Cuidado con las bolas

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Hay dos tipos de jugadores de golf: los domingueros y los de tiempo completo. El primer grupo, seguidores entusiastas –aunque inconstantes deportistas–, son felices con el solo hecho de pegarle a la pelota y caminar unas cuantas yardas a través de un campo verde, pero alejado del bullicio citadino.

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El segundo grupo, aguerridos golfistas, saben que hasta el mínimo detalle influye en su récord. Conocen el peso que tiene una elección acertada de la pelota y buscan, con toda calma, la bola que satisfaga y complemente su estilo de golpeo.

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Actualmente, según las especificaciones internacionales, la pelota debe tener como mínimo un diámetro de 1.68 pulgadas, es decir, aproximadamente 4.25 centímetros. Por otra parte, su peso no debe ser mayor a 1.62 onzas o 46 gramos.

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¿Pero siempre fue así? Desde luego que no. Allá por el año 1400 –y hasta mediados del siglo XIX–, los golfistas usaban un pelota hecha con plumas de ganso y cubierta de piel. En 1860, los fabricantes elaboraron una bola de gutapercha (sustancia gomosa que se calentaba y moldeaba a mano hasta transformarse en una sólida pelota de una pieza).

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Pasaron varios años antes de que los industriales del golf crearan la pelota moderna: una bola con corazón de caucho sólido, envuelto con grandes cantidades de hilo de este mismo material y cubierta de balata o surlyn. En otras palabras, el esférico de tres piezas. Los golfistas profesionales lo prefieren porque, dicen, tiene mejor tacto y es más fácil de controlar… su precio es el único “pero”.

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Sin embargo, a un costo menor, existen las bolas de dos piezas. Sus defensores afirman que su vida útil es mayor, giran lento y corren más lejos.  No se pierda la próxima columna. Hasta luego… ¡Fore!

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