Devaluación y mercantilismo

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Sergio Sarmiento

El autor es columnista de los periódicos Reforma y El Norte, y también comentarista económico de Televisión Azteca.

- Antes de que las pérdidas de reservas de noviembre y diciembre del año pasado obligaran a la devaluación brusca del 20 al 22 de diciembre, muchos mexicanos y extranjeros afirmaban que lo que el país necesitaba para volverse más competitivo era devaluar el peso. Según los proponentes de esta idea, una devaluación brusca promovería una mayor prosperidad al eliminar o reducir el déficit comercial.

- Esta posición de filosofía económica no es nueva. En los siglos XVII y XVIII los mercantilistas estaban convencidos de que la fortaleza de un país se medía en términos de su balanza comercial. Los países fuertes tenían superávit y los débiles déficit. Para asegurar su superávit los países de Europa establecían restricciones a la importación y obligaban a sus colonias a comerciar solamente con la metrópoli.

- Con el paso del tiempo nuevas ideas económicas echaron por tierra los preceptos del mercantilismo. La gran prueba en contra la presentó Estados Unidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX con una filosofía de mercado abierto ajena al mercantilismo de los países europeos. La Unión Americana registró durante todo ese periodo un déficit comercial muy importante, financiado por un masivo ingreso de capitales, pero su crecimiento dejó atrás por mucho a las potencias mercantilistas europeas.

- Los economistas que entendieron la naturaleza del crecimiento estadounidense abandonaron la idea de que la prosperidad de un país requiere de un superávit comercial. Se estableció entonces la identidad, adoptada hoy en todos los sistemas de cuentas nacionales del mundo, de que el déficit de cuenta corriente (que es el déficit comercial más el de servicios) es igual a la diferencia entre inversión y ahorro interno. En economía se entendió entonces que un país subdesarrollado, el cual requiere de una inversión mayor a la que puede proporcionar su ahorro interno, si quiere crecer debe experimentar un déficit de cuenta corriente.

- Esto es algo que muchos economistas mexicanos, varados todavía en las concepciones rígidas del mercantilismo, no alcanzan a entender. Tan imbuidos están de la idea de que un superávit comercial es benéfico para el país, que no entienden las consecuencias desastrosas de las devaluaciones de diciembre, ni han alcanzado a comprender por qué el único periodo en que mantuvimos un superávit comercial, de 1982 a 1989, es también el de más lento crecimiento en la historia reciente de México.

- Hoy los entusiastas de la devaluación afirman que no entienden la virulencia de la reacción de los mercados ante la devaluación brusca de diciembre. Parece que se requiriera de mucha inteligencia para entender que la gente reaccionará de manera negativa ante un gobierno que le promete no devaluar y luego procede a hacerlo de manera abrupta, quitándole el 30 o 40% del valor de sus ahorros o inversiones.

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- Esos mismos entusiastas de la devaluación aplauden hoy el anuncio de que las exportaciones crecen 30% sobre 1994, pero no alcanzan a explicar porqué antes de la devaluación, cuando el peso se encontraba presuntamente sobrevaluado, ya crecían 20%. Ese 10% adicional de crecimiento de las exportaciones que se ha logrado es, claramente, temporal. En un país como México la inflación se encarga en muy poco tiempo de compensar los efectos de una devaluación. Con una tasa de inflación de 50% en 1995, una tasa de cambio de N$6 nuevos pesos por dólar será equivalente a la que hubiéramos tenido en diciembre de 1994 con N$4 nuevos pesos por dólar. Pero el sufrimiento social que se habrá tenido para llegar a esta devaluación real de 15% sobre la cotización del 19 de diciembre habrá sido brutal.

- Si queremos que el país siga creciendo, la inflación se encargará de llevar el déficit comercial nuevamente a un nivel real congruente con nuestro nivel de inversión y nuestro ahorro interno. La otra opción, si queremos ser leales a los dogmas del mercantilismo, es ahogar el crecimiento interno para mantener nuestra balanza comercial equilibrada. Esto se hizo en México en los años 80 a base de devaluaciones constantes. ¡Y pensar que por algunos años se pensó que habíamos aprendido la lección!

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