Créditos, la ingenua aspiración

La última gran crisis financiera evidenció no sólo las carencias estructurales de la economía, s
Luis Hernández Martínez

A pesar de los múltiples encuentros entre ellos, los directivos de las instituciones financieras y los ejecutivos de las empresas no coinciden en la definición de la palabra “negocio”. Mientras que para los primeros significa la obtención de utilidades con base en la captación y la colocación de recursos financieros, para las empresas implica la apuesta a proyectos viables que redituarán en mayores ganancias.

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Desde hace varios años ambas partes comulgan con el objetivo de mejorar sus procesos operativos a través del manejo adecuado de la tecnología. La aplicación de nuevas técnicas para evaluar las solicitudes de crédito y la utilización de recursos administrativos como la capacitación o la reingeniería buscan la construcción de ese puente ideal que haga las funciones de mediador entre los intereses de los bancos y las empresas.

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Pero la tarea no es fácil. Por ello, entre jaloneos, todos los involucrados –bancos, empresas y gobierno– trabajan para unificar criterios adecuados de operación, de tal manera que ninguna de las actividades de estos actores económicos se convierta en un obstáculo para el resto de los participantes.

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PRESTAR, NO ARRIESGAR
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Una de las principales necesidades de los empresarios es, sin más, el crédito. Es decir, allegarse de los recursos suficientes para iniciar un proyecto dentro de un nicho de negocio específico. Sin embargo, los bancos de primer piso no parecen muy interesados en apoyar esos planes, pues su función –dicen– “es la de prestar dinero, no la de compartir riesgos”.

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Los bancos pretextan estar inmersos en una etapa de reestructuración de su sector, lo que literalmente los obliga a evolucionar para no desaparecer. En ese contexto, Luis T. Ivandic, director general adjunto de Banca Corporativa, Comercial, Gobierno y del Sector Financiero de Banco Inverlat, admite, lacónico, que “hay mucho por hacer”. Luego del letargo de la nacionalización, los bancos, sin competencia y sin conciencia del servicio al cliente, no encontraron las condiciones adecuadas para florecer. “Ahora, la situación es distinta”, dice.

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Las fuerzas española, canadiense, estadounidense, asiática y alemana –ya sea de la mano o al frente de los banqueros mexicanos– establecen muchas reglas nuevas del juego. La estrategia es dirigir los servicios de la banca nacional hacia nichos de mercado específicos y ofrecer productos que satisfagan las distintas necesidades de los usuarios.

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Ejemplo de ello son las sucursales de negocio especializadas para las micro, pequeñas y medianas empresas (Pymes) que impulsan bancos como BBV-Probursa o los módulos automatizados para el manejo de tesorería que perfeccionó Inverlat. Sin embargo, la mayoría de los empresarios insiste en que el crédito –su principal insumo financiero en las actuales condiciones económicas–, cuando no les es negado, les es ofrecido a tasas impagables.

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Ivandic objeta que gran parte de las solicitudes de crédito que realizan las Pymes, principalmente, se rechazan porque los estados contables no tienen una presentación adecuada y no cumplen con los requisitos elementales de auditoría. Además, dice, los solicitantes ignoran incluso el nivel o potencial de su capital de trabajo.

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“En las nuevas condiciones de competencia –explica– y bajo las actuales circunstancias por las que atraviesa la banca con los problemas de cartera vencida, el otorgamiento de créditos debe apoyarse en un adecuado análisis de la persona, la empresa, así como de su nicho de mercado, para determinar si cuenta o no con las garantías financieras y morales suficientes para avalar el préstamo.”

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No obstante, los empresarios descalifican la posición de la banca respecto de su falta de interés para entregar recursos con base en proyectos viables, aunque no cuenten con las garantías físicas necesarias.

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El directivo de Inverlat, muy en su papel, objeta de nueva cuenta: el fin ulterior de las instituciones de crédito es financiar programas de expansión o –por ejemplo– inversiones en maquinaria, no la de compartir riesgos. Además, “un proyecto viable no necesariamente significa que tendrá una óptima proyección en ventas y utilidades”. Si el solicitante está consciente y confía en el éxito de su proyecto, entonces debe asumir la mayor parte del riesgo, resultado de su futura ejecución, añade Ivandic. Así, el banco, una vez cubierto el indispensable requisito de las garantías, financiará el resto y todas las ganancias que genere la iniciativa empresarial serán para la compañía que la ideó.

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De lo contrario, y la experiencia así lo demostró, subraya, si las expectativas sobre el negocio no se cumplen, a ciertos clientes les resulta fácil decir, simplemente: “Debo, no niego; pago... no tengo”.

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QUIEN BUSCA, ENCUENTRA
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El hecho es que la presión continúa: los empresarios necesitan alternativas viables para obtener el financiamiento que los coloque en una posición más franca de sobrevivencia.

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Nacional Financiera (Nafin) cuenta con un programa de créditos con tasa fija, cuyos plazos oscilan entre seis meses y cinco años. El presupuesto para apoyar este esquema, según Antonio Cervera Sandoval, director de Promoción y Desarrollo Empresarial de la institución, alcanzó $1,000 millones de pesos durante 1997. Para fines de ese año se habían colocado alrededor de $200 millones de pesos, es decir, 20% del total.

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“El monto mínimo a préstamo es de $100,000 pesos, mientras que el máximo es de $10 millones. Cada empresa solicitante tiene derecho a un crédito y el objetivo principal del programa es otorgarle al empresario una certidumbre financiera respecto del manejo de su deuda; garantizarle que, durante el plazo al que se pactó la entrega del dinero, su pago mensual será siempre el mismo”, explica el funcionario.

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Sin embargo, Cervera reconoce que el esquema aún no cuenta con la demanda que ellos esperaban, debido a que a muchos empresarios no les interesa pagar una tasa que, a su juicio, es muy alta (en el último trimestre de 1997 osciló entre 21 y 23%). A su vez, la difusión deficiente y la inadecuada explicación por parte de algunos de los bancos involucrados respecto de cómo funciona el programa, son elementos que explican la baja proporción de los recursos entregados el año pasado.

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El directivo de Nafin señala que los dueños de fábricas o empresas tienen la expectativa de que los réditos internos del país mantendrán una tendencia a la baja, comportamiento que, a pesar de los buenos deseos, no está del todo asegurado (el impacto entre los mercados emergentes de los efectos asiáticos jamás pueden descartarse).

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Entonces, gran parte de la iniciativa privada aún prefiere obtener recursos a través de la llamada banca de primer piso, con el objetivo de aprovechar los niveles de interés. Cervera asegura que Nafin “no fija la tasa para los créditos, sino que realiza una subasta entre las instituciones que participan en el programa y ahí es donde se determina el rédito a cobrar. No obstante, nos aseguramos de que el interés que se aplica a los créditos sea el más bajo entre los préstamos a tasa fija otorgados por el sistema bancario.”

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Los bancos que participan con Nafin en este programa son Banamex, Bancomer, Bital y Banorte. Pero esa es sólo una parte; la duda que permanece es conocer qué ha pasado con el apoyo a los proyectos viables. El funcionario enseña su as adicional: “También contamos con un programa de garantías para facilitar a las micro, pequeñas y medianas empresas del sector industrial el acceso a recursos de largo plazo.”

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Según Cervera, gracias a los convenios que celebró Nafin con algunos bancos comerciales, el empresariado tiene la opción de complementar el aval que requieren las instituciones de crédito para financiar inversiones en activos fijos y capital de trabajo, planes para desarrollo tecnológico y para impulsar la formación de proveedores nacionales.

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En este último aspecto, José Luis Paz Bolaños Cacho, director de Financiamiento de Proyectos de Bombardier-Concarril, coincide en que el sector bancario ofrece sus recursos con base en la máxima de “te presto si hay garantías”. Sin embargo, todavía confía en que éste desarrolle en lo hechos el otorgamiento de créditos con base en la viabilidad del proyecto y así apoyar a los emprendedores. “Los bancos –asegura–, enfrentan aún el problema de las carteras vencidas. Con todo y los programas aplicados, todavía el sistema financiero no supera su crisis. Eso provoca que las condiciones locales para el otorgamiento de créditos no sean competitivas, ni en plazos ni en costos.”

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El financiero señala que la banca está pagando el llamado riesgo-país, así como la respectiva intermediación, de tal manera que uno de sus principales problemas es que –a pesar del repunte en la captación– no existe la colocación adecuada de los recursos.

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Para una empresa como Bombardier-Concarril, obtener créditos es una de las cosas que no le quita el sueño, pues cuenta con el respaldo del consorcio internacional canadiense y, por su tamaño y proyección, los bancos internacionales nunca le hacen el feo. Sin embargo, 45% de sus productos cuentan con la leyenda “Hecho en México”, aspecto al que sí le dedican especial atención.

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“Tenemos 500 proveedores, de los cuales 80% son empresas locales y 20% extranjeras.” En ese contexto, a todas las compañías les interesa generar la mayor utilidad neta posible, es decir, disminuir de manera constante y sostenida sus gastos de operación o financieros; de ahí la importancia de contar con proveedores eficientes, confiables y que sus productos, además de costeables, ofrezcan la mejor calidad.

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Lo anterior llevó a Bombardier-Concarril a firmar un convenio con Nafin para apoyar el Programa de Desarrollo de Proveedores, el cual tiene en la lista a empresas como Cifra, El Palacio de Hierro, Grupo Corvi, Altos Hornos de México, Maseca, Femsa Cerveza, TAMSA, Cemex y Calzado Eco-Grupo Andrea.

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Así, todos aquellos empresarios que no reciban préstamos por parte de la banca de primer piso pero cuyos proyectos tengan la etiqueta de viable, encontrarán una posibilidad de financiamiento al engrosar las filas de los proveedores nacionales. Con la ventaja, subraya Cervera, de que en la mayoría de los casos se inicia o reanuda un historial crediticio que facilitará el acceso a nuevos financiamientos de las instituciones comerciales.

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Un vistazo histórico a este planteamiento revela que a fines de 1997, dentro del Programa de Desarrollo de Proveedores de Nafin, se habían entregado recursos a 686 empresas, lo que significó un financiamiento por $730 millones de pesos. De ese total, $430 millones de pesos se distribuyeron entre 400 compañías de las llamadas comercializadoras. Entre las necesidades cubiertas por los empresarios que utilizaron los créditos destacan las mejoras a la capacidad instalada de sus plantas, el desarrollo tecnológico para aumentar la calidad de sus productos y la modernización de sus procesos de operación.

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El énfasis en las anteriores áreas se explica a raíz de las enseñanzas que dejó el desmoronamiento económico de 1995. Se detectó que las empresas caídas en desgracia en aquella crisis tenían demasiadas coincidencias: un elevado nivel de endeudamiento, deficiencias en sus procesos administrativos, un manejo inadecuado de sus controles del gasto, mala planeación en la plantilla de personal, equipo anacrónico; demasiadas operaciones manuales y, sobre todo, un alto desinterés para superar sus deficiencias e impulsar sus potencialidades.

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ACTUALIZAR A LA BANCA
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Las crisis han mostrado que únicamente basta que dentro de las administraciones existan grietas operativas y financieras para desbaratar de un golpe los cimientos. Según los especialistas, la utilización de las nuevas técnicas de la información, computadoras y las telecomunicaciones son elementos que impulsan y fortalecen las estrategias dirigidas a la reducción de gastos; ofrecen la oportunidad para desarrollar un mejor producto y superar por añadidura la calidad del servicio.

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Para Eduardo Adame Goddard, director general de Tecnofín, compañía que ofrece al sector bancario, financiero y empresarial asesoría y apoyo en áreas estratégicas y operativas, “los bancos son empresas de servicio, así es que cuanto más automatizadas están, menor es su costo de operación”. Por lo tanto, se torna injustificada la práctica de cobrar comisiones elevadas e incluso, mantenerlas. Sin embargo, Goddard pone el dedo en otra llaga: “¿De qué sirve que el banco se automatice y ofrezca servicios de vanguardia, si las empresas mantienen cierto desinterés para utilizarlos?”

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El especialista, además, expresa la necesidad de actualizar las leyes mexicanas, pues existen “algunas nubes legales” que obstaculizan la modernización de las empresas. Por ejemplo, apunta, no se prevé el empleo de la factura electrónica y, a pesar de la utilización de las tarjetas de crédito, no se reconoce la validez de la firma electrónica ni tampoco se castiga el delito informático.

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Sobre ese aspecto, Adame aclara que las instituciones de crédito no se modernizaron sólo por su aspiración a la excelencia. Los motivos reales fueron la inflación, la crisis económica, la criminalidad y la competencia. En contraste, los elementos que frenan su desarrollo son la legislación, la incipiente infraestructura interbancaria e, incluso, los esquemas anticuados de tesorería que utiliza la mayoría de las empresas.

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“A estas alturas son muchas las compañías (Pymes, sobre todo), que manejan elevados volúmenes de cheques, pero su llenado, control y conciliación es en forma manual. También el control de sus créditos e inversiones, por hacerlo a la antigüita, mantiene un registro atrasado. Por todo ello las capturas de datos son múltiples y hacen pesada la contabilización. Además, en varios casos este problema se complica por tener tesorerías subsidiarias, es decir, independientes a la matriz”, arguye Adame.

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Entonces, según los entrevistados, profesionalizar a las empresas, eliminar el apoyo hacia la cultura del “no pago” y modernizar el sistema jurídico mexicano son algunos de los materiales a mezclar para que los objetivos y servicios de la banca se concilien con los intereses de las compañías y apoyen efectivamente las necesidades del empresariado mexicano.

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