De música ligera

El surgimiento de una nueva tecnología casi siempre obliga a realizar cambios en los esquemas de ne
Andrés Piedragil Gálvez

Parece que, en el contexto actual, para la industria discográfica el sonido de la palabra Internet no es “música para sus oídos”. De hecho, en este sector del entretenimiento la tecnología web ha ido adquiriendo el aspecto de una seria amenaza.

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El temor de las corporaciones disqueras –que ya ha dado origen a una demanda judicial en contra de una empresa del sector de las tecnologías de información– es producto de una situación en la que intervienen dos hechos estrechamente relacionados. En primer término, los veloces avances en el campo de la transmisión de sonido digital a través de Internet. En segunda instancia, la forma en que hoy se utilizan y aprovechan tales innovaciones. Ambos factores, han colocado a Internet y a las compañías discográficas en el escenario de una batalla.

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En el fondo, de acuerdo con Óscar Rodríguez, gerente de ventas para México de Creative Labs, “lo que está en juego es algo más importante: una revolución en los modelos de negocio que utilizan las compañías disqueras”.

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El conflicto que hoy enfrenta a la industria discográfica con Internet tiene, en efecto, un origen tecnológico. En 1992, a iniciativa del Motion Picture Expert Group, hizo su debut público el formato MP3.

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Los usuarios y la industria informática recibieron a esta tecnología con entusiasmo. Motivos no les faltaban. Gracias a MP3, Internet pudo realizar una función que, hasta antes de 1992, parecía imposible: transmitir y reproducir sonido de alta calidad con los anchos de banda existentes.

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Para brindar esa capacidad auditiva –equiparable a la que ofrecen los discos compactos–, el formato comprime los archivos de audio hasta reducirlos a un tamaño que permite tanto su transmisión a través de la Web, como su óptima reproducción en una PC.

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El sonido y la furia
La aparición de un elemento que enriquecía los contenidos y la experiencia de navegar por Internet no fue un acontecimiento que pasara desapercibido. En menos de seis años, el formato MP3 se convirtió en una referencia obligada.

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Los datos actuales lo demuestran: de acuerdo con firmas de investigación, como Forrester Research e International Data Corporation, existen más de 500,000 archivos MP3 en Internet; después de la palabra sexo, ese formato es el término más buscado por los usuarios de la Web; y entre cinco y 10 millones de personas han bajado alguno de los programas que se utilizan para escuchar este tipo de archivos.

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De igual forma, las proyecciones a mediano plazo son más que positivas: según Dataquest, hacia el 2003 “bajar” música de Internet –en formato MP3– generará ganancias por $1,000 millones de dólares. Si se considera que, durante el año pasado, según Dataquest, las ventas de CD y cassettes sólo alcanzaron la cuota de $122 millones de dólares, se verá que se trata de una interesante tendencia de crecimiento.

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Pero la industria discográfica no ve nada de positivo en estas cifras. Para este sector –que se ha expresado, principalmente, a través de la Asociación de la Industria Discográfica de América (RIAA)–, la “alentadora” información que promueven los analistas falla en un aspecto fundamental: no incluye a las empresas disqueras y sus intereses.

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La posición de las compañías discográficas se entiende desde su principal objeción a MP3: se trata, dicen, de una tecnología que fomenta la piratería y, por lo tanto, no es posible hablar de beneficios para el sector.

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Las disqueras argumentan que prácticamente todos los archivos MP3 son distribuidos en forma gratuita. En la actualidad, para adquirir una melodía o álbum en Internet los usuarios sólo tienen que acudir al lugar indicado (por lo general, un portal Web que regala los contenidos musicales) y dar un clic. Ello significa que las compañías discográficas no reciben regalía alguna por estos materiales.

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Las críticas no se detienen ahí. Las disqueras también hacen hincapié en otro aspecto: la ausencia de sistemas de seguridad que eviten la proliferación indiscriminada de copias. Según las disqueras, las características técnicas de MP3 permiten reproducir sin ningún tipo de restricción, en varias ocasiones y en diferentes dispositivos. Así se fomenta el crecimiento de redes ilegales de distribución, lastimando la propiedad intelectual de los artistas... y los intereses de la industria discográfica.

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El destino final de una canción o álbum “bajado” de Internet, no siempre se ubica en el disco duro de una PC. Con equipos y aplicaciones disponibles en el mercado, un material MP3 puede transferirse desde el disco duro a CDS “vírgenes”, que podrían ser vendidos u obsequiados sin ton ni son. Bajo este esquema, sostiene la RIAA, los términos de regalías y propiedad intelectual pierden todo su sentido.

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Aunque los anteriores argumentos parecen contundentes, la industria discográfica tiene otra gran objeción: la actitud de las empresas tecnológicas ante el formato MP3 y el mercado que éste representa.

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Este es el expediente: desde el año pasado, varias compañías del ámbito del hardware –sobre todo aquellas relacionadas con el nicho de las aplicaciones multimedia– han lanzado dispositivos portátiles, similares en aspecto y operación a los walkman, que guardan y reproducen archivos MP3. Estos equipos se venden a precios relativamente accesibles (no rebasan los $250 dólares), son fáciles de utilizar y pueden adquirirse en cualquier tienda que comercializa sistemas de cómputo.

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De acuerdo con instituciones discográficas, este tipo de herramientas –como el Río, de la compañía Diamond Multimedia, y Nomad, de Creative Labs– “fomentan” la piratería de materiales musicales. En opinión del sector, al promover directamente la utilización de archivos MP3, sacan ventaja de las condiciones de mercado “negativas” que rodean al formato.

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Si el hecho de que los elementos MP3 fueran gratis ya generaba problemas, los sistemas reproductores –argumentan las disqueras– sólo pueden contribuir a hacer más grande la herida. Ahora es todavía más fácil –y atractivo– explotar ilegalmente los contenidos musicales.

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Esta es la acusación que más trascendencia pública ha tenido. A mediados de 1998, la RIAA trató de impedir, a través de una corte judicial, la distribución de los sistemas Rio. Aunque el proceso legal sí retrasó la fecha de lanzamiento original, Diamond Multimedia consiguió la victoria final: desde octubre de 1998, la comercialización de su producto ya está autorizada. En BusinessWeek, William J. Schroeder, director ejecutivo de la compañía, comentó, además, que las ventas de Rio podrían llegar a 750,000 unidades en 1999.

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Con la industria discográfica en pie de guerra, las proyecciones de Schroeder parecen demasiado optimistas. No obstante, la confianza del ejecutivo está bien documentada: durante el primer trimestre de este año, se vendieron 250,000 dispositivos, lo que representa un monto de $30 millones de dólares (20% de las ganancias de Diamond para ese periodo).

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Modelo obsoleto
Más allá del mérito técnico, ¿qué puede argumentarse en favor de MP3? La respuesta es prácticamente nada, sobre todo al considerar que las críticas de la industria discográfica están respaldadas por elementos de verdad. Sin embargo, para Rodríguez la conclusión de las disqueras es exagerada y ofrece una visión parcial de la realidad.

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Según él, acusar a MP3 de ser “el medio ideal para la piratería” es un error. “Como tecnología para producir materiales piratas, no es la más fácil de usar y tampoco es la más accesible. Para fines de reproducción ilegal de música, actualmente existen sistemas que resultan menos complejos y más productivos. Por ejemplo: para grabar el contenido de un disco compacto, es más sencillo recurrir a un cassette u otro CD. MP3 es una tecnología cuya utilización implica cierto grado de especialización en el usuario y el equipo. No pretendo negar ni justificar las actividades ilícitas que se han generado alrededor del formato; sin embargo, considero que es importante ver las cosas desde una perspectiva apegada a la realidad.”

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Para el representante de Creative Labs, la industria informática nunca ha pretendido utilizar a Internet con el objetivo de dañar los intereses de las disqueras. De hecho, apunta, las compañías del ámbito tecnológico –preocupadas por las controversias que generan elementos como MP3– siempre han participado en los grupos de interés que promueven la creación de sistemas seguros y lícitos, y el apoyo de Creative Labs a la Iniciativa por la Música Digital Segura (SDMI, por sus siglas en inglés) es, dice, un claro ejemplo.

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SDMI es un foro internacional, en el cual participan empresas disqueras y del sector del cómputo, que está desarrollando un formato de seguridad para la transmisión de música digital.

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Aunque la posición de las discográficas frente al fenómeno de la música vía Web posee otras vertientes que valdría la pena aclarar, Rodríguez considera que el punto crítico del conflicto no se encuentra en un listado de quejas y precisiones. Desde su punto de vista, el rechazo hacia MP3 sólo es un síntoma menor; en el fondo de la controversia hay algo más trascendente: el impacto que Internet tiene en las operaciones y modelos de negocio.

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“En la industria disquera, los procesos de negocio ya estaban bien definidos e identificados. Pero un día llegó Internet e inauguró una nueva era de comercialización. El impacto en las empresas discográficas ha sido enorme, pues representa cambios drásticos en diversas áreas de su operación: mecanismos de producción, sistemas de distribución, incluso características de los productos.

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Desde esta perspectiva es muy fácil explicarse una reacción de rechazo: las casas discográficas todavía no han alineado sus modelos de negocio al nuevo entorno y, por lo tanto, consideran que cualquier elemento que los rebasa en el proceso de entender y aprovechar las condiciones actuales es una potencial amenaza.”

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Pero, ¿qué pasa cuando el sector discográfico nacional ni siquiera se ha planteado la existencia de dicha amenaza? A todas luces, exhibe una cultura corporativa que, de primera impresión, denota poco conocimiento sobre el potencial empresarial de Internet. Ante el “escándalo MP3” y la ilimitada difusión a los valores del mundo digital, esta reacción resulta grave.

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Al menos tres de las más importantes disqueras en México –Sony Music, BMG Ariola y Warner Music– dan motivos de preocupación. Las tres se negaron a hablar sobre el impacto que la música transmitida por Internet tiene en sus respectivas operaciones de negocio. No obstante, sus argumentos –expresados a través de distintos ejecutivos contactados– no son los mismos que los de la RIAA. “Realmente, no tiene mayor impacto”, dijo uno. “Más allá de los websites de la empresa, Internet no es un tema que nos preocupe en demasía”, señaló otro. “No creo que haya alguien en la compañía que te pueda hablar de eso, nuestro core business no está en el Web” fue otra respuesta. “¿MP3?, sabemos que hay una bronca en Estados Unidos?”, se atrevió a decir alguien más.

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Rodríguez sostiene que las grandes discográficas se equivocan al creer que, cuestionando la ética o legalidad de un avance tecnológico, podrán ganar la batalla. “Correcta o no, la demanda por las aplicaciones o equipos (que permiten transmitir música vía Web) sigue existiendo. Dicha necesidad no la genera el sector tecnológico o el disquero: es una tendencia natural del mercado. En ese sentido, es mejor adaptarse a la tendencia y tratar de sacarle provecho”, concluye.

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