Diálogo tras la lluvia

¿Quién sacó a la luz las botas de charol?, ¿y lo del ramo de novia?, ¿y el beso en plena Plaza
Ricardo Medina Macías

Después de la lluvia, el prado se llena de caracolas y babosas. Es muy molesto. Dicen los que saben que éstas son perjudiciales para los huertos. Sin embargo, se pueden imaginar diálogos divertidos, entre la hierba húmeda:

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–Ya ni los leo, porque escriben puras babosadas...
-–Momento, señor, lo nuestro son sesudas disertaciones para iluminar el curso de la patria. Por ejemplo, aquel compañero calvito y orejón escribe casi todos los días sobre asuntos cruciales, como la gripe de su hijo o las peripecias de su consorte...
-–¿Lo ven?, se entrometen en la vida privada, en la mía y en la de la señora m, mi señora...
-–No, no señor, me refiero a la consorte suya de él, no a la suya de usted.
-–Ah, bueno.
-–Pero ¿quién empezó con las babosadas?, ¿quién sacó a la luz las botas de charol?, ¿y lo del ramo de novia?, ¿y el beso en plena Plaza de San Pedro?
-–De acuerdo fui yo, pero en el viaje también hubo decisiones importantes. Momentos estelares que ustedes ignoraron.
-Además, ahora resulta que yo no tengo derecho a criticar; sólo ustedes. ¡Qué susceptibles!, hasta parecen legisladores de piel sensible...
-–Sin comparar, que nos ofendemos.

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De oído perceptivo y no sólo piel sensible, el tercer aludido –dedicado a legislar cuando puede y cuando quiere– interviene:

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–¡Alto, ahí!, que no se nos juzgue, ni califique. Esas son presiones y bajo presión no trabajamos. Recuerden que somos profesionales...

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Mientras prosigue el diálogo, o intercambio de reproches, los caracoles y sus primas, las babosas, toman posesión del jardín.

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Calmosas y calmosos –como diputados o senadores descifrando la reforma fiscal–, pero pertinaces –como los hongos–, llevan a cabo su silenciosa invasión del huerto. Dejan una estela viscosa a su paso, cual ejércitos de ocupación victoriosos.

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A lo lejos, desde un promontorio con vocación frustrada de colina, varios personajes observan el pernicioso avance de caracoles y babosas, y escuchan con gesto de fastidio el edificante diálogo de los hombres importantes: el Ejecutivo, el Mediador, el Legislador.

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Esos observadores desdibujados a la distancia, sin rostro identificable, multitud, han recibido hermosas y vagas nomenclaturas: Opinión Pública, Ciudadanía, Pueblo.

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Esos son los nombres políticamente correctos. En el pasado, con incorrección y desdén, se les llamó masa, chusma, populacho.

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Al terminar el día, cada cual rendirá cuentas de sus actos y omisiones.

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Como en la hermosa metáfora que, incitado por su maestro, hiciese Sancho Panza: terminado el juego de ajedrez, en el que cada pieza desempeñaba un papel determinado –éste alfil, aquél humilde peón, la de más allá reina altiva–, todas y todos se mezclan y vuelven al saco que viene a ser como la sepultura.

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Pero por igual será juzgada y juzgado individualmente; despojada, despojado, de atavíos y adornos, de engañosas jerarquías.

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Alguien, que cuente con la sabiduría de un jardinero o jardinera, debiera ocuparse de que, tanto los caracoles como las babosas, no sigan destrozando el huerto, tras la lluvia.

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