Dilema monetario

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¿Valdría la pena erradicar de nuestra existencia el endeble peso y engancharnos al poderoso dólar?

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Son cada vez más los que piensan que sí: economistas de enorme prestigio como Milton Friedman o Rudiger Dornbusch y empresarios del tamaño de Alfonso Romo y Ricardo Salinas Pliego. Incluso, el representante de la iniciativa privada, Enrique Robinson Bours, se ha declarado favorable a la dolarización de nuestra moneda.

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En estos días en que nos llegan noticias promisorias acerca de las grandes ventajas de la ya inminente unión monetaria en Europa y la creación del euro, nada más natural para México que plantearse si su actual defensa de una moneda propia lo encauza hacia una posición de avanzada en esta etapa de regionalización de las economías o si simplemente el país está, una vez más, postergando lo ineludible.

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Al fin y al cabo, todo el debate tiene un mismo objetivo: estabilidad cambiaria, un concepto que los mexicanos no conocemos desde hace, por lo menos, dos decenios. Sin ésta, es imposible que México se granjee la credibilidad de los inversionistas y, a su vez, muestre las condiciones para garantizar la estabilidad económica en el largo plazo.

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Tanto el gobierno federal como el Banco de México están convencidos de que todo eso se puede lograr sin tener que recurrir al dólar, puesto que la actual política de tipo de cambio flotante, dicen, es adecuada a las condiciones del país. El problema es que, hoy por hoy, no existe un aval creíble que respalde esta tesis, puesto que eso mismo han venido asegurando las administraciones precedentes que, con manejos erráticos y criterios políticos, han obtenido un único resultado: pérdida del poder adquisitivo.

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Sin embargo, los defensores de la “dolarización” tampoco las tienen todas consigo: falta que sus argumentos, hasta ahora simplemente declarativos, sean respaldados por estudios económicos serios, con cifras objetivas que demuestren la viabilidad real de su propuesta en el contexto mexicano. El probable –aunque todos esperamos que se evite– derrumbe de Brasil podría servir, en cierto modo, de campo de pruebas para evaluar la efectividad del consejo monetario adoptado por Argentina. Si el peso argentino resiste los embates devaluatorios provenientes del real brasileño, sería hora de plantearnos seriamente la adopción del dólar en México.

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Está claro que por ahora es imposible ingresar a este esquema, y no sólo por la tajante oposición de los actuales dirigentes, sino también por la carencia de un sistema financiero al cual le faltan mínimo dos años para estar totalmente saneado. No obstante, el 2000, con el cambio presidencial, podría vislumbrarse como una buena fecha para plantear una probable aplicación.

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Lo importante, ahora, es congratularnos de que se debata un asunto de este tamaño entre autoridades, economistas e iniciativa privada. No es cualquier cosa: se trata, ni más ni menos, de plantearse la viabilidad del peso mexicano, sin los tapujos nacionalistas y con un enfoque de largo plazo. Lo que todos deseamos es ingresar al círculo virtuoso del crecimiento sostenido que alcance a toda la población.

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