Del carbón al humanismo

A 10 años del TLCAN, Estados Unidos debe convencerse de la necesidad de estar más involucrado en e
Joaquín Fernández

La unión americana es el país del esfuerzo individual. Ahí no se regala nada a nadie, pero se dan todas las facilidades a quien quiera emprender y su esfuerzo suele recompensarse de forma generosa. Aquel que no tenga empuje se queda en un limbo de desprotección, mucho mayor al de los demás países industrializados, porque el estadounidense promedio cree que quien no logra lo que se propone es porque no ha puesto el debido empeño.

- De igual forma, el ciudadano del país del norte es también receloso de que su gobierno se haga cargo del desarrollo de otras naciones, al menos si eso podría sonar a solidaridad gratuita. Por eso, con el décimo aniversario del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la nación sigue sin plantearse si no sería mejor ampliar los términos del acuerdo y crear un pacto más parecido al que suscribieron los miembros de la Unión Europea (UE).

- Nadie duda de la efectividad del TLCAN. Quien no quiera reconocer que los tres países socios se han beneficiado mutuamente con la expansión de los lazos mercantiles está negando lo obvio. La liberalización del comercio entraña la multiplicación de oportunidades y, con ellas, mayor prosperidad. Pero claro, siguiendo el mantra individualista tan propio del continente americano, las ocasiones se siguen dando sólo a quienes las busquen. Como si los millones de mexicanos que no las aprovechan fueran los culpables de carecer de la educación o la cultura para sacarles fruto.

- La UE, sin embargo, va mucho más allá del intercambio comercial: pretende la unión de todos sus adherentes para la creación de un espacio común social, económico y político. Así, cuando en los años 80 los países con menor desarrollo económico –como España, Irlanda y Portugal– se hicieron miembros, aprobó los llamados fondos de cohesión: dinero “regalado” por Alemania, Francia y el Reino Unido para la construcción de infraestructura y escuelas en las naciones menos afortunadas.

- El resultado, pasados los años, ha sido deslumbrante: los tres beneficiados se cuentan ahora entre los países con mayor tasa de crecimiento económico del viejo continente; ninguno de ellos puede ya ser considerado como subdesarrollado con respecto a los más poderosos y todos se benefician de ello. Después de un tiempo, el “regalo” de los más ricos se convirtió en inversión.

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- Por eso es importante, a 10 años vista del convenio, convencer a Estados Unidos de la necesidad de involucrarse más en el desarrollo de su vecino del sur. Lo que ahora se ve como un obsequio también sería pronto una inversión. La negociación de un acuerdo migratorio, que tanto persigue la actual administración, sería de por sí un gran avance hacia la integración social. Pero el estadounidense sigue sin apreciarlo.

- Vista en perspectiva, la UE comenzó hace 50 años como un tratado comercial entre seis países para el intercambio y producción de carbón; ahora ya es un vibrante espacio social de 26 naciones. El TLCAN sigue en la era del carbón, y en el norte del Río Grande no corre prisa por transformarlo en diamante.

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