Cuando los transgénicos nos alcancen

¿Plantas monstruosas? ¿Semillas con marca registrada? El autor de este artículo llama a la calma
Jaime Ramírez Garrido

¿La biotecnología es el negocio del futuro? Por un lado las inversiones que se realizaron para acelerar la investigación del genoma humano nos indican la apuesta que están dispuestas a jugar las corporaciones farmacéuticas. Por otro lado, la biotecnología agrícola se mueve entre el decidido paso de empresas como Monsanto, los vaivenes de Savia y una percepción en ciertos medios que tiende a ser desfavorable al uso de modificaciones genéticas. Al menos existen grupos que pretenden desdeñar o hacer menos el argumento según el cual la agrobiotecnología no sólo es segura y deseable, sino necesaria en un mundo en que las reservas de cultivo se reducen en una relación inversamente proporcional al crecimiento de la población.

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En este momento hay una superficie del doble del Reino Unido sembrada con cultivos genéticamente modificados. En 7,000 años de práctica de la agricultura ninguna tecnología se ha difundido tan rápido como esta que permite maíz o algodón resistentes a insectos, jitomates de maduración retardada o capaces de crecer en suelos salados, soya y trigo que soportan el empleo de herbicidas.

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La manipulación genética es tan antigua como el primer injerto que realizó un agricultor, pero las herramientas que actualmente tenemos nos permiten llevar a cabo esas transiciones en mucho menos tiempo y de manera más efectiva.

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Los beneficios de esta primera generación de plantas transgénicas que se comercializan no son tan evidentes para el consumidor o para cualquier persona ajena a las labores del campo: una eficiencia aproximadamente 30% mayor en las cosechas, menor uso de insecticidas y sustancias contra hierbas nocivas.

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Ahora se experimenta en una segunda generación de organismos genéticamente modificados (OGM), cuyas ventajas ya no estarán restringidas a una mejor producción –resistencias a suelos difíciles, flora y fauna dañinas, heladas, plagas– o comercialización –maduración postergada, características específicas para ciertos procesos industriales– sino que brindarán más vitaminas y mejores nutrientes al consumidor. De hecho, ya existe el plátano con vacuna contra la hepatitis incluida y el arroz mejorado con vitamina a. Una tercera generación de estos cultivos podría llegar a producir sustancias específicas y hasta polímeros.

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La falta de información sobre la naturaleza de los transgénicos, la carencia de ventajas discernibles respecto a los productos naturales o "normales" y el contexto de una guerra comercial entre Europa y Estados Unidos fueron campo fértil para que organizaciones ecologistas, preocupadas por los riesgos que podría generar el uso y el abuso de la nueva tecnología, se convirtieran en agoreros de un desastre inminente, que en 10 años de producción y consumo de OGM no ha sucedido ni parece que sucederá.

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Los riesgos que se atribuye a estas plantas son de dos tipos: para la salud y el ambiente. Los primeros han sido atajados por las compañías desde el origen, evitando el uso de genes de especies alergénicas y el de "genes marcadores" –inmunes a ciertos antibióticos– que se utilizaban para comprobar que efectivamente se había logrado la modificación genética. Además, los OGM son sometidos a un estricto proceso de seguridad sanitaria por el que ningún otro comestible en la historia ha pasado, demostrando su "equivalencia sustancial" con el resto de los alimentos.

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En cuanto al medio ambiente, los peligros que señalan los grupos ambientalistas son la generación de superplagas y supermalezas resistentes a herbicidas e insecticidas y, sobre todo, que las especies modificadas dominen sobre las silvestres, amenazando la biodiversidad.

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El embate a la variedad biológica hasta ahora ha sido desmentido. La revista Nature publicó un estudio en el que se demostraba que en un periodo de 10 años los vegetales transgénicos no eran capaces de dominar sobre los que se reproducen naturalmente.

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Las empresas han atendido otras eventualidades. En el caso de los insectos, se establecen zonas sembradas con plantas no modificadas cerca del área de cultivo de éstas para que puedan alimentarse y luego cruzarse con los que comieron de los vegetales tratados, de manera que se controle su posible aguante. Hasta el momento no se ha detectado el desarrollo de ninguna resistencia, cuando en periodos similares el DDT y otros insecticidas utilizados en el campo la aumentan muchas veces.

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En ningún caso debería olvidarse que estos problemas no pueden tomarse aisladamente, sino comparados con los peligros que implica continuar promoviendo la agricultura como hasta ahora: cada vez serían necesarias mayores cantidades de insecticida y de herbicida, con el consecuente daño ecológico que propician.

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Para enfrentar la supuesta propagación de los OGM y su posible dominio sobre las especies silvestres, las casas productoras han aplicado una polémica tecnología llamada Terminator. Se trata del cultivo de vegetales modificados que dan lugar a una planta cuyas semillas son estériles. Así las empresas previenen el riesgo ecológico que pudiera ocasionar la superioridad de sus creaciones sobre las variedades naturales, pero, sobre todo, garantizan de esta manera la propiedad intelectual de su tecnología.

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Últimamente esta práctica ha generado nuevas discusiones en México, pues se considera un atentado en contra de la facilidad que tendrían los agricultores para obtener semillas de sus propios cultivos. Sin embargo, se olvida que los derechos de autoría sobre productos biotecnológicos se remontan a ciertos desarrollos de Louis Pasteur, y que si no fuera negocio no habría investigación sobre esta tecnología que aporta a los productores mayor rendimiento en las cosechas con menor costo, al disminuir el uso de químicos en los sembradíos.

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¿Es este el negocio del futuro? Lo será en la medida en que las regulaciones en materia de bioseguridad, salud y propiedad intelectual estén definidas y consensuadas, y en que tanto gobiernos como corporaciones estén lo suficientemente preocupados por informar a la opinión pública sobre peligros, ventajas y acciones que conviene realizar a los involucrados en la cadena productiva. Esta será la única forma en la que el control de riesgos no será una mera coartada para defender intereses comerciales.

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