Después del pacto

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Emilio Zebadúa

El autor publicó recientemente su libro Banqueros y Revolucionarios, editado por el Fondo de Cultura Económica.

- Más allá de cualquier discusión académica sobre la lógica que debería seguir la democracia en México, los mecanismos para la resolución de los conflictos políticos han continuado evolucionando de manera “natural” en los últimos años.

- La rapidez de los cambios en las estructuras productivas y en la actividad del Estado, especialmente, han impulsado a una serie de nuevos protagonistas de la política –organizados, independientes y representativos–, que han pasado a ocupar los espacios vacíos en la que se supone actúan los actores más institucionales.

- Ahora, la ficción funcional en la que se ha desenvuelto la política mexicana se vio revertida súbitamente con la decisión del presidente Ernesto Zedillo de abandonar el Pacto y optar por la salida expedita que representó recurrir al Congreso. Por la naturaleza contemporánea de la política en el país, esta acción está condenada desde sus orígenes a volverse insostenible en el tiempo.

- Si en la urgencia del momento la sanción legislativa resultó ser la única vía con la que el Ejecutivo contó para imponer un programa abrumadoramente impopular, en el mediano plazo es obvio que el presidente no puede gobernar con el solo apoyo que le puedan brindar los banqueros estadounidenses y los diputados priístas.

- Es una alianza histórica, además de carecer de una base política suficientemente amplia. Incluso el trato privilegiado que reciben los banqueros mexicanos en esta crisis no le permite al gobierno extender sus apoyos lo suficiente. Es pues, como lo reconoce ya el propio gobierno, una medida temporal que requiere ser modificada pronto.

- Qué tan pronto, depende de la capacidad del Ejecutivo por resistir las presiones que, desde la izquierda y especialmente la derecha, han brotado en respuesta al plan económico. Pero depende especialmente de la velocidad con que los inversionistas se convenzan de que el gobierno está dispuesto a contraer la economía sin consideraciones de índole social (o productiva).

- En cualquier caso, el plazo critico es de aproximadamente dos meses; tres a lo más. Si en dicho periodo no se restablece "la confianza" en los mercados, no se logrará estabilizar el tipo de cambio y el programa de ajuste financiero habrá quedado de hecho sin efecto.

- Desde la perspectiva del gobierno, dentro de dicho periodo la "coherencia" del plan debe resultar obvia para los inversionistas, en la medida en que lleguen a creer que la demanda por dólares podrá ser satisfecha y que los rendimientos de las inversiones (a partir del diferencial entre las tasas de interés y la inflación programada y efectiva) resulten suficientemente atractivos, y seguros.

- La lógica se quiebra, sin embargo, como sucedió varias veces durante los últimos 100 días, cuando los números macroeconómicos no le cuadran a los inversionistas internacionales, independientemente del tremendo costo impuesto a la población trabajadora y a la planta productiva del país por el programa de ajuste. En ese caso puede suceder que, en vez de aprovechar las aparentes oportunidades del corto plazo, los inversionistas decidan esperar... dos o tres meses.

- De hacerlo, obligarán a Zedillo a replantear la "estrategia" económica antes de que concluya dicho periodo. Pero en este caso el presidente tendrá que volver a la mesa de discusión con todos los que dejó a un lado cuando ignoró las condiciones mínimas de negociación que imponía el Pacto. (Y con algunos otros que hasta ahora han estado excluidos de cualquier forma de diálogo económico.) Resultará entonces obvio que no se puede gobernar este país con sólo banqueros y priístas.

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- Pero en ese momento (¿en mayo, o antes?) la obsolescencia de las instituciones tradicionales pesará doblemente: porque ya no representan los arreglos reales de la política o prácticamente a nadie en la economía, y porque Zedillo ha pasado a depender de ellas más de lo necesario. Tampoco, sin embargo, existen todavía las nuevas instituciones con que se puedan llenar los vacíos creados durante la crisis e, incluso, durante los años previos de modernización económica.

- Las respuestas ad hoc, preferidas por el Presidente Carlos Salinas durante su sexenio, o el recurso del "institucionalismo" que gusta a Zedillo no funcionan, si bien por razones contrarias. El debate sobre la democracia en México, tendrá pues que colocar los problemas del manejo de la economía al principio de su agenda, si va a poder aportar soluciones efectivas para el futuro desarrollo del país.

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