De Marx a Thatcher

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Ricardo Medina

La “izquierda” local, que salvo excepciones ha leído poco y mal a Marx, ignora las causas de su propia servidumbre. Por ejemplo, detesta la propiedad privada, pero generalmente es incapaz de entender las razones por las que Marx afirmaba que la propiedad privada es alienante.

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Marx postulaba que la propiedad privada enajena al hombre, porque entendía a la propiedad privada como “objetivación” del trabajo. Desde el punto de vista marxiano, el hombre es lo que hace (en términos empíricos y prácticos), por lo tanto si la propiedad privada es la expresión objetiva del trabajo “fuera” del hombre, “ajena” al hombre, la propiedad privada enajena al ser humano. Marx llega a esta conclusión partiendo de premisas falsas que heredó de Hegel y Feuerbach y que el propio Marx “enriqueció” con su postulado de que el hombre no es más que el devenir de su actividad sensible y práctica.

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Este dogma marxista contraviene con tal fuerza al sentido común y a la experiencia que aún para marxistas fervorosos es difícil de comprender y se acepta más por un acto de fe que como fruto de un razonamiento. Por supuesto, para quienes no comulgamos con la fe marxista ni con las creencias socialistas el dogma mencionado resulta inaceptable.

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Hace 18 años Margaret Thatcher llegó al poder en la Gran Bretaña y logró, en la práctica, desmontar el mito marxista de que la supresión de la propiedad privada liberará al hombre de su servidumbre. Por el contrario, mediante las vigorosas privatizaciones el gobierno de la Thatcher convirtió a miles de “proletarios” serviles en “propietarios” libres. De paso, despojó al partido laborista de su atractivo como el partido que promete el paraíso a los desposeídos. No es extraño que a 18 años de distancia un singular miembro del partido laborista, Tony Blair, que se proclama admirador de la Thatcher, llegue al poder y lo primero que haga sea conferirle plena independencia al banco central, una medida no sólo tachada de “reaccionaria” por la izquierda tradicional sino que apunta de raíz a garantizar, en las transacciones monetarias, los derechos de propiedad.

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Bien vistas las cosas, el gran error de Marx, del marxismo y de los diversos socialismos respecto de la propiedad privada es que no han comprendido que la humana aspiración de poseer algo como propio tiene una raíz espiritual y no puede reducirse a un mero producto de la actividad empírico-prác­tica del ser humano. Mediante la propiedad el hombre reivindica, una vez más, su carácter de señor de la naturaleza, algo que Marx nunca aceptó ya que para él, el ser humano es sólo otro momento de la naturaleza.

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La propiedad privada le permite al hombre ejercer su señorío no sobre otros hombres, sino sobre la tosca materialidad. El concepto de señorío es radicalmente espiritual, no material.

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Por supuesto, todas estas cosas rebasan la capacidad intelectual de nuestros estatistas y socialistas locales, quienes por reflejo y por fe heredada de sus mayores (de Lázaro, de Vicente, de Luis o de José), siguen prometiendo a los electores que la emancipación llegará el día en que no haya propietarios, un disparate que equivale a decir que seremos libres el día en que nos convirtamos en siervos de la burocracia estatal, del comité planificador o del caudillo que estrena sonrisa.

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El autor es colaborador de TV Azteca y de El Economista.

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