: sustentan el nuevo despegue económico mediante el ahorro externo para dar el primer empuje y de ahí propiciar el desarrollo del ahorro interno.

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Esto plantea a su vez una nueva interrogante: ¿las medidas tomadas por el gabinete zedillista evaden todo riesgo de incurrir en una nueva crisis sexenal que vuelva a desmoronar la progresión económica del país?

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“Un objetivo fundamental de la estrategia gubernamental es garantizar que lleguemos al año 2000 con una economía menos vulnerable que evite problemas financieros como los de 1994”, afirma rotundo Werner. Al igual que el funcionario, Sánchez parece bastante confiado a este respecto. Según él, hay una diferencia notable con respecto a la administración anterior, porque “esta vez se tiene mucho cuidado para no caer en la crisis sexenal, ni en un excesivo déficit en la cuenta corriente”.

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Es evidente que esta vez las autoridades están muy preocupadas por las variables que puedan causar mayor vulnerabilidad en la economía, como el incremento desmedido de los déficit en la cuenta corriente, las deudas de corto plazo, el déficit fiscal y la calidad del crédito, además de la vigilancia de la fortaleza del sistema bancario, todas ellas causas principales del desmoronamiento de 1994. Una muestra de ello serían las insistentes llamadas del gobierno acerca de un supuesto “sobrecalentamiento” de la economía por el aumento del consumo privado, razón en la que se ha escudado en reiteradas ocasiones recientes para encarecer el costo del dinero.

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No hace falta ser un avezado especialista para desechar la versión del “sobrecalentamiento” como justificante para encarecer los créditos: la mayoría de los mexicanos puede rascar en su saldo bancario o en el fondo de su billetera para comprobar lo bastante improbable que resulta que el consumo privado haya repuntado de forma realmente alarmante.

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“El gobierno teme que no haya recursos para financiar el déficit en cuenta externa –explica Sánchez– por el crecimiento de las importaciones, mucho mayor al de las exportaciones. En el mes de marzo, Banco de México elevó sus tasas para mandar una señal al mercado externo acerca de un mayor control sobre los precios. Se estaba alejando de las metas previstas de inflación porque la moneda se había depreciado durante los primeros meses.”

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PRESOS DE LA RESTRICCIÓN
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Aquí es donde entra a escena la inflación, el segundo elemento de gran importancia para entender los aumentos de tasas en términos nominales. El gobierno parece confrontado a un verdadero dilema: o bien cierra la llave de los créditos y restringe la actividad económica para controlar la inflación y el déficit en cuenta corriente –con el consecuente desgaste político que ello implica por la merma en el poder adquisitivo–, o bien deja libre curso a la economía con el riesgo de incumplir con sus metas de descenso de la inflación. En todo caso, ninguna de ambas soluciones tiene repercusiones para un abaratamiento consistente de los precios del dinero en el corto plazo.

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Para Joel Martínez, subdirector editorial del servicio Noticias Financieras Infosel, tanto Hacienda como el Banco de México dicen cosas que no son ciertas. “Tratan de justificar lo que les puede pasar este año: se están curando en salud antes de tener que castigar la economía por abrir los mercados de forma descontrolada.”

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“El consumo no crece, sino que se recupera –coincide Orozco–. Durante el primer trimestre de 1998, las ventas al menudeo están todavía 12.8% por debajo de las registradas en el mismo periodo de 1994. El gobierno tiene miedo de que se dispare el déficit en la balanza comercial y, para controlarlo, castiga la economía interna. Sin embargo, eso ayuda a crear mayores desequilibrios. Mi sensación es que la política monetaria está basada en una estrategia de ensayo y error. Las autoridades son sólo meras ejecutoras para mantener al país como sujeto de crédito en términos agradables para el capital externo.”

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Pero ¿cómo poner un coto a estos temores? Garantizar la estabilidad cambiaria, coinciden todos, se convierte en uno de los pilares fundamentales para abatir significativamente la inflación, dar certeza a los inversionistas y abrir una nueva senda de mejores tasas de interés y mayor posibilidad de crecimiento para el país.

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Sánchez cree que el gobierno debería establecer un mecanismo de “caja de conversión”, un sistema de paridad fija y control de flujos monetarios parecido al que existe ya en Argentina y Hong-Kong. Consiste en establecer un tipo de cambio fijo automático entre el peso y el dólar y, a partir de allí, se crea un régimen automático que ya no depende de la decisión de la autoridad monetaria: dólar que entra a México, peso que entra en circulación y viceversa. “El actual régimen cambiario no es limpio; hay una cierta intervención por parte de Banco de México. Con este sistema, no hay posibilidad de que exista un exceso de pesos no deseados por los agentes económicos y, además, se evade la transición sexenal”, argumenta.

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Para Orozco, la solución idónea sería establecer una legislación que obligara a los inversionistas extranjeros a mantener durante un plazo mínimo sus capitales en el país, tal y como pasa actualmente en Chile. Pero Sánchez discrepa: “La medida podría ser entendida como una falta de coherencia con el resto del discurso de liberalización económica. Puede ser que a Chile le vaya bien a pesar de eso. Insistiría en buscar otras alternativas antes de adoptar una medida parecida.”

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Los analistas internacionales de Goldman Sachs y Standard & Poors coinciden en que no sería una buena solución debido a que eso implicaría ir en contra de la corriente globalizadora en la que el país está envuelto.

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Lo único certero aquí es que, pasados los principales estragos de la crisis, la discusión macroeconómica parece haber entrado en una máquina del tiempo y ha retornado al debate de hace cuatro años: a nadie le queda claro aún cuál es el grado de liberalización económica deseado para México y, sobre todo, los plazos para conseguirlo.

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LA POCA AYUDA DE LA BANCA
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Pero la cuestión no se queda sólo en el ámbito de las medidas macroeconómicas: además de la tasa real y la inflación, existe una tercera variable significativa que hay que sumar para el establecimiento de las tasas nominales de los créditos: el margen de intermediación de los bancos, es decir, los costos administrativos del banco para poner a disposición de sus clientes los fondos. Si para las grandes multinacionales este costo se sitúa en un muy competitivo 1 o 1.5%, para las empresas medianas los bancos no dudan en sumarle tres puntos porcentuales, mientras que para el resto de la población este costo llega incluso a representar ocho o 10 puntos adicionales. “El margen de intermediación de los bancos mexicanos sigue siendo muy alto: cobran 50% más que las entidades de países industrializados”, se queja Martínez, quien antes de trabajar en Infosel se desempeñó como analista en el Grupo Financiero Serfin.

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Según él, si bien los recortes que hubo en la banca eliminaron 25% del personal ocioso y menos calificado, las instituciones tienen todavía una tarea pendiente: la modificación de la estructura de sus altos mandos y su forma de dirigir la empresa. “Los bancos mexicanos están llenos de feudos inamovibles respaldados por una burocracia tremenda”, comenta.

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A pesar de ello, tanto Martínez como el resto de los entrevistados reconocen que la banca ha hecho grandes esfuerzos para disminuir sus altos costos, aunque todos consideran que todavía falta para que el sistema financiero erradique las muchas ineficiencias que viene cargando desde la época en que el gobierno era el patrón.

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“Cuanto mayor sea la competencia para la banca, menores serán los márgenes de intermediación: eso es ya un hecho para las grandes empresas, pero todavía falta que repercuta en la mediana y pequeña industria”, afirma Werner. La llegada de la banca extranjera y el proceso de consolidación en el que están sumidos los grupos financieros están sirviendo para incrementar la eficiencia de la banca.

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Pero Orozco se muestra escéptico: “La banca extranjera instalada en el país posee una mayor eficiencia administrativa y, por lo tanto, menores costos de intermediación. Pero en lugar de repercutirlo mediante un descenso de sus tasas, ha respaldado los costos que manejan sus competidores y ofrece las mismas tarifas en el crédito. De esta forma obtiene ganancias extra en espera de que los demás se pongan a la par.”

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¿Y cuánto faltaría para ver en el mercado costos tan baratos como los que manejan instituciones de países desarrollados? Todos los consultados afirman que, cuando menos, sería necesario esperar aún un plazo mínimo de dos a tres años. “Y además tienen que cambiar de política de crédito –concluye Martínez–, porque por ahora la banca no quiere compartir el riesgo para realizar verdaderos proyectos de inversión: siguen cobrando caro para subsanar sus altas carteras vencidas.”

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Así pues, no hay de qué hacerse ilusiones: ninguna de las variables que influyen en un deseado abaratamiento significativo del costo del dinero son susceptibles de reflejar una mejora substancial en un lapso muy corto.

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LOS VERDADEROS DESACREDITADOS
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Además de todo lo que ya se mencionó, existe un elemento estructural adicional que ninguno de los entrevistados parece haber tomado en cuenta pero que preocupa mucho a un economista como Josué Sáenz.

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Si bien él también cuestiona la ineficiencia de los bancos y los rumbos erráticos de la política monetaria, en su discurso deja claro que en el debate hay demasiada discusión acerca de la ingeniería financiera y muy poca acerca de la economía real.

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“El enfoque de la discusión está demasiado guiado por los criterios del Fondo Monetario Internacional, del Banco Interamericano de Desarrollo o del Banco Mundial –explica–. Eso está muy bien si no se tiene en cuenta la extrema pobreza en la que vive gran parte de los mexicanos. El esquema no resuelve los graves problemas de marginación y concentración de la riqueza que tiene el país.”

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Sáenz es tajante cuando afirma: “Tenemos 15 o 20 millones de personas sumidas en la miseria dispersas por todo el país. Para ellos, actualmente es más fácil robarse un automóvil que trabajar de forma digna.

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”La solución de fondo –prosigue– radica en incluir cuanto antes a esos grupos que carecen de toda competitividad dentro de la economía moderna. Y mientras eso no se haga, estaremos siempre en crisis.”

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Así pues, como suele suceder en la mayoría de las cuestiones económicas, basta rascar un poco dentro de la árida discusión acerca de las tasas de interés para que todo derive en un cuestionamiento de índole humanístico que lleva una vez más a pensar que deshacerse de la losa que acarrean los mexicanos radica en un replanteamiento del sistema económico del país.

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Y suena lógico planteárselo: si México es un país pobre en ahorro y rico en capital de trabajo, ¿por qué no dar mayor valor –educativo y, por lo tanto, monetario– a esa enorme masa de trabajadores desaprovechados por el sistema?

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Quizá una de las verdaderas razones por las que México carece de buenos créditos por parte de los inversionistas internacionales se deba al poco crédito –y no sólo financiero– que las autoridades todavía otorgan a una enorme masa de mexicanos.

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